El Super Bowl, Bad Bunny y la controversia
El orgullo es solamente uno de los sentimientos que provocó entre los latinoamericanos el espectáculo de medio tiempo del partido de futbol americano Super Bowl LX, encargado al cantante y compositor puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny): sentimos también confusión y hasta temor ante los ánimos caldeados por el trasfondo político. El presidente Donald Trump y algunos funcionarios del gobierno republicano, así como la organización Turning Point USA, clamaron por un contenido apto para todo público que reflejara la cultura estadounidense, mientras la Liga de Fútbol Nacional (NFL) se aferró a su elección de cantante.
La NFL parece cortejar la polémica, pues con frecuencia dan de qué hablar sus invitados. ¿Se acuerdan de cuando Justin Timberlake arrancó parte del disfraz de Janet Jackson, en 2004? ¿O cuando la NFL demandó a M.I.A. por más de US$16 millones por hacer un gesto obsceno? ¿O la pésima elección de vestuario de Jennifer López, en 2020? Pudiera ser una elección estratégica, dado que el receso atrae a más televidentes que el propio juego deportivo. El año pasado, 127.7 millones vieron el partido y 133.5 millones sintonizaron la presentación del rapero estadounidense Kendrick Lamar. Los actos recientes son muy diferentes del primero, en 1967, el cual estuvo a cargo de dos bandas universitarias.
El 2026 fue el primer año en que se cantó exclusivamente en español en este escenario. Bad Bunny ha cosechado muchos primeros lugares a lo largo de su carrera, desde ser el artista más reproducido en Spotify, junto con Taylor Swift, hasta ganar numerosos reconocimientos Grammy y Billboard. Cuando durante su presentación señaló que los latinoamericanos somos americanos, e incluyó en el escenario símbolos de nuestra cultura, desde la casita hasta el cañaveral, lógicamente aplaudimos. La despectiva publicación en X del presidente Trump sobre esta función encarnó al “ugly American”, primero porque pasó por alto el hecho de que los habitantes de Puerto Rico son ciudadanos estadounidenses, y también porque debería estar al tanto de quiénes son los artistas más populares del mundo.
Por otro lado, este evento nos recordó que estamos inmersos en una batalla cultural, y que uno de los efectos de tal pugna es la politización de las artes. Bad Bunny no esconde sus opiniones políticas, y éstas son progresistas. Su defensa del movimiento Black Lives Matter, de la inmigración ilegal y del movimiento transgénero, entre otros temas, sirve los intereses del partido demócrata de Estados Unidos. Sus llamados a la rebelión son utilizados por izquierdistas en países latinoamericanos. Algunas de sus canciones son nostálgicas respecto de la vida familiar (Debí tirar más fotos), pero otras hablan de un rechazo a creencias religiosas tradicionales (RLNDT).
Pocas cosas son más destructoras y desafiantes de los valores tradicionales, anclados en principios judeocristianos y la familia nuclear, que el lenguaje soez y las explícitas referencias al sexo. Claro, la erosión de valores es generalizada y se evidencia en esferas anglosajonas, no es un fenómeno exclusivamente hispano. Varios géneros de música moderna (hip hop, reggaetón, rap y trap) recurren a la profanidad y abordan sin tapujos temas como el sexo, el dinero y las drogas. Muchas mamás latinas consideran a Bad Bunny una mala influencia en sus hijos, por el contenido hipersexual de sus letras y por sus referencias a la violencia y al consumo de drogas.
Sería lamentable que los videntes del Super Bowl se convencieran de que la cultura latinoamericana ofrece al mundo únicamente perreo, vulgaridad y degeneración.
La autora estudió Ciencias políticas y Economía en Dartmouth College, en New Hampshire y Obtuvo una maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C. EE. UU.. Es profesora universitaria de análisis económico de la política, desarrollo económico e historia; miembro del Consejo Directivo del Centro de Estudios Económico-Sociales(CEES) y de la Asociación Familia, Desarrollo y Población (FADEP); y de la Sociedad Mont Pelerin.
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