Los demócratas argentinos contraatacan
Por Mary Anastasia O’Grady
The Wall Street Journal
Los demócratas argentinos obtuvieron una gran victoria la semana pasada cuando el Senado en Buenos Aires votó en contra de un proyecto de ley tributario presentado por la presidenta Cristina Kirchner.
La importancia de la derrota de Kirchner va mucho más allá de su agenda fiscal, llega hasta el corazón del imperio de la ley en uno de los países más importantes de Latinoamérica. Verbigracia, por primera vez en siete años, la oficina de la presidencia argentina ha sido forzada a aceptar límites a su poder.
Mary Anastasia O’Grady analiza la importancia del rechazo de la ley de aumento de impuestos a las exprtaciones de granos en Argentina. (En inglés).
Esto son buenas noticias para un país que, hasta la semana pasada, parecía haber perdido todo tipo de pesos y contrapesos institucionales. Si algunas de esas instituciones están volviendo a ejercer su poder para mantener al ejecutivo a raya, significa que la democracia argentina aún tiene pulso.
También es bueno para el vecindario, en donde las jóvenes democracias aún están siendo sometidas a prueba. Algunas como Chile, Brasil y Colombia han fortalecido sus instituciones. Sin embargo, Venezuela, Ecuador y Bolivia han dado pasos atrás, y bajo el mandato del ex presidente Néstor Kirchner y ahora el de su esposa, Argentina había estado moviéndose lentamente hacia esa dirección. Si los acontecimientos de la semana pasada pueden sacar a la democracia de su espiral letal, será una victoria para las fuerzas del bien en todo el continente.
Bajo el gobierno tanto de Kirchner como de su esposo, el gasto del gobierno ha subido a una tasa alarmante. Pero en vez de recortar el tamaño del estado, la nueva presidenta decidió que los cultivadores de soya debían correr con la cuenta.
Kirchner había asumido que la Resolución 125, que proponía elevar los impuestos a la exportación de soya podría haber sido implementada simplemente por decreto presidencial en marzo, pero en un ambiente político envenenado por la inflación y una economía en desaceleración, la presidenta había ido demasiado lejos.
En su propuesta, el impuesto podría haber grabado hasta el 95% de cualquier aumento marginal en los ingresos brutos de los cultivadores. Eso produjo un rechazo del sector rural y no pasó mucho tiempo antes que los opositores del gobierno en las ciudades se unieran a sus primos del campo en sus protestas. Para junio, había quedado claro que la presidenta carecía tanto del poder constitucional, como del apoyo popular para tomar tal decisión de forma unilateral.
En ese punto, la presidenta decidió enviar el proyecto a la legislatura. Esperaba que el Partido Peronista, que controla el Congreso, simplemente le pusiera el sello de aprobado. No obstante, la indignación pública había comenzado a simbolizar más que una diferencia de las tasas impositivas. Desató un enfrentamiento nacional entre los que pedían un pluralismo democrático y los simpatizantes de Kirchner.
Después de 17 horas de debate, a las 4:25 de la mañana del jueves 18, los opositores consiguieron rechazar el proyecto de ley, con el vicepresidente de Kirchner, Julio Cobos, quedando con la responsabilidad de tomar el voto decisivo.
El Senado respondía a la presión de cientos de miles de argentinos, quienes se habían tomado las calles a razón de este tema. Eso no había sido suficiente para derrotar el proyecto de ley en la cámara baja. Sin embargo, el Senado cuenta con un grupo de políticos más ambicioso, quienes también están pensando en su propio futuro político.
Esto es significativo, debido a que muestra que en el propio partido de la presidenta hay serios reparos sobre si debería permitirse que el kirchnerismo continúe con su mano dura y que muchos de aquellos que comparten esta visión están ascendiendo. Kirchner tal vez tenga que aprender el arte del compromiso.
Aún no está claro si ella aceptará tal disminución de poder. Por ahora, ha retirado su plan de impuestos a las exportaciones, pero no ha indicado ningún interés en reducir sus ambiciones.
El verdadero problema para esta presidenta puede ser que ella no sea la que esté verdaderamente al mando. Toda la evidencia sugiere que su esposo nunca renunció al poder. Dado su estilo e historial, es poco probable que esté dispuesto a hacerlo ahora, incluso en vistas de su derrota.
Considere la composición del gabinete de Kirchner, el cual ha conservado a muchos de los principales funcionarios de su esposo, incluyendo a Guillermo Moreno, el ministro de Comercio. Por muchos años, Moreno ha estado a cargo de coordinar acuerdos “voluntarios” de control de precios con los negocios argentinos y por mucho tiempo se ha rumorado que coloca una pistola sobre la mesa en esas “negociaciones”. Esto podría bien tratarse de una leyenda urbana, pero dice mucho sobre la reputación del gobierno con la comunidad de negocios. El hecho que Kirchner lo haya mantenido en el cargo muestra una falta de disposición a hacer frente al problema.
La retórica rencorosa de Néstor Kirchner en contra de los empresarios, productores, militares y sus adversarios políticos también ha continuado bajo el gobierno de su esposa. O la nueva presidenta no tiene interés en un nuevo inicio que podría comenzar a curar las heridas del país, o no puede hacerlo debido a que su esposo sigue al mando.
De cualquier forma, Cristina Kirchner hace caso omiso al voto de la semana pasada por su propia cuenta y riesgo. Seguir el curso de su esposo sólo se traducirá en polarización y, como debería haber aprendido la semana pasada, ese camino es un callejón sin salida.
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