Un paseo bajo el sol
Por Alvaro Casal
El País, Montevideo
Por estos días vuelve el tema del muro de Berlín. Se exhibe el filme “La vida de los otros”, que recuerda lo que era la existencia bajo la policía secreta de Alemania Oriental. Se acaba de evocar el 13 de agosto de 1961, cuando de la noche a la mañana las tropas comunistas erigieron el muro para evitar el flujo de emigrantes hacia el mundo libre. Además han surgido revelaciones sobre aquello, como la orden oficial de disparar contra quienes trataran de franquear el muro, aun si eran mujeres y niños.
Todo esto me ha llevado a recordar una experiencia personal.
A mediados de la década de los Ochenta, estuve visitando la República Federal de Alemania. Pregunté si se podía cruzar al Berlín Oriental. Un funcionario occidental me contestó que sí y que era hasta recomendable hacerlo.
Acompañado por un periodista brasileño, tomé un tren semi-vacío que nos llevaría al otro lado del muro. Mientras el tren avanzaba, vimos el muro, el campo minado que se extendía junto al mismo y los caminitos por entre esa zona explosiva, recorridos regularmente por “jeeps” repletos de guardias armados.
Cuando llegamos a destino, hubo que franquear una puerta. De a uno. Llegado mi turno, tras la puerta me encontré en un cubículo, frente a un oficial de la policía quien desde atrás de un vidrio me pidió el pasaporte. Palpé el pestillo de la puerta por la cual había entrado y también el de la puerta siguiente. Ambos estaban trancados. El hombre miraba alternadamente el pasaporte, a mí y hacia arriba, donde comprobé que había un espejo que mostraba mi nuca. Le pregunté si pasaba algo. No contestó. De repente me lo devolvió junto a una tarjeta que anunciaba que estaba autorizado a permanecer en la “República Democrática Alemana” durante aquel día. Luego de la caída del sol, si no me había ido, sería considerado un fugitivo.
El policía oprimió un botón. Sentí cómo se destrababa la puerta siguiente y allí encontré al brasileño que había pasado antes. En las mismas condiciones. Se nos ordenó cambiar una cantidad de marcos alemanes occidentales por marcos orientales a la cotización de uno a uno. Fuera del sector oriental aquel dinero no tenía valor.
Recorrimos largas avenidas casi sin tránsito, bordeadas por edificios grises de apartamentos, visitamos algún museo y consumimos un menú austero. Entramos en unos grandes supermercados con estanterías poco atractivas. Tratamos de hablar con el mozo y con algunas otras personas, pero todos se asustaron y nos evitaron.
El sol de la tarde de verano todavía brillaba cuando decidimos volver. El brasileño recordó los marcos. Le contesté que no había problema: en la estación del lado comunista había visto un quiosco con precios muy convenientes.
Entramos en la estación y en el quiosco elegimos varios objetos. Cuando quisimos pagar, el que atendía rechazó la moneda local. Allí había que pagar con marcos occidentales. Los otros quedarían como “souvenir”.
Pisar otra vez Berlín Occidental fue volver a la animación, al bullicio, a los jóvenes alegres que poblaban los cafés, a los espectáculos anunciados con luces de neón.
Esa noche, sentado ante una mesa de cervecería pensé en aquel mundo trágico y amurallado, tan cerca y tan lejos, así como tan firmemente establecido.
Poco después, me enteré de que el muro había caído como un castillo de naipes.
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