La batalla cultural por el poder
En los últimos tiempos se habla y se discute mucho sobre batallas culturales en el mundo, especialmente en nuestro país, ámbito al cual me referiré.
Si bien la raíz de tal batalla se viene sembrando desde larga data, en el comienzo de este siglo germinó velozmente dando lugar al término “grieta” como expresión de su contienda.
A fin de introducirnos en el tema, cabe que conozcamos el origen etimológico de la palabra cultura y brevemente su evolución interpretativa conforme a los tiempos de la historia de la humanidad. En latín, cultura deriva de cultivo o labranza que debía cuidarse, es decir tenía un sentido agrícola. Luego, en la época de la Ilustración el sentido viró hacia la intelectualidad vinculada a la educación. En la actualidad, además de conocimientos, es abarcativo de costumbres, hábitos, arte, moral, creencias religiosas y de valores filosóficos; constituyendo todo ello un valor simbólico de un pueblo que se transmite a generaciones futuras.
En Argentina, ese valor simbólico es el que se disputa en la lucha por el poder político desde sus orígenes como nación independiente. En el tiempo presente, por un lado el “kirchnerismo”, por el otro el “mileismo”, ambos con pretensiones hegemónicas de poder adueñándose de los valores que cada uno entiende son patrimonio de los argentinos, dándole a esa batalla el carácter de épica revolucionaria.
Vale detenerse en las manifestaciones que utilizan uno y otro bando para poner de relieve la importancia de la lucha cultural: “vamos por todo”, “ahora o nunca”, “oráculos de Delfos”, “nosotros contra ellos”, “ciclo liberal por cien años”, “la calle es nuestra”, “las fuerzas del cielo”, “somos superiores moralmente, esto no es para tibios”, etc. Las mismas reflejan una enemistad evidente que va más allá de una adversidad por diferencias políticas.
Surgen imperativos categóricos, por ejemplo: “al capitalismo imperialista hay que exterminarlo” o “al enemigo socialista hay que extinguirlo”. Se consideran “el mejor gobierno de la historia” difundiendo sueños idealistas de valores exclusivos de ellos.
Ambos bandos culpan a los medios periodísticos como cómplices en el caso que no compartan sus principios o si informan con objetividad. Entienden que la verdad absoluta está de su lado y ellos son los elegidos para hacerla conocer al pueblo y dirigir su destino. Para ello, necesitan tener súbditos, ovejas mansas obedientes, anulándoles el pensamiento crítico y el criterio propio. Los atrapan en un cerco con un estímulo falso de confort, “educándolos” en el sentido que atravesar ese cerco es peligroso puesto que fuera del mismo los espera las garras del enemigo.
De ese modo conforman un colectivo masificado, el cual ha sido estructurado en base a un daño antropológico que sufren sus mentes.
Entre otros intelectuales que movilizan a ambos contendientes, podemos citar entre los principales a Antonio Gramsci y Ernesto Laclau en un rincón del ring; Murray Rothbard y Walter Block en el otro rincón. En el terreno de la filosofía política, cada cual desde su óptica, minimizan las reglas institucionales que dan contenido al sistema republicano de gobierno. Las instituciones son un obstáculo para el ejercicio del poder que pretenden instalar. Se colonizan las instituciones interpretándolas según la subjetividad de los portadores del poder y no según la objetividad que conllevan.
No tengo dudas que ese proceder en el ejercicio del poder convertirá a la democracia en una autocracia.
El odio, el miedo y la burla son las herramientas que se utilizan para la construcción del poder. Se busca imponer a la sociedad una visión que le haga comprender que los valores superiores de la vida los encarnan ellos. Se autoproclaman aptos para redefinir valores y creencias. La libertad, la igualdad, la educación, la ética y la justicia son valores que encierran en un análisis ortodoxo y dogmático. Edifican en un terreno valorativo propio.
En definitiva, es una guerra ideológica que busca transformar la sociedad por fuera del respeto a las instituciones republicanas.
Siempre pensé y expresé mis opiniones sosteniendo que la raíz de todos nuestros problemas es la educación. El valor de la educación cayó a niveles sorprendentes, es una tragedia educativa la que vivimos, el sistema educativo es un simulacro de enseñanza, lo cual nos ha llevado a su colapso. Sin perjuicio de varios pedagogos de gran formación académica, invito a leer a Luis Jorge Zanotti, Jaime Etcheverry, Guillermina Tiramonti y Mariano Narodowski; ellos diagnosticaron e ilustraron con claridad desde hace largo tiempo la enfermedad educativa que padecemos.
Es una revolución educativa la que necesitamos. Vivimos épocas en las que la sociedad es vulnerable a la manipulación política. Obviamente la formación cívica está incluida, con el foco puesto en la educación de ciudadanos con pensamiento crítico y criterio propio, para que se comprenda que en el marco del respeto a las instituciones republicanas y no en la creación constante de enemigos pueda iniciarse un derrotero civilizado y próspero.
El autor es abogado y presidente de la Fundación LibreMente de la Ciudad de San Nicolás, Buenos Aires, Argentina,
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