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El engaño de la Administración Bush sobre Irak: Tan solo la punta del iceberg
22/7/2003
Ivan Eland

Después de mudarme recientemente desde Washington tras más de 22 años allí, me percato ahora más que nunca respecto de cuán divorciada de la realidad (y de la ética del resto del país) se ha vuelto la capital de la nación. Lo que es visto como una decepción e incluso como una mentira en cualquier otra parte es apenas una buena y pura diversión en los bancos del río Potomac. Un ejemplo de ello es la admisión por parte de la administración de que la referencia en el Discurso sobre el Estado de la Unión del Presidente Bush al supuesto sondeo de Irak para comprar uranio de Africa no debería haber sido insertada en el discurso.

Los medios y los demócratas están acometiendo para empujar, con un giro, a la daga verbal en la Administración Bush sobre el “lo tenemos” en el discurso. La administración merece gustosamente la crítica ácida sobre su belicosa invasión de un Irak soberano y de su subsiguiente tentativa fantoche de edificar allí una nación. Pero la verdadera pregunta es la de por qué le tomó tanto tiempo a la crítica de la duplicidad de la administración ser expuesta y debatida. Este interrogante va al corazón de la cultura de la capital de la nación.

Muchos reporteros, analistas políticos y políticos de Washington—incluso los republicanos—sabían antes de la invasión de Irak que las múltiples razones de la administración para ir a la guerra no tenían un sustento sólido. Por ejemplo, en un discurso del 7 de octubre de 2002, el Presidente Bush indicó sencillamente, “Irak podría decidir un día cualquiera [el énfasis es mío] proporcionarle una arma biológica o química a un grupo terrorista o a terroristas individuales. La alianza con los terroristas podría permitirle al régimen iraquí atacar a los Estados Unidos sin dejar huella digital alguna.” Pero una Estimación de la Inteligencia Nacional de la comunidad de inteligencia estadounidense, emitida el 2 de octubre, contradijo la declaración del presidente. La estimación dijo que Saddam Hussein era proclive a utilizar las armas químicas y biológicas, o a suministrárselas a los terroristas, sólo si Bagdad temía un ataque que amenazase la supervivencia del régimen—es decir, la propia política de la administración. La estimación completa fue tan solo desclasificada recientemente pero, en aquel momento, el entonces presidente del comité de inteligencia presionó y tuvo éxito en obligar al director de la CIA George Tenet para que hiciese pública esa conclusión.

De manera similar, otra aserción de la administración, efectuada para vincular a la no relacionada guerra contra Irak con su justificable guerra contra al Qaeda, fue la de que existía una conexión iraquí con el grupo. El Secretario de Defensa Donald Rumsfeld y el Secretario de Estado Colin Powell, en sus discursos a las Naciones Unidas, sostuvieron ambos que la administración Bush poseía evidencia fuerte del vínculo. Pero la mayoría de los expertos de la inteligencia, mientras reconocían algunos contactos entre Irak y al Qaeda a través de los años, descontaban cualquier relación cooperativa de significación entre los radicales religiosos de al Qaeda y uno de los gobiernos corruptos y seculares al que al Qaeda se encontraba comprometido a derrocar. Era ampliamente conocido también en los círculos de Washington antes de la guerra, que la evidencia para esa afirmación era endeble.

Algunos ex-generales asociados de una forma u otra a la administración—por ejemplo, Brent Scowcroft y Anthony Zinni—tuvieron el valor de manifestarse en contra de la inminente guerra. Pero sus críticas se repitieron como ecos en los cañones vacíos de la capital de la nación a medida que los reporteros, los analistas y los políticos se ocultaban en los arbustos mientras que el monstruo destructor de la guerra de Bush rugía hacia adelante. Incluso aunque el emperador se encuentre desnudo (en la estela de la ocupación estadounidense de Irak, esta frase puede ser menos metafórica y más literal), no será criticado en Washington si él es popular fuera del mundillo político y social de la ciudad. Y, en la estela de los ataques del 11 de septiembre, el Presidente Bush era inmensamente popular entre los estadounidenses. Pero ahora que una hendidura se ha abierto en la armadura del emperador, los medios y los políticos demócratas están sacudidos al “descubrir” los materiales que ya eran públicamente conocidos antes de la invasión. Si el caos actual en Irak no mejora, más y más ejemplos de la voluntad fraudulenta de la administración “gotearán, gotearán, gotearán” indudablemente en el discurso público.

Pero conjeturo que el cliché “mejor tarde que nunca” se aplicará aquí. El creciente escrutinio de los medios, y el aguijoneo de la comunidad de la inteligencia en la caída sobre su propia espada del Director de la CIA por la tergiversación de la verdad por parte del Presidente, ha dado lugar a muchas filtraciones que han recientemente expuesto engaños adicionales de la administración para justificar la guerra. Por ejemplo, la impactante realidad fue que la comunidad de inteligencia estadounidense recopiló muy poca información nueva sobre las programas de armas de destrucción masiva (WMD) de Irak después de que los inspectores de ONU se marcharan del país en 1998 y no poseía ningún espía de alto nivel en el círculo interno de Saddam Hussein para proporcionar información actualizada sobre tales programas de armas (según varios ex y actuales funcionarios de la inteligencia de los EE.UU.). No obstante, el Secretario de Defensa Interino Paul Wolfowitz, en observaciones efectuadas poco antes del discurso sobre el Estado de la Unión del Presidente, describió a la inteligencia de la administración sobre los programas de WMD de Irak como actuales y convincentes. “Es un caso basado en la inteligencia actual,” le dijo al Consejo sobre Relaciones Exteriores de Nueva York, “la inteligencia actual que viene no solamente de los sofisticados satélites y de nuestra capacidad para interceptar las comunicaciones, sino de los valientes individuos que nos dijeron la verdad a riesgo de sus vidas. Tenemos eso; es muy convincente.” Ya no más.

Es una vergenza que a medida que la república confrontaba la grave decisión de ir a la guerra, el debate sobre la cuestión en Washington no hubiese podido ser más honesto e informado. Si tanto los medios como los demócratas y republicanos escépticos hubiesen proporcionado algún apoyo a la minoría de críticos vocales de la política de Irak de la administración Bush, la nación hubiese podido ser capaz de evitar el actual cenagal que probablemente socavara la fortaleza del país durante los años venideros.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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