¡Gracias Michelle!

Por Cecilia Fernandez Taladriz y Daniel Birrell R
La centro-derecha chilena tiene motivos para agradecer a Michelle.
Luego de un cuatrienio en que la Presidenta Bachelet contó con cómoda mayoría en ambas cámaras para aplicar lo que se denominó “la retroexcavadora”, se repite ahora el escenario al finalizar su primer gobierno en 2010. Otra coalición oficialista al borde de la desaparición (antes la Concertación, ahora la Nueva Mayoría) mientras nuevamente entregará la banda presidencial a Sebastián Piñera.
Que la centro-derecha reconquiste el poder ejecutivo en Chile es tan significativo como derrotar al peronismo en la provincia de Buenos Aires. Un hecho inédito en los últimos 80 años. Los resultados son elocuentes: Nueve puntos porcentuales de ventaja y la más alta participación electoral desde que se instauró el voto voluntario. Un terremoto grado diez.
En el “wish-list” del programa de gobierno de Bachelet se puede distinguir entre las “conquistas sociales” y las reformas políticas. A veces el problema no está en desear, sino en obtener lo que se desea. En particular, creemos que tres reformas políticas podrían ayudarnos a entender este giro copernicano en la cultura política de los chilenos. Subyace a todas ellas un paradigma histórico: las mayorías en Chile son de izquierda, y bastaría con facilitar su expresión para triunfar.
Tras 25 años de vigencia del sistema binominal para elegir representantes, en 2015 el gobierno saliente logró su remplazo por un sistema proporcional. La idea era terminar así con el virtual empate técnico entre la Concertación y la coalición de centro-derecha (compuesta por dos grandes partidos), incrementando además el número de diputados y senadores y redibujando los distritos electorales. Una reforma hecha a la medida de los deseos hegemónicos de la izquierda ―que ha contado con una mayoría histórica desde los años 30 del siglo pasado― para barrer con las salvaguardas del modelo de sociedad heredado de la transición.
Pero los ingenieros electorales no imaginaron que la Nueva Mayoría se dividiría en dos listas, por una parte la Democracia Cristiana y por otra toda la izquierda tradicional incluyendo al Partido Comunista. Además surgió un Podemos en versión chilena denominado Frente Amplio, y en su estreno se instaló como la tercera fuerza política en la Cámara.
En contraste, la centro-derecha en lista única cuenta hoy con cerca del 50% de representación en la Cámara y el Senado, debiendo negociar con una oposición fraccionada en tres bancadas con escaso affectio societatis. Es que siendo todas de izquierda son a la vez marcadamente divergentes en su ideología, y en un sistema proporcional ahora reluce toda la paleta de colores.
En segundo lugar, en 2016 el Gobierno promovió y logró aprobar otra reforma que apuntó a terminar con la histórica ventaja de la centro-derecha en el financiamiento de campañas políticas. Se trata de una ley que rompió el nexo entre el financiamiento de la política y las empresas, y por tanto con cualquier forma de clientelismo (que en la práctica se tradujo en partidos “conservadores” de ciertos enclaves de la economía).
A poco andar floreció el pensamiento liberal, casi ausente desde el siglo XIX en la centro-derecha chilena, y que hoy se expresa en un sano reformismo sin pautas tutelares y en una renovada defensa de las ideas liberales. Hoy la centro-derecha cuenta con nuevos partidos y al interior de los más tradicionales comienza un proceso de profunda renovación de dirigentes.
Por último, en 2017 el Gobierno auspició una modificación a la ley de elecciones primarias, reforzando los compromisos y obligaciones de las partes y las garantías de un debido proceso.
Pero las tensiones provocadas por el rol hegemónico del partido comunista terminaron por imponer como necesidad de supervivencia que la Democracia Cristiana optara por no concurrir a primarias, mientras la centro-derecha las celebró con altísima participación ciudadana. Estas sirvieron además para posicionar nuevos y jóvenes liderazgos que auspician una continuidad de su proyecto político, y para identificar a los representantes del populismo de derecha.
La Bachelet más profunda impulsó sus reformas encarnando una política sorda a la oposición y a la ciudadanía, y de ahí surgen múltiples explicaciones para el triunfo de Piñera. Michelle es más testaruda que los K, con una convicción ideológica de película (Good Bye Mrs. Lenin), pero también es amable y respetuosa de las formas republicanas. Esa heroica amabilidad hace perfecta sintonía con el ánimo dialogante del Presidente electo.
El mapa político no ha terminado de redibujarse en este nuevo ciclo, y probablemente es también una lógica consecuencia del inédito desarrollo experimentado por la clase media en los últimos treinta años. Quien mejor represente a las clases emergentes tendrá garantizado el éxito electoral, porque las mayorías ya no son propiedad de un sector político.
Nos hemos enfocado en las reformas políticas, todas ellas un traje a la medida de la centro-izquierda, porque creemos que son el mejor regalo que Michelle ha hecho a los partidarios del estado de derecho y la libertad de emprender en Chile. Estas reformas fueron a blessing in disguise para una derecha que exhibe mayor armonía política, coherencia ideológica, cuadros renovados, hambre de poder y sintonía con el nuevo Chile.
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