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Dejemos que coman pavo
3/12/2003
Ivan Eland

Bill Clinton debería estar verde de envidia. George W. Bush, el sucesor de Clinton y pájaro de una pluma en su búsqueda por permanecer fuera de las selvas de Vietnam, de un solo plumazo ha planteado dudas respecto tanto de su coraje personal como de su solidaridad para con los soldados que arriesgan sus vidas en Irak. El ajetreo de Bush para la cena del día del pavo en Irak fue una movida maestra de relaciones públicas—al menos en el corto plazo. En el largo plazo, podría poner a la presidencia de Bush además en la sopa (o en la salsa, conforme con las circunstancias).

Una mirada más próxima de la sensacional maniobra de relaciones públicas de Bush plantea interrogantes acerca de su sinceridad y sabiduría. El encabezado—de un periodismo arrullador y listo para engullir cualquier historia en un día particularmente calmo en materia noticiosa—era el de que el presidente arriesgó su vida para manifestarle s apoyo a las tropas.

No obstante, el paseo del día festivo de Bush estuvo rodeado de tanto secreto, incluso para los estándares de esta administración hiper-reservada, que el mismo enfrentó un peligro personal muy pequeño—aún en la peligrosa Bagdad . El viaje fue tan confidencial que a los padres del presidente ni siquiera se les dijo que él no se haría presente en la reunión familiar en Crawford, Tejas. Y moviéndose furtivamente en la oscuridad dentro y fuera del fortificado Aeropuerto Internacional de Bagdad en el avión presidencial Fuerza Aérea Uno—el cual posee varias tecnologías para frustrar ataques de misiles—Bush estuvo muy seguro de los medios bastante primitivos para atacar aeronaves que poseen los insurgentes iraquíes. Aunque la Senadora Hillary Clinton se aventuró fuera del aeropuerto durante el día siguiente para visitar a las tropas en el frente, el presidente no corrió ningún riesgo similar y permaneció en el área fortificada durante su estancia de dos horas y media en Irak. Los arreglos de estricta seguridad satisficieron obviamente a los hiper-cautelosos protectores del Servicio Secreto del presidente. A diferencia de un ave para la cena de Acción de Gracias, Bush tuvo poca oportunidad de que le disparasen.

Y la “misión” de Bush fue diseñada menos para apuntalar la moral del personal militar estadounidense que para noquear al relleno de los críticos de la guerra en el país. La crítica se había estado intensificando respecto a un incremento en el número de bolsas con cadáveres que regresaban de Irak y al intento del presidente de ocultárselas al pueblo estadounidense no asistiendo a los funerales de los soldados. La excursión de Bush en Irak para una “comida caliente en alguna parte” fue realmente un intento de buscar una prensa mejor dondequiera que él pudiese encontrarla. Las restricciones a la seguridad fueron apenas flexibilizadas lo suficiente como para llevar consigo a un equipo de filmación de Fox News y a otros reporteros adictos para registrar la osadía del presidente.

La CNN, una red menos cautiva de la línea de la administración, entrevistó abiertamente a iraquíes y confidencialmente a personal militar estadounidense y obtuvo un valoración menos favorable de la visita del presidente. Muchos iraquíes se preguntaban por qué Bush se reunió solamente con unos pocos miembros del Consejo del Gobierno Iraquí escogidos a mano por los EE.UU. y no con un solo ciudadano iraquí común y silvestre. También, un soldado le dijo a la CNN que aunque era agradable de parte del presidente el venir de visita, la meta principal de ese soldado seguía siendo el salir vivo de Irak.

Esa cándida declaración de parte de alguien que realmente está bajo el fuego granado -la caza de “pavos”- que reciben los soldados estadounidenses, debería llevar a cuestionarse sobre la sinceridad de las simbólicas palmaditas en la espalda para las tropas. Últimamente, los políticos y burócratas—quiénes han hecho lo mejor que pudieron en su momento para evitar personalmente ir a combatir—arriesgando innecesariamente las vidas de las tropas estadounidenses en lejanas aventuras militares en el exterior se han vuelto tan estadounidenses como el pastel de calabaza. Si hubiesen deseado apoyar a las tropas, no las habrían enviado allí en primer lugar.

Cuestiones de sinceridad a un lado, el peregrinaje de Bush a Irak puede resultar contraproducente en el largo plazo. El artilugio de relaciones públicas del “último macho” de Bush—aterrizar sobre un portaaviones vistiendo un traje de la aviación militar bajo la proclama de “misión cumplida”—seguramente lo hizo. La subsecuente costosa guerra de guerrillas ha desmentido tal giro. Igualmente, el despliegue presidencial de alegría festiva en Bagdad puede ligarlo aún más de cerca a una política que es proclive a fallar. Los Presidentes Lyndon Johnson y Richard Nixon visitaron Vietnam, pero eso no previno una subsecuente derrota estadounidense en la guerra.

Es poco probable que Bush consiga muchas tropas extranjeras para ayudar a eliminar a las guerrillas iraquíes y enfrenta restricciones políticas—si desea tener alguna esperanza de reelección—para arrojar a más fuerzas estadounidenses en el pantano. De esta manera, la insurgencia —envalentonada por los comentarios sobre las estrategias de salida que circulan en Washington y por los planes para acelerar el traspaso del país al “auto-gobierno”—no desaparecerá y se tornará probablemente peor. Los guerrilleros, como aquellos en Vietnam, saben que el talón del Aquiles de la superpotencia estadounidense es una ciudadanía que se cansa de las aventuras militares en el exterior cuando son de dudoso valor para la seguridad nacional. Henry Kissinger (hombre que debería saberlo) dijo una vez que si los guerrilleros no están perdiendo, están ganando.

Durante el viaje de Bush, él intentó roer una victoria usando slogans cargados de testosterona, tales como “nosotros prevaleceremos” y “nos quedaremos hasta que el trabajo esté concluido.” Los hechos en el terreno, sin embargo, muestran que esas declaraciones contienen un más aire caliente que el globo de Bullwinkle en el desfile del Día de acción de Gracias de la tienda Macy''s.

A pesar de toda el giro intencional durante su viaje del aeropuerto de Bagdad, la política de Irak de Bush puede ser mejor simbolizada, aunque inadvertidamente, por la foto central de la crónica del viaje: el presidente ofreciéndole un pavo a las tropas.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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