El hotel de los emigrantes
Ayer por la mañana, en Buenos Aires, un taxista me estuvo hablando del hotel de los emigrantes, el lugar por el que ingresaban en Argentina los españoles, los italianos y en general todos aquellos ciudadanos que en su patria no habían conseguido ni conseguirían nunca sustanciar la esperanza de vivir una existencia mínimamemnte satisfactoria.
Otros amigos me habían hablado antes del lugar; uno de ellos, mi compañero Augusto di Marco, me explicó con mucha emoción el día que encontró allí, gracias al sistema informático que ha instalado el moderno servicio argentino de inmigración, todos los datos relativos a la llegada de su abuelo italiano a este país.
Por la noche, al regresar a España, estuve leyendo en el avión el libro de César Antonio Molina Lugares donde se calma el dolor, que acaba de publicar Destino y que viajó conmigo a Buenos Aires.
De él habla hoy en EL PAÍS su autor, precisamente.
En ese libro, que arranca con una emocionante crónica de varios viajes entre volcanes italianos, César Antonio se detiene en Buenos Aires y hace una visita honda, muy bien contada, al llamado Hotel de los Inmigrantes.
Él, gallego como tantos de los que hicieron ese viaje del siglo XIX y de principios del siglo XX, halló allí las huellas de viajes anteriores, el resultado de un impulso de supervivencia que se parece al exilio y que arrastró a Argentina a gente que luego ya fue de ese país pero cuya raíz siempre estuvo en el aire del pasado.
En su crónica, el poeta que fue ministro recoge estos versos que hay en la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y que escribió Emma Lazarus:
"Dame tus abatidas, tus pobres, tus amontonadas/ muchedumbres que ansían respirar libremente;/
el desperdicio infeliz de tu rebosante playa;/ mándame los desamparados, los batidos por la tempestad:/
yo tengo mi lámpara en alto junto a la puerta dorada".
(La versión, señala César, es de Juan Ramón Jiménez).
Versos para apuntalar un sentimiento de desvalimiento, coraje y acogida, un hermoso recuerdo que el hombre dejó intacto, en Nueva York, en Buenos Aires, en La Guaira, en tantos lugares donde llegar era el resultado de un riesgo y el comienzo de un abrazo gracias al cual muchos pudimos ver más de una sonrisa.
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