Nuestro gran error
Por Cal Thomas
La última encuesta del Washington Post/ABC News nos lo explica todo: Casi seis de cada diez votantes dicen que tienen “algo” de confianza o ninguna confianza en que el Presidente Obama tome las decisiones correctas para el país.
No es una vergüenza cometer un error. Todo el mundo comete muchos durante su vida, aún hasta en las elecciones. Los políticos son muy buenos para convencer. El partido de la minoría promete más honestidad y ética que el de la mayoría y luego cuando se ha ganado la confianza de la gente cansada de mucha deshonestidad y muy poca ética, se torna igual que el partido al cual reemplazó.
El error cometido por aquellos que votaron por Obama, pensando que con él las cosas serían diferentes, es haber creído que sería diferente con él. Un político es un político. Uno puede cambiarle el color, el género, hasta el partido, y siempre sigue siendo un político. Esto no necesariamente es algo malo. Yo supongo que tenemos que tener políticos, pero como la metafórica tía loca que se guarda en el ático, un político debe ser mantenido en su puesto, a menos que la casa se vuelva caótica.
Los impuestos y las regulaciones acaban de comenzar. La gente de Obama no es intrínsecamente malvada. Como los que están en un culto, ellos sinceramente creen la ficción de lo que están tratando de vendernos: más impuestos producirán una economía más saludable; la deuda récord no es un problema; más regulación dará como resultado que los bancos y los grandes negocios funcionarán con ética y para el bien de sus clientes y del país; el cuidado de salud nacionalizado resultará en mejor cuidado para los enfermos; el aborto no restringido y el matrimonio entre personas del mismo sexo está bien; las leyes de inmigración que no se han puesto en vigor son algo bueno porque los demócratas necesitan importar votos y los republicanos quieren mano de obra barata.
Si el mal camino por el que van los Estados Unidos ha de enderezarse, los republicanos y los conservadores deben ofrecer algo diferente a lo de la última vez que tuvieron el poder. Todo esto debe comenzar con una lección de historia. ¿Qué creyeron los fundadores y sus descendientes constitucionalistas que produciría los mejores resultados para un pueblo unido por principios comunes? ¿Cuál fue el resultado cuando esos principios fueron aplicados (o no aplicados) en la vida nacional y en nuestras vidas individuales?
El problema hoy es que menos de esos principios son ahora comunes, porque no se enseñan en las escuelas públicas y universidades, ni son reforzados por los medios de comunicación de los cuales obtenemos mucho de nuestra información y muy poca verdad.
Estados Unidos es un país de oportunidad, no de resultados garantizados. Si a alguien le falta la oportunidad, el objetivo debe ser eliminar los obstáculos que bloquean la oportunidad. La motivación es otra cosa. A nadie se le puede enseñar motivación. Eso es algo que cada cual individualmente tiene que hacer.
Sobre los impuestos, hay bastante evidencia sobre cómo responde nuestra economía cuando los impuestos son altos y cuando son bajos. ¿Por qué estamos permitiéndoles a los políticos tomar cada vez mayores sumas del dinero que producimos y malgastarlas como lo hacen?
Los republicanos y los conservadores van a tener que hacer algo más que discutir sus conocidas posiciones ideológicas este noviembre y de nuevo en dos años. Tienen que demostrar que sus ideas funcionan. Para esto, pudieran adoptar algo del teatro de los demócratas. A los demócratas les encanta hacer desfilar a legiones de los lastimados y los que sufren privaciones. Los republicanos deberían comenzar su propia parada, pero marchando en dirección contraria. Gente que se enfrentaron a circunstancias difíciles, pero las superaron practicando principios republicanos y conservadores serían los que desfilarían en una parada del Partido Republicano.
Hay que repetirlo, no es una vergüenza cometer un error. Lo que es vergonzoso es repetirlo. El ala liberal del Partido Demócrata está desmantelando los Estados Unidos que hemos conocido y amado y los está transformando en algo que nunca han sido: un estado socialista. Si les permitimos hacerlo, no habrá perdón, no habrá excusa y no habrá regreso. Y nuestra vergüenza será una mancha indeleble por la cual nos juzgaran las futuras generaciones.
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