Para Rusia con amor
Por Vicente Echerri
El Nuevo Herald
Luego de más de una década de amistosa cooperación en los más variados renglones –políticos, económicos, culturales, científicos– las relaciones entre Rusia y Occidente han sufrido un deterioro significativo en los últimos meses, al extremo de hacernos retroceder, en algunos aspectos, casi a los tiempos de la guerra fría.
La desaparición de la Unión Soviética –que no era más que el imperio colonial de los zares vestido de rojo– desinfló súbitamente la importancia política, económica y militar de Rusia y la redujo prácticamente a una nación del tercer mundo con misiles nucleares que, afortunadamente, habían dejado de ser amenazantes. Pese a la desmembración sufrida, seguía siendo el país más grande del mundo, aunque estaba subpoblado, y la secuela de la gestión antieconómica del socialismo durante más de setenta años era una larga lista de ineficiencias y calamidades. De pronto, desprovisto de sus disfraces comunistas, el temible oso ruso se convertía en una bestia aterida y famélica a las puertas de Europa, presa fácil de empresarios e inversionistas de todas partes que traían de regreso el capitalismo sin cortapisas.
En esta penosa –y acaso inevitable– transición, el orgullo ruso salió resentido. Una nación con la que había habido que contar en la escena internacional desde tiempos de Catalina la Grande y que había alcanzado una decisiva importancia en la época comunista, se convertía súbitamente en un pariente pobre que era tratado con condescendencia. Lo dejaban entrar a la fiesta de los ricos con ciertas condiciones; lo invitaban para el final de las cenas, para que compartiera la sobremesa y el café. Estados Unidos, que había emergido de la guerra fría como la primera potencia de la historia, se daba el lujo de comprarles a los rusos algunos de sus hierros viejos para destruirlos. Los americanos dictaban la política del mundo en países que siempre habían estado en la esfera de influencia de los rusos sin que éstos pudieran hacer mucho más para afirmar sus fueros que expresar una débil protesta.
Ahora, como reacción a lo que muchos juzgan como un repertorio de humillaciones, la Rusia de Vladimir Putin ha decidido hacer notar su importancia en el ámbito mundial y, en consecuencia, ha empezado a incordiar a Occidente: se ha retirado del tratado para la paridad de armamentos en Europa, ha reanudado los vuelos estratégicos y ha acrecentado el coqueteo con algunos adversarios reales y potenciales de Estados Unidos, como pueden ser Venezuela, Irán y China, con la cual acaba de realizar por primera vez ejercicios militares conjuntos. Ante el anuncio de que Estados Unidos se disponía a emplazar interceptores de misiles nucleares en Europa, Putin amenazó con volver a poner las ciudades europeas en la mira de sus cohetes atómicos.
No obstante el amistoso encuentro entre Putin y Bush hace unas semanas en Maine, el clima de fricciones y desconfianza mutuas no ha hecho más que acentuarse y casi seguramente se reflejará en nuevas tensiones y recriminaciones en un efecto de espiral que, de no contenerse, podría arruinar la política de cooperación y entendimiento de todos estos últimos años al tiempo que frenar o incluso hacer retroceder el proceso democrático ruso que ya ha sufrido notables menoscabos durante el gobierno de Putin. La vocación al autoritarismo –el régimen político que los rusos han conocido durante casi toda su historia– se nutre de cualquier hostilidad externa, presunta o real, para justificar un aumento de la desconfianza y una disminución de la libertad. Los prometedores frutos de la democracia rusa pueden malograrse por culpa de los que con más constancia y fe los promovieron: Estados Unidos y sus aliados.
Frente a la amenaza real del fundamentalismo islámico, Occidente, y Estados Unidos en particular, deberían disipar las inquietudes y aprensiones de los rusos, robusteciendo la cooperación con ellos y cimentando la confianza recíproca. Es lógico esperar que Rusia, luego de haber tenido un papel protagónico en la política del mundo a lo largo de los últimos dos siglos, se resienta de verse relegada a una potencia de segunda o tercera clase, y toca a Occidente, en mi opinión, hacerle ver con acciones concretas que sigue siendo un aliado y un socio de primer orden con el que cuentan para enfrentar al enemigo común que se dispone a asaltarnos desde los suburbios de la historia.
©Echerri 2007
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