La vida en bicicleta
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Todas las tardes salgo a montar bicicleta cuando el sol no quema.
Sólo recorro los calles más apacibles de la isla, aquellas por las que rara vez pasa un auto o alguien caminando.
Evito dos calles en las que hay perros que me han perseguido ladrándome, perros a los que quisiera matar y no he matado todavía porque no he encontrado la manera de hacerlo sin que me detenga la policía.
Nunca he montado bicicleta más rápido que con un perro persiguiéndome. Nunca me he sentido más orgulloso de mí que cuando lo dejé rezagado. Una cierta euforia me indujo a seguir pedaleando con el mismo vigor. Poco más allá resbalé y caí en la pista mojada por la lluvia. Por suerte el perro no vino a morderme.
Nunca imaginé que sería feliz tomando tantas pastillas. Mi padre hubiera sido un hombre menos violento si hubiese tomado esas pastillas. A las tres de la mañana tomo una que me hace dormir boca arriba, a las ocho de la mañana tomo otra que me hace dormir boca abajo, a las dos de la tarde tomo antidepresivos y antes de montar bicicleta tomo una pastilla que me ayuda a ver las cosas con una calma insólita, milagrosa.
La contemplación de la vida, o de las casas y los árboles y los gatos y los canales que son los paisajes habituales de mi vida, es perfecta a la velocidad morosa de la bicicleta, no a la velocidad de la camioneta ni a la de mi cuerpo exhausto caminando con unos zapatos que compré por correo y me quedan grandes. Es decir que la bicicleta parece ser el observatorio más lúcido y exacto de la vida en movimiento y las cosas que me rodean, cosas que no alcanzo a advertir cuando manejo y que ciertamente tampoco advertiría si caminase, porque en esta isla hace tanto calor que no se puede caminar y cuando lo he intentado todo me ha parecido feo y triste.
Uno no debería vivir en una ciudad en la que no pueda montar bicicleta, me digo. No sé si montar bicicleta es un buen ejercicio, pero me parece que hacerlo me permite un conocimiento más cabal de mis dimensiones humanas y, a la vez, un cierto deslumbramiento ante las bellezas de mi barrio: los gatos que me miran con una inteligencia superior a la que poseo, las mucamas que se protegen del sol con paraguas y me saludan con alegría tropical, las jóvenes que se ponen pantalones apretados y me miran con coquetería y me recuerdan que las leyes me prohíben tocar esos cuerpos tan deseables, las ardillas esquivas, los pájaros que se obstinan en cantar, las casas espléndidas en las que nunca viviré y a las que nunca me invitarán porque un escritor impúdico y desleal no es bienvenido en las fiestas de aquellos que preservan una cierta reputación, los obreros de construcción y los jardineros ilegales que me quieren y saludan porque saben que, como yo, no tienen reputación y eso curiosamente nos hermana, nos hace iguales.
Otra de las ventajas de observar la vida desde una bicicleta es que a uno se le ocurren cosas que no pensaría manejando un auto, caminando o corriendo. Es decir que probablemente la velocidad de la bicicleta corre pareja con la de mis pensamientos o tiene el ritmo propicio para estimularlos.
Montando bicicleta he recordado que una vez le escribí a mi padre desde Madrid una carta en inglés y he pensado que tal vez fue una manera de decirle que si no podíamos ser amigos en español, tal vez podíamos intentarlo en inglés, pero no respondió.
Montando bicicleta he comprendido que estoy moralmente obligado a vivir y morir en un lugar lejano del que vivieron mis padres y abuelos.
Montando bicicleta he pensado que debo llevar siempre unas pastillas lo bastante letales para acabar con mi vida.
Montando bicicleta he visto con claridad el rostro de la persona que ordenó que dejasen una serpiente muerta en el buzón de mi casa.
Montando bicicleta he pensado que en mi familia hay una tradición por defender causas equivocadas (mi tío, al dictador cubano; mi abuelo, al dictador chileno; mi madre, al Opus Dei; mi padre, a los golpes militares) y me he preguntado si no me ocurrirá que después de pasarme media vida diciendo que soy homosexual terminaré descubriendo, ya tarde para desmentirlo, que lo que necesito es que un hombre me ame como no me amó mi padre, pero que tener sexo con un hombre no me interesa mayormente.
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