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¿Incrementar los gastos militares? Forrando los bolsillos de la burocracia de la defensa
23/9/1998
Ivan Eland

El Secretario de Defensa William Cohen y los Jefes del Estado Mayor Conjunto le están pidiendo al Presidente Clinton grandes incrementos en los gastos de defensa. Después de los informes noticiosos sobre la dificultad de la Fuerza Aérea para retener a los pilotos y otras recientes “historias de horror” sobre la preparación militar, muchos estadounidenses podrían ser perdonados si piensan que tal alza en el financiamiento se encuentra justificada. De hecho, es indignante.

Es sospechoso que todas las historias de horror sobre la preparación comiencen a surgir justo cuando una nueva vasija de dinero de los contribuyentes se torna disponible. Las fuerzas armadas—las cuales no difieren en nada a cualquier otra burocracia gubernamental—quisieran obtener su parte del botín del superávit presupuestario. Uno se acuerda del “espanto rojo” anual,—el cual surgía casi cada primavera durante la Guerra Fría—el que era puntual en coincidir con las audiencias parlamentarias sobre el presupuesto militar. No obstante ello, después de la Guerra Fría, se descubrió que la maquinaria militar soviética no era después de todo tan impresionante.

A pesar de la desaparición de su superpotencia rival, los Estados Unidos aún gastan cerca de $270 mil millones (billones en inglés) por año en la defensa nacional, o aproximadamente un promedio de $1.000 por cada hombre, mujer, y niño. Este nivel de gasto—previo a cualquier aumento presupuestario—es cerca del 85 por ciento de la cantidad anual promedio que los Estados Unidos gastaban durante la Guerra Fría.

Cuando el presupuesto anual estadounidense para la defensa nacional es comparado al de otras naciones, la real magnitud de los gastos de los EE.UU. en ese rubro se torna clara. Los mismos igualan por poco al gasto combinado de las siguientes diez naciones—ocho de las cuales son nuestros aliados ricos (solamente Rusia y China quedan fuera de este grupo). La participación estadounidense en el gasto militar mundial se incrementó desde un 27.5 por ciento en 1986 durante la cima del refuerzo militar paulatino de Reagan al 32 por ciento en 1995. Hoy día, los Estados Unidos gastan más que todos sus amigos y aliados ricos combinados y casi una vez y media que todos sus aliados ricos de la OTAN en forma conjunta (quienes les siguen como las fuerzas armadas más capaces del mundo). Más importante aún, los Estados Unidos gastan más de 3.5 veces el gasto combinado de las naciones que son los “estados potencialmente amenazantes”—Rusia, China, Irak, Irán, Siria, Libia, Cuba, y Corea del Norte.

En síntesis, aún si esas naciones se convierten en amenazas directas a los Estados Unidos, nuestro país posee una superioridad apabullante sobre todas esas fuerzas armadas anticuadas, muchas de las cuales se encuentran organizadas conforme los desacreditados principios soviéticos. Algunas de esas fuerzas poseen ciertas armas competentes, pero solamente los Estados Unidos tienen fuerzas armadas verdaderamente integradas—es decir, las fuerzas de los EE.UU. poseen un excelente comando y control, inteligencia, logísticas, y entrenamiento para hacer que sus armas funcionen efectivamente.

El presupuesto de defensa actual refleja aproximadamente los planes del Pentágono de poseer suficientes fuerzas como para pelear dos guerras importantes casi simultáneamente. El Panel de la Defensa Nacional—un cuerpo independiente conformado por militares retirados y expertos civiles—cuestionó el uso continuado de este criterio basado en el tamaño de la fuerza. El panel sospechó que el mismo estaba siendo utilizado para proteger y justificar a las fuerzas militares existentes y cuestionó la probabilidad de que los Estados Unidos peleen dos guerras a la vez.

A medida que la probabilidad de pelear dos guerras casi simultáneas ha disminuido, el Departamento de Defensa—siendo una burocracia adaptable—ha modificado su énfasis pasando de pelear guerras a ser un niñero internacional. El pentágono exige ahora vorazmente más recursos para conducir las misiones de mantenimiento de paz y de edificación de naciones, lo que mina realmente la preparación para luchar una guerra seria que podría ocurrir. Porque la preparación es difícil de medir, historias de horror seleccionadas no deberían ser utilizadas para crear histeria y justificar un aumento en los gastos de defensa. Gran parte del problema con los pilotos que abandonan la Fuerza Aérea se debe a los numerosos períodos lejos de sus familias conduciendo mundanas misiones de mantenimiento de paz en ultramar (por ejemplo, la dura y pesada tarea de hacer cumplir las zonas restringidas a los vuelos sobre Irak). Después de todo, los militares se inscribieron para ser guerreros, no niñeras. Además, las fuerzas que se entrenan para y que conducen las misiones de mantenimiento de paz, sacrifican un entrenamiento valioso para pelear las guerras. La eliminación de tales misiones no solamente ahorraría dinero, sino que eliminaría gran parte del problema de la preparación. El Pentágono no necesita más fondos; precisa una misión más enfocada y racional.

De hecho, una fuerza lista puede ser retenida con un nivel presupuestario mucho más bajo. Ese objetivo puede ser alcanzado contrayendo el tamaño de la fuerza y eliminando los programas que son innecesarios o que son reliquias de la Guerra Fría—por ejemplo, el avión de combate F-22, la aeronave de carga V-22 de despegue y aterrizaje vertical, el helicóptero Comanche, el portaaviones CVN-77, y el submarino New Attack.

En el actual ambiente internacional—donde no existen adversarios de primera clase—los Estados Unidos podrían reducir su presupuesto de defensa en unos $100 mil millones (billones en inglés) a aproximadamente $170 mil millones (billones en inglés) y todavía ser, por lejos, la nación más poderosa del mundo militarmente. Después de todo, con dos grandes océanos como fosas y ningún rival fuerte en el hemisferio occidental, los Estados Unidos poseen una de las posiciones geoestratégicas más seguras que cualquier gran potencia de la historia. El deseado incremento del gasto es meramente un intento por parte de la burocracia de la defensa de “conseguirlo mientras la ganancia sea buena.” Con sus problemas de eludir la conscripción y su compartimiento como mujeriego, el presidente se encuentra en una posición débil para oponerse a la súplica de más dinero y puede ser solamente apoyado políticamente concediéndolo. Con su inclinación a gastar del barril de los negociados políticos, el Congreso está aún más susceptible a la petición. Alas, solamente el hostigado contribuyente sufrirá.

Traducido por Gabriel Gasave


Ivan Eland es Investigador Asociado Senior y Director, Centro Para la Paz y la Libertad en The Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire Has No Clothes, y Putting “Defense” Back into U.S. Defense Policy.




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