Estas elecciones y el caso Cuba
Por Nicolás Perez Diez-Argüelles
El Nuevo Herald
Estas elecciones norteamericanas del 2008 han tenido la pasión del desencuentro entre dos generaciones y dos filosofías de la vida, el aliño del choque entre estupendos candidatos y la presencia del signo de interrogación del cuello de un cisne blanco porque nada está escrito.
Los resultados finales de la contienda llegan a trastazos. Y aunque sin perder de vista por un minuto la suerte de Estados Unidos, que es el mundo presente de mis hijos, me voy por lo que puede pasar en Cuba si gana Obama o McCain. A corto plazo, gane cualquiera de los dos, en La Habana no se va a mover una hoja. A largo plazo es otra cosa.
Esta elección el exilio cubano la contempla con cansancio, y es que tanto hemos nadado contra la corriente en Washington, contra republicanos y demócratas, que ya no creemos en nadie y venimos a morir ahogados en la orilla de nuestros miedos, aunque existen esperanzas y temas válidos: ¿cuál de los candidatos esta dispuesto a levantar las sanciones que en el año 2004 endureció George Bush contra la isla? ¿Qué opinión tenemos sobre qué pasa cuando en igualdad de condiciones se enfrentan un demócrata y un comunista en cualquier terreno?
En cuanto a qué hacer con Cuba todo indica que McCain, aconsejado por los congresistas republicanos Lincoln y Mario Díaz-Balart, continuará la línea de George Bush de la inmovilidad absoluta, mientras Obama quizás intente mover fichas.
Por otra parte, cuando cualquier cubano de Miami va a Cuba no a bañarse en Varadero ni a buscar jineteras, sino a ver a su familia porque la ama y extraña, y llega la hora de la verdad y se sienta con su hermano, que es miliciano y miembro del partido comunista, rodeados ambos de toda la familia, sin pronunciar media palabra, el exiliado es quien se gana el respeto de todos. No porque haya traído regalos, ni porque esté vestido con un pulóver Lacoste, tampoco porque tenga el bolsillo lleno de fulas: gana porque mientras el comunista no puede criticar a Fidel y a Raúl Castro en medio de tanta miseria, el exiliado puede desbarrar contra Obama o McCain y no pasa nada. Uno es dueño de su vida, el otro no. Y no existe una enfermedad más contagiosa que la libertad de conciencia.
Del mismo modo, cuando un cubano de Miami le envía $50 sin las prohibiciones de Bush al tío o al amigo, allá todos entienden que ésta es una comunidad llena de compasión por sus desgracias, que los aman a ellos y a Cuba.
En cuanto al embargo, tenemos dos formas de analizarlo, utilizando apariencias o realidades. En principio, Cuba ha comprado sin interferencias en el mundo entero lo que le ha dado su realísima gana. Y la administración de Bush le ha vendido últimamente a la isla la cantidad de mil millones de dólares en productos agrícolas. El embargo como tal quizás pueda servir a las diez últimas como pieza de negociación, pero es un cuento de caminos.
Sobre que Obama se va a sentar a conversar con Cuba sin condiciones, en primer lugar ningún gobierno norteamericano establece un diálogo con un país enemigo sin contactos exploratorios previos. En segundo lugar, mientras Fidel Castro siga vivo no van a cruzar media palabra La Habana y Washington porque él lo va a impedir. Y en tercer lugar, cuando muera, su hermano Raúl estará políticamente tan debilitado que se negará a enfrentar un peligroso y desestabilizador contacto con Estados Unidos.
Créanme, tras la muerte del máximo líder va a costar Dios y ayuda que Raúl y su entorno opten por una apertura. Ellos quieren créditos que no van a pagar, no que les levanten un embargo que les sirve para justificar sus fracasos económicos. No quieren relaciones con Washington, sino que los dejen solos y los aíslen. Y es que no reparamos que el discurso castrista está agotado. Prosigue dando guerra la libreta de abastecimientos llena de arrugas y canas. Los pioneros sueñan con ser cuando grandes no generales ni ministros del régimen, sino turistas. El pueblo no aspira a vivir mejor, sino a huir en una balsa hacia Estados Unidos. Altos miembros del partido comunista ya no quieren transformar el mundo, sino comerse sin sustos un suculento whopper y un paquete de papitas fritas en una sucursal de Burger King en la Víbora o el Vedado.
Finalmente, de 1959 a la fecha los castristas han intentado satanizar al yanqui ante el pueblo de Cuba, diciéndole que aquí los blancos azuzan a los perros contra los negros. Desde el 4 de noviembre la insidia no surtirá efecto, porque, ¿a quién podrán convencer que a un candidato a la presidencia de Estados Unidos nadie le puede achuchar un perro para que lo muerda?
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