Yo soy marxista
La polilla azul
ABC Digital
SALAMANCA. Hace algunos años, una tarde me llamó por teléfono Manuel Bernardes desde su programa de radio. Quería que opinara sobre un tema polémico en torno a un programa de televisión. Y le respondí: “Manuel, en tema de televisión soy marxista”. Breve silencio al otro lado de la línea. La respuesta era un tanto descabellada. Por lo que continué: “Sí, soy marxista, pero de los hermanos Marx. Uno de ellos, Groucho, solía decir que la televisión era el medio que más había contribuido con su formación cultural porque cada vez que alguien encendía un televisor, él se iba a la habitación de al lado a leer un libro”.
El mismo año, pero con muy pocos días de diferencia, Groucho Marx murió la misma semana que Elvis Presley, ahora hace treinta años. Pero a diferencia del cantante, nadie recordó este aniversario de uno de los humoristas más inteligentes que nos dio el siglo pasado. Desde luego que no dejó sitios de culto, como Presley, y su tumba es muy modesta. Lo que no sé es si pusieron en su lápida el epitafio que él mismo había escrito: “Señora, disculpe que no me ponga de pie”.
Era el tercer hijo de seis de una familia judía alemana que emigró a Nueva York y se estableció en el Upper East Side de Manhattan, que era un barrio mayoritariamente judío. Groucho siempre insistió en que no eran pobres, “sólo que no tenían dinero”. Quiso ser médico, pero terminó montando con sus hermanos (el primero de ellos, Manfred, había muerto de pequeño) un espectáculo con el cual probar suerte y salir de ese estado de pobreza crónica en que vivían. Pronto, Groucho, Chico, Harpo, Zeppo y Gummo comenzaron a ganar fama hasta convertirse en las estrellas del teatro de variedades. Después vino el cine donde conocieron todo tipo de halagos. Su película “Sopa de ganso” figura entre las cien mejores comedias norteamericanas de todos los tiempos. Es, además, una de las raras películas en la que aparece Gummo ya que luego dejó el grupo pensando que aquel no era el mundo que quería para sí.
Las películas se hicieron tan famosas que hasta los más notables representantes del movimiento surrealista que aquel entonces (años 30 y 40) estaba en su apogeo, comenzaron a aventurar interpretaciones de sus películas y de su sentido del humor; un humor que no dejaba santo con cabeza, donde la irreverencia alcanzaba niveles inesperados, salpicada de frases rápidas que exigían la atención constante del espectador para no perder su sentido: “Jamás me olvido de una cara –le decía Groucho a una elegante señora de aspecto desagradable-. Pero con usted puedo hacer una excepción”. Fue también el autor de la sentencia: “Atrás de todo gran hombre, hay una gran mujer. Y en el medio, una esposa que no les deja vivir en paz”. Muchas de sus frases son utilizadas hoy por algunos humoristas que se cuidan de no atribuirle su autoría a los hermanos Marx, como cuando Groucho decía: “Qué confianza me puede inspirar un club que me tiene a mí como socio”. Paradójicamente, en Londres se formó el Club Groucho Marx que terminó siendo uno de los más elitistas de la ciudad.
Groucho no sólo realizó películas como actor, sino además tuvo tiempo de escribir guiones de cine, obras de teatro y hasta cultivó el género epistolar. Cuando anunciaron que realizarían “Una noche en Casablanca”, el departamento jurídico de la Warner Brothers quiso impedirle que utilizaran el nombre de Casablanca ya que cinco años antes ellos habían realizado la célebre película con Ingrid Bergman y Humphrey Bogart. Groucho decidió responder a los abogados de la empresa cinematográfica. La Warner deseaba conocer el argumento de la película. Los argumentos que le refirió Groucho eran tan disparatados y cambiaron tantas veces (en uno de ellos, su personaje se llamaba Burdel), que al final resolvieron guardar silencio y dejar que los hermanos Marx hicieran su anunciada película. No dejaron gran cosa de herencia, a no ser una obra monumental que, según Woddy Allen (otro marxista de la línea grouchista) dentro de doscientos años seguirá teniendo sentido.
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