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La política exterior estadounidense de línea-dura: Beneficio simbólico, perjuicio real
22/12/2003
Ivan Eland

Últimamente, la administración Bush y sus partidarios neo-conservadores se han estado jactando acerca de cómo la política exterior de línea-dura del Presidente Bush provocó que Muammar Qaddafi diera fin a sus programas de armas no convencionales (biológicas, químicas y nucleares) y los abriera a las inspecciones internacionales. Ellos han estado implicando también que la férrea política estadounidense continuará haciendo capitular a los regímenes maléficos. Pero los beneficios del abandono de Qaddafi de tales programas son en gran medida simbólicos. En contraste, la agresiva política exterior del presidente ha motivado el peligro de un ataque terrorista mayor que en cualquier momento posterior a los ataques del 11 de septiembre de 2001.

Mucho se ha hecho de la oportunidad de la primera obertura de Qaddafi para negociar una finalización de sus programas de armas no convencionales—en marzo de este año, poco antes de que los Estados Unidos invadieran Irak. Aunque la inminente invasión estadounidense pudo haber excitado a las antenas de Qaddafi para negociar sus esfuerzos armamentísticos, Qaddafi ha estado procurando reparar las cercas con los Estados Unidos y Occidente durante una década. Cinco años atrás, entregó a dos libios para que fuesen juzgados por el bombardeo terrorista del vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie, Escocia en 1988; recientemente, acordó pagar las reparaciones por el incidente. El Primer Ministro británico Tony Blair admitió que la iniciativa de desarme de Qaddafi surgió debido al éxito de aquellas negociaciones. También, durante varios años Libia ha evitado los ataques terroristas. Y no es probablemente una coincidencia que las negociaciones para terminar con los programas de armas no convencionales libios se aceleraran solamente después de que los Estados Unidos acordaran permitirle a las Naciones Unidas finalizar con las sanciones económicas contra Libia. Qaddafi deseaba muy probablemente ver algunos beneficios de sus años de esfuerzos para reconciliarse con occidente antes de efectuar más concesiones.

Por otra parte, Qaddafi ha observado cómo la administración Bush fue acusada de exagerar la evidencia respecto de la amenaza de las armas no convencionales iraquíes para justificar la guerra y empantanarse en una ciénaga de guerrillas en el Oriente Medio—lo cual hace a la posibilidad de una invasión estadounidense de Libia sobre sus programas de armas mucho menos probable. También, Qaddafi ha visto a la ruda línea inicial de la administración Bush hacia el programa nuclear norcoreano derretirse en una política mucho más suave que la de la administración Clinton. En 1994, el Presidente Clinton había amenazado con la guerra a menos que el régimen norcoreano congelara su programa nuclear. En la estela de la subsecuente admisión de Corea del Norte de su engaño al acuerdo de congelación nuclear y de su retiro del Tratado de No Proliferación Nuclear, la administración Bush se encuentra actualmente haciendo ruido acerca de la negociación sobre una finalización del programa nuclear de Corea del Norte a cambio de una normalización de las relaciones con esa nación—la política correcta pero difícilmente una política de línea-dura que provoque escalofríos en la espina de Qaddafi.

¿Qué concedió Qaddafi? Él aparentemente poseía reservas de armas químicas crudas, un primitivo programa de armas biológicas y un incipiente programa nuclear. Aunque la renuncia de Qaddafi a tales armas es un desarrollo positivo, la capacidad de Libia para producir cualesquiera de ellas ha estado minada por las sanciones y las purgas de científicos por parte de Qaddafi. Así, Qaddafi concluyó probablemente que las mínimas pérdidas de dar por terminados a sus crudos esfuerzos armamentísticos serían más que compensadas por los réditos económicos de jugar el papel del “dictador reformado” en el afiche de los esfuerzos de relaciones públicas de la administración Bush para defender las políticas de línea-dura en el Oriente Medio, las cuales han estado últimamente bajo fuego. Por lo tanto el vencer a la sobredimensionada “amenaza libia” es menos que un logro que satisfaga el ojo.

Mientras tanto, esas truculentas políticas de la administración Bush son propensas a plantearles el peligro verdaderamente serio de las consecuencias no previstas a los estadounidenses en cualquier lugar por parte de un mundo islámico encolerizado. Tom Ridge, el propio secretario de seguridad interior del Presidente, elevó el nivel de alerta de los EE.UU. y anunció que el peligro de un ataque terrorista, posiblemente en los Estados Unidos, sea “tal vez mayor ahora que en cualquier punto desde el 11 de septiembre de 2001.” A pesar de la tormenta de fuego en incluso los medios de la corriente mayoritaria cuando Howard Dean perceptivamente destacó que la captura de Saddam Hussein no había tornado a los Estados Unidos más seguros, la administración parece estar ahora confirmando ese hecho. Y, cuando fueron consultados, el 60 por ciento de los estadounidenses también concordaron con la opinión de Dean. De esta manera, la política exterior de línea-dura de la administración Bush hacia el Oriente Medio cosechará probablemente tan solo un beneficio simbólico pero un perjuicio muy real.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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