Gobiernos obesos, pobres, flacos
El hombre fue hecho a la imagen y semejanza de Dios y no del Estado. Pero, lamentablemente, hemos llegado a creer que la acción del individuo puede ser superada a través del Estado, lo cual no es más que otra forma de paganismo o idolatría que cada día nos cuesta más caro.
Y es que la responsabilidad personal de cada quien de ocuparse de lo suyo no es plenamente delegable al Estado. Hay cosas que el Estado puede hacer y otras que no, como repartir riqueza; a punto tal que cuando intenta hacerlo termina repartiendo pobreza.
La gente le temía tanto al rey que los Estados Unidos fueron poblados por hombres que escapaban la conscripción militar. ¿Hemos perdido ese miedo? ¿Acaso los mismos mecanismos que condujeron al exceso de poder y al abuso de la autoridad del rey han dejado de existir? ¿Acaso no vemos con sistemática regularidad los excesos que cometen nuestros desgobiernos?
No fue hace tanto que el hombre común sabía que cuando se le da poder excesivo a los politiqueros, germinan los demagogos. A los gobiernos hay que vigilarlos, lo mismo que se vigila el poder que está encerrado dentro de una usina nuclear, pues cuando la radiación del poder excedido de gobierno se escapa del constreñimiento, la radiación resulta mortal.
La libertad es una cualidad del individuo y no del colectivo, pues si una persona no es libre tampoco puede serlo la sumatoria de todas las personas. En el pasado ocurrió que muchos esclavos perdían el deseo de libertad, llegando a añorar su sumisa situación, pero el problema es que hoy día, sin estar conscientes de ello, seguimos esclavizados; esclavizados a través de todo un andamiaje de leyes e instituciones, cuya finalidad no está orientada a la creación de hombres libres y productivos, sino de masas serviles adictas al pan y al circo.
El grave problema de esta realidad es que se acerca el día de rendición de cuentas y si seguimos por el mismo camino, los costos de vida seguirán disparándose hasta moverse insoportables.
Existen mecanismos para la reducción de costos cada vez mayores. No es un problema económicamente insoluble sino políticamente infranqueable, ya que los politiqueros no parecen dispuestos ceder en sus torcidas maniobras, ni la comunidad quiere soltar la ubre del clientelismo, que es la única que conocen.
Frente a todo esto, las salidas que se les ocurren y que son ofrecidas por perversos gobernantes son cosas como el aumento general de salarios, los controles de precios y más puestos de trabajo en el gobierno. Pero todo eso equivale a recetarle mucha azúcar a un diabético.
El autor es analista panameño.
- 26 de agosto, 2025
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