Mito y política
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“Muchos mitos siguen refiriéndose a nuestros miedos y deseos más esenciales“.
Karen Amstrong
Cuando se habla de mito, necesariamente hay que remitirse a su origen etimológico; en efecto, la palabra mito proviene del griego mythos que literalmente significa “narración”. Afirman los especialistas en mitología que a lo largo de la civilización occidental se ha desarrollado un proceso mitizante, que ha sobrevivido al racionalismo y al materialismo, manifestándose en nuevas y variadas formas y expresiones.
De esta manera, en el mundo contemporáneo se siguen elaborando y construyendo mitos porque la representación simbólica de la realidad es una constante del pensamiento.
Por otra parte, corroborando los resultados de los análisis que en tal sentido realizan los estudiosos de la mitología, la indagación sobre los mitos contemporáneos determina que por su misma naturaleza no sean objetivos, dado que se encuentran implícitos en las creencias y los valores de quienes los comparten, lo cual se hace particularmente notorio en el campo de la política ya que las ideologías políticas no suelen ser objeto de una discusión racional por sus seguidores, sino que se aceptan como una verdad indiscutible y fundamentan el sentido de pertenencia a un grupo concreto por lo que al cuestionarlas se tambalea la existencia misma del grupo. El materialismo histórico marxista, por ejemplo, con sus conceptos incuestionables e indemostrables: lucha de clases, estructuras, modos de producción, formas de propiedad, tipo de sociedad, etc., tiene mucho en común con los relatos mitológicos.
Desde la antigüedad los mitos han sido objeto de atención y estudio y en este sentido, de manera general, es posible afirmar que el fenómeno mítico ha sido abordado desde las vertientes de la sociología, el arte, la historia, la lingüística, la filosofía y la psicología. En torno a este último campo cabe destacar que la escuela psicoanalítica inaugurada por Sigmund Freud, seguida por Carl Jung y C. Kérenyi aportó en el siglo XX estudios que revelan las implicaciones psicológicas profundas y transhistóricas, individuales y colectivas de los mitos.
Para Freud, los mitos manifiestan pulsiones y conflictos reprimidos en el subconsciente, como sucede con el “complejo de Edipo”; se acuerdo a Jung y Kérenyi, los mitos se constituyen en símbolos básicos que expresan arquetipos de un subconsciente colectivo universal. Asimismo, cabe agregar que las relaciones entre mito y sociedad son sumamente complejas, con reciprocidad de influencias. De esta forma, así como un determinado esquema de relaciones sociales o políticas puede ser expresado o justificado por medio de un mito, éste luego influye de manera poderosa en determinadas prácticas de orden social. Por otra parte, las conceptualizaciones aparentemente no míticas sobre determinadas realidades, en determinados casos no son sino reelaboraciones filosóficas, historiográficas, científicas o políticas de principios o “realidades” expresadas originariamente en forma de mitos.
Dentro de ese orden de ideas, se menciona el libro Fantasías eternas a la luz del psicoanálisis, de Marie Langer, quien es psicoanalista didáctica de la escuela argentina. Esta autora desarrolla en la obra un estudio científico sobre los móviles profundos que promueven siempre, en las diversas áreas de la vida humana, social e individual, idénticas o parecidas ilusiones que se encuentran en la base de la existencia misma.
En su libro, la doctora Langer analiza el halo mítico que ha rodeado la figura o icono de Eva Perón, con lo cual ofrece un interesante enfoque desde la perspectiva de su especialidad sobre dicho personaje que se convirtió en un indiscutible fenómeno político que arrastró, manipuló y subyugó a una masa, hábilmente tratada como pueblo. Comenta la investigadora que durante el gobierno de Juan Domingo Perón circularon en territorio argentino una serie de relatos espeluznantes que mantenían en vilo el alma de la sociedad. Esas narraciones constituyeron auténticos mitos urbanos que se relacionaron con el momento político que se vivía: “Era la situación política, por la cual pasaba el país, o hablando concretamente con respecto al mito, era la dictadura de Eva Perón, madre todo poderosa y despótica que dominaba a todos.
Eva Perón era la sirvienta, la mujer aparentemente buena y humilde, de baja condición social, pero simultáneamente perversa, peligrosa y temida. Y había surgido el mito, justamente porque la crítica a ella era demasiado peligrosa”. En este sentido, la autora afirma que dichas narraciones obedecían al hecho de que como “la represión era tan grande, la gente recurría a la fantasía para expresar su crítica, su advertencia y sus temores”.
Sobre la influencia de Eva Perón en la sociedad argentina, la doctora Langer comenta: “Como todos recordarán, había siempre dos imágenes de ella. La Evita adorada de las masas peronistas, y la mujer con el látigo, de la oposición. Eran dos campos netamente definidos y delimitados y cada uno tenía una imagen de ella en su bandera. Pero se trataba de imágenes conscientes. La inconsciente y de dos caras surge en esos mitos-narraciones que no pertenecen a ningún campo -los compartían y comentaban la ‘gente bien’ y sus mucamas, los pasajeros de taxi y los choferes- si no a todos los argentinos en común. Pudo surgir en todos justamente porque sus amigos no tenían conciencia de que se referían a ella cuando se contaban los mitos. No puede extrañarnos que para sus enemigos la sirvienta perversa, la madre asesina y la amante mortal la representara a ella”.
Ahora bien, en el otro campo, en el de los seguidores del régimen peronista “la idealización extrema de Eva Perón fue la causa por la cual sus adictos, aunque inconscientemente, la equipararan con lo terrorífero, porque es a esto que lleva la idealización. Así se estableció un vínculo vicioso. Cuanto más terrorífica la sintieron, más se vieron obligados de nuevo a idealizarla, para poder mantener su imagen. Mientras tanto sus enemigos reaccionaron a su creciente idealización culpándola cada vez más de cosas más terribles. Eva, para unos era una santa, para otros el diablo; para unos el bien, para otros el mal. Así se establecieron de ella dos imágenes conscientes totalmente opuestas cada una y perteneciente a cada uno de los sectores en lucha”.
Eva Perón, a pesar de presumirse como adalid de los “descamisados”, llevaba una vida llena de lujos y privilegios, pero “los peronistas no le reprocharon su lujo, sino que lo gozaron, porque ella era uno de ellos, del pueblo. Realizaban así una de sus viejas fantasías. Los antiperonistas vieron en ella a una intrusa que venía a despojarlos. Se convirtió en un Robin Hood que robaba a los ricos para dar a los pobres. No sé cuánto pudo Eva Perón haber dado, distribuido y regalado a los pobres y descamisados. Empezó a transformarse en una mártir, la santa, la madre, adorada, inolvidable e intocable…”.
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