La espada, el dólar y el petróleo
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. Mientras Simón Bolívar viajaba por América con la espada en la mano, dispuesto a ayudar a aquellas colonias que querían independizarse de la metrópoli, el presidente socialista bolivariano de Venezuela, Hugo Chávez, se pasea por América llevando sus dólares obtenidos del petróleo, derrochándolos para mayor gloria del culto a su personalidad.
Y los pueblos de América, acostumbrados ya a tales limosnas, aceptan ser humillados porque, desgraciadamente, Hugo Chávez no es el único que cree que va a pasar a la posterioridad cono reencarnación del Libertador.
Ahora ha encontrado ya la fórmula para dar un paso más hacia la inmortalidad: transformar la Constitución Nacional de su país, que, por el momento, limita su mandato a dos periodos. La explicación que dio es que “es la soberanía popular la que debe decidir cuánto tiempo debe estar su representado (sic) representándolo”. Pero cuando se le planteó que este mismo criterio se puede aplicar a todos los otros cargos electivos como alcaldes, gobernadores, legisladores, se apresuró a decir: “No, no, no, y mil veces no. La reelección continua debe ser solo para el presidente”. ¿Podrá alguien explicarnos por qué el criterio corre para uno y para otros no?
Aunque quizá sea mejor no pedirle que explique nada porque en una de esas requiere cinco o seis horas de programa de televisión para emular al Gepetto, que desde el Caribe maneja a su Pinocchio, con la misma diferencia de cerebro que hay entre el titiritero y el títere que mueve.
Para ilustrarlo, reproduzco el fragmento de una carta que el presidente socialista bolivariano de Venezuela dirigió al terrorista Ilich Ramírez Sánchez, más conocido como “Car los”. En una de las partes más sustantivas de la carta le dice: “El Libertador Simón Bolívar, cuyas teorías y praxis informan la doctrina que fundamenta nuestra revolución, en esfíngica invocación a Dios dejó caer esta frase preludial de su desaparición física: ¿Cómo podré salir yo de este laberinto?”. Si no la entendió, puede volver a leerla. ¿Por dónde comenzamos a entrar en este laberinto: por la puerta de la cursilería o del disparate?
En realidad, con términos tan altisonantes como “esfíngica” y “preludial“, Hugo Chávez se anota en la línea más ortodoxa del llamado “realismo fantástico” que surgió en Latinoamérica. Su imaginación está para competir con las exageraciones de García Márquez, se acerca al espíritu de los personajes de Leopoldo Marechal y comparte las preocupaciones por la creación de un nuevo lenguaje de Julio Cortázar (recuérdese al filósofo que filosofaba todas las tardes en la proa del barco en “Los Premios”). De allí que me resulta imposible dejar de parafrasear a Winston Churchill diciendo que “nunca, en la historia de la literatura latinoamericana, nunca han debido tantos, tanto, a uno solo”.
Pero ahora, en una frase también “preludial” de su nueva Constitución nacional, que “será la mejor del mundo” (no esperábamos menos), dijo que la reforma contemplará ideas revolucionarias sobre la organización de los municipios federales, pero que no podía dar mayores detalles “porque esto lo he parido esta madrugada”. Luego agregó que habrá “figuras novísimas” por las que iba ser tachado “de loco por todos lados”. Con tales declaraciones muchos somos los que estamos ansiosos por ver el texto de la nueva Constitución Nacional de la República Socialista Bolivariana de Venezuela, que según el propio Chávez contempla una nueva organización administrativa del país que permitirá abrir las puertas “del socialismo del siglo XXI”.
Con todos estos antecedentes, no dudamos que lo que venga va a ser de un texto netamente marxista. De los hermanos Marx. La pena es que, existiendo problemas que exigen una solución inmediata, mientras hay necesidades urgentes que atender, mientras hay una población mayoritaria que vive en niveles de pobreza, o por debajo de ese nivel con dos dólares (diez mil guaraníes) por día, hay gente que se dedica a despilfarrar el dinero ajeno, el tiempo de los demás y crear falsas esperanzas en un pueblo miserable que vive desesperado.
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