Un pato no tan rengo

La decisión del Presidente Obama de “normalizar” las relaciones con Cuba implica la aceleración de una tendencia, no un cambio de rumbo. Sería excesivo hablar de mucho ruido y pocas nueces, porque algunos elementos de la “normalización” tienen el potencial de causar efectos políticos y económicos de cierta dimensión en la isla, pero la verdad es que su importancia mayor está en lo que parecen prefigurar a mediano plazo, no en la cadena inmediata de causas y efectos.
Tal vez sea más fácil demostrar esto si fantaseamos con lo que hubiera sido un escenario ideal: el fin el embargo anunciado en simultáneo con la apertura política (comprobada) en Cuba. No hay duda de que Raúl Castro y compañía también lo habrían celebrado como un éxito: llevan, después de todo, denunciando el “bloqueo” desde 1960, cuando Estados Unidos decretó el embargo en represalia por la expropiación masiva de empresas estadounidenses ocurrida en agosto de aquel año. Pero el fin del régimen de partido único habría otorgado a los cubanos, que son los que importan, el triunfo de los hechos, que es siempre mayor que el de la propaganda, en simultaneidad con el libre comercio que implicaría el fin de las medidas restrictivas del comercio. No hablo de un triunfo ideológico: hablo del triunfo de ser libres.
Sé bien que este escenario fantasioso entraña complicaciones políticas mayúsculas, empezando por el hecho de que sólo el Congreso de los Estados Unidos puede acabar de forma integral con el embargo en vista de que en 1996 las medidas restrictivas fueron codificadas (fue el año fatídico en que la dictadura cubana derribó dos avionetas de “Hermanos al Rescate”, la organización que socorría a los balseros en el Estrecho de la Florida). Pero a lo que voy es que quizá tener en cuenta ese escenario hipotético como referencia permita comprender por qué lo que ha sucedido esta semana parece mucho mejor, al menos en el corto plazo, para el régimen castrista que para los cubanos o para la causa de la libertad.
La sustancia de lo que han acordado Obama y Castro no está, por más que el tratamiento mediático resalte mucho ese aspecto, en el intercambio de prisioneros. Es cierto que Cuba ha soltado a Alan Gross, el contratista apresado bajo falsas acusaciones por el simple hecho de ir a La Habana a instalar equipos de conexión satelital a internet, y a un espía yanqui de origen cubano, tal vez Rolando Sarraff, así como a 53 presos políticos isleños. A cambio, Estados Unidos ha liberado a Antonio Guerrero, Ramón Labañino y Gerardo Hernández, tres espías que cumplían una larga condena, por lo menos uno de los cuales tuvo directamente que ver con la desalmada voladura de los aviones de “Hermanos al Rescate”. Pero intercambios de prisioneros hubo muchos a lo largo de la Guerra Fría y permitieron devolver a la libertad a algunas personas injustamente encarceladas sin que ello entrañara nada significativo para los millones de víctimas de los regímenes totalitarios que aceptaron negociar su puesta en libertad con Washington o capitales europeas.
Añado que, como ya sucedió muchas veces en los intercambios de la Guerra Fría, se ha tenido que pagar un precio moral muy alto. Un precio justificable por razones humanitarias -en el caso de Gross esto significa seguramente haber impedido que muriera en prisión, donde estaba al borde del suicidio- pero altísimo. ¿Por qué? .
No está, como decía, en este intercambio de presos la sustancia de lo acordado. Está más bien en la puesta de largo de Cuba como régimen honorable en la gala de los gobiernos civilizados, su reconocimiento definitivo y la serie de concesiones de índole económica y comercial que favorecen la financiación del régimen mucho más que el acceso del pueblo cubano a la abundancia capitalista.
Empiezo por lo último. No hay ni habrá inversiones estadounidenses en Cuba, ni un comercio masivo: ello no es posible mientras subsista el embargo. Seguirá habiendo, por lo pronto, lo que hay desde años en virtud de que estados Unidos ya es el mayor proveedor de alimentos y productos agrícolas a las isla. Pero también habrá una mayor cantidad de dólares provenientes de viajes, remesas y transacciones bancarias que ahora podrán ser directas. Dólares que irán a parar en gran parte al gobierno, que a su vez entregará pesos a los cubanos de la isla. Además, y lo que quizá resulte aun más importante, a partir de ahora Estados Unidos avalará ante los organismos multilaterales el otorgamiento de créditos a La Habana. ¿Por qué puede esto resultar más importante? Por razones que saltan a la vista si se toma en cuenta la dependencia cubana respecto del petróleo venezolano.
La delicuescencia de la economía venezolana y la evaporación de una buena parte de los ingresos que recibe el Estado chavista por la venta de un petróleo cada vez más barato suponen para Cuba un desafío tan grande como lo fue la caída del Muro de Berlín. En ese entonces Fidel Castro decretó un “período especial” que redujo traumáticamente los ya penosos niveles de vida de la población al tiempo que bombardeaba a las masas con una prédica épica, de resistencia numantina, para que soportaran la miseria como un sacrificio glorioso. Ahora Raúl Castro, más pragmático que Fidel y consciente de que no están las cosas para un nuevo “período especial”, debe a toda costa remediar el previsible encogimiento del subsidio venezolano con otras fuentes de dinero (Cuba recibe algo más de cien mil barriles de petróleo diarios que usa para fines energéticos y para obtener divisas revendiéndolos en el exterior).
Las necesidades financieras no pueden ser cubiertas por China, que da mucho dinero a países latinoamericanos pero siempre a cambio de algo y en condiciones no tan blandas como se cree, y que para colmo atraviesa su propia desaceleración económica. Aquí es donde cobra sentido para Raúl Castro hacer concesiones mínimas a cambio de medidas que no representan una abundancia de inversión y comercio para el pueblo cubano sino esencialmente un mayor acceso del régimen a dólares escasos.
En el aspecto político, conviene, desde luego, no hacer demasiado caso a lo que dicen los corifeos universales del castrismo (por ejemplo, la sentencia de Evo Morales anunciando que “Cuba doblegó a los Estados Unidos” o la de Nicolás Maduro asegurando que es “una victoria de Fidel Castro”). Son expresiones rituales de humor inconsciente que se darían incluso si se estuviera produciendo una apertura política en Cuba junto con el fin del embargo. Lo que sí conviene tener en cuenta es lo que dicen las víctimas del castrismo. Gran parte de ellas ha reaccionado con decepción, algunas con escepticismo; incluso hay quienes han expresado amargura. Intuyen que lo sucedido beneficia mucho más, al menos por ahora, al castrismo que a los cubanos.
Yoani Sánchez escribió por eso una frase contundente: “El castrismo ha ganado”. Ella es crítica del embargo -tuvo en su día la valentía de decirlo en Miami y otros lugares con fuerte presencia de exiliados cubanos-, de manera que no habla desde una posición comparable a la que tienen, por ejemplo, algunas personas de la generación de los años 60 para las cuales las medidas restrictivas son la quintaesencia de la lucha por la libertad. Habla desde la percepción que reina entre quienes dentro de Cuba aspiraban a otra cosa.
En cualquier caso, el futuro de la libertad de Cuba y el bienestar de los cubanos no se juega fuera de la isla. No esencialmente. Ni los reveses ni los triunfos que ha experimentado el castrismo en el escenario internacional han sido más determinantes que los factores internos. Los efectos benéficos para el régimen de lo que acaba de ocurrir no darán a ese sistema lo suficiente para ser eficaz y fecundar la capacidad empresarial de los ciudadanos. Tampoco rejuvenecerá a una gerontocracia en extinción ni dará unidad a las facciones que a la muerte de los Castro previsiblemente entrarán en pugna. Tampoco facilitará que los Castro ahoguen las ansias de progreso que ha conferido a muchos cubanos el poco acceso que ya tienen a la información sobre cómo es el mundo exterior. Todo eso responderá a una dinámica interna en la que Obama, el pato no tan rengo, es un detalle menor.
Hablando de Obama: no es el primer mandatario estadounidense que intenta entenderse con Cuba. La percepción ociosa es que todos los gobernantes de los Estados Unidos fueron anticastristas jurados. No sólo no es cierto sino que abundan los ejemplos de intentos de “rapprochement”, como se dice en jerga diplomática. Sólo que por lo general fueron tomados como signos de debilidad por Fidel Castro.
No sabemos cómo responderá Cuba esta vez a la ilusa generosidad de Obama, aunque puede ser que trate de llevar la fiesta en paz un buen rato, dada la necesidad urgente del castrismo de prevenir la ruina que supondrá el fin del subsidio venezolano. Después de todo, a Obama no le queda demasiado tiempo. Es cierto que los republicanos tendrán el control de ambas cámaras del Congreso a partir de enero y querrán hacerse sentir en esto, pero lo más probable es que la división entre la Casa Blanca y el Congreso suponga una neutralización mutua y por tanto la prolongación del statu quo derivado de los acuerdos de esta semana.
La negociación sobre temas migratorios y de otra índole que la isla llevará acabo con la diplomacia norteamericana en los meses que vienen es algo que el castrismo utilizará previsiblemente para sellar su nueva respetabilidad internacional. ¿Qué necesidad tendría de provocar hostilidades? Game, set and match. Por ahora.
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