Castrostroessner
Por Edwin Brítez
ABC Digital
Hugo Chávez quiere hacer una revolución democrática por el camino de la dictadura. Tiene previsto adjudicarse el monopolio del poder durante las próximas décadas y al mismo tiempo busca la forma de que el Estado monopolice casi toda la economía. De paso piensa convidar a la población con lo que denomina “poder popular”, que no es otra cosa que dar certificado de impunidad a quienes se manifiestan leales al líder único.
El proyecto está listo, próximo a ser estudiado por una asamblea convencional donde todos los asambleístas son partidarios de Chávez. Ciertamente la oposición ha dejado libre la cancha en una jugada táctica que hasta ahora no ha demostrado justificación suficiente. Pero eso de llevar una reforma constitucional para ser aprobada de manera unánime es la versión anticuada de la Convención Nacional Constituyente que Alfredo Stroessner ordenó en 1977 para ser reelecto cuantas veces sea necesario y de la cual solamente participaron los colorados.
De manera que se equivocan aquellos que sostienen que Chávez es el mejor alumno de Fidel Castro. Es en realidad el peor discípulo de Stroessner. Finalmente, Castro nombró en vida a un sucesor, algo que Stroessner se negó a hacer y que Chávez menos aún lo hará. Si se hará nombrar vitalicio es porque no entregará a nadie el poder.
No veo por qué en Paraguay publicamos las noticias que produce Hugo Chávez en ese sentido, tampoco lo relacionado con el maletín que contenía la coima para algún funcionario argentino. Todas esas noticias son viejas para nosotros y las conocemos de memoria todos los paraguayos.
Es cierto que Chávez fue elegido por amplia mayoría de votos y que la oposición quedó desarticulada con su triunfo, pero el comandante venezolano exagera sus cálculos cuando cree que su popularidad será eterna. Ni aumentando el período presidencial de seis a siete años, repitiendo varias veces la reelección, logrará que el pueblo lo elija indefinidamente.
Tampoco debe creer (aunque los no-demócratas lo creen) que por tener mayoría puede hacer lo que le venga en ganas, como armar un partido único entre todos sus aliados, clausurar prensa por estar en su contra, manejar una asamblea constituyente conformada solamente por sus adherentes o repartir impunemente maletines con petrodólares en las campañas electorales de cualquier país latinoamericano.
Le concedo a Chávez el beneficio de la buena intención en su afán de buscar mejores condiciones para la población postergada de Venezuela. Creo que todos los gobernantes tienen una cuota de esa misma intención así como casi todos se equivocan a la hora de sobredimensionar sus limitadas potencialidades.
Los liderazgos de fuerte arraigo popular, como el de Chávez, terminan utilizando al pueblo para sus proyectos mesiánicos y lo que en principio aparenta un avance ideológico y hasta una revolución, terminan después de pegarse una ronda, en un retroceso y pérdida de tiempo de los que la primera víctima siempre es el pueblo humilde.
Ya me imagino lo que será el “poder popular” en el régimen chavista. Será tal vez lo más parecido a una borrachera democrática, al estilo de nuestras comisiones garrotes del interior, que en nombre de la custodia de sus bienes terminaron torturando a quienes tuvieron la desgracia de no ser autorizados a portar y usar armas, y ni siquiera a turnarse en las guardias de trasnoche.
O tal vez será algo parecido al “poder popular” que el partido único otorga a sus caciques barriales y distritales para controlar a la población por medio de premios discriminatorios, impunidad, y suplencia de la autoridad civil, policial, judicial y militar, actuando alegremente a conciencia ligera en medio de un ambiente de amplia flexibilidad legal.
En fin, Chávez quiere ser un poco de Castro y un poco de Stroessner. Tal vez algo así como un Castrostroessner.
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