Prescindiendo de las leyes anti-reventa de boletos
Por Jeff Jacoby
Diario de América
No soy un fanático de los deportes; nunca lo he sido. Tal vez ese sea el motivo de que toda la atmósfera que rodea a la reventa de entradas, conocida en inglés como scalping, plantee más preguntas en mi cabeza de las que responde.
Por ejemplo: ¿por qué alguien que va a vender entradas a un aficionado de los Red Sox en los exteriores de Fenway Park a un precio bastante elevado se llama “reventa”, mientras que alguien que grava al mismo aficionado 4 dólares por una botella de agua dentro del estadio se llama “vendedor”?
Otra pregunta, obviamente no relacionada con la propia transacción: ¿cómo pueden personas que se estremecen con repulsa cuando los aficionados de los Atlanta Braves no hacen el “tomahawk chop”, o que encuentran políticamente ofensivo al Jefe Wahoo, el simpático emblema de los Cleveland Indians, aludir con tanto desprecio a la reventa de entradas como “extorsión”?
Pero lo que de verdad no entiendo del alboroto de la reventa es porqué cree alguien que el gobierno debería estar involucrado a la hora de decidir cuánto puede pagar a un vendedor dispuesto un comprador motivado por entradas para un evento de ocio legal. Todos damos por sentado que si usted está dispuesto a pagar por el privilegio, usted podrá quedarse en el mejor hotel, vivir en el mejor vecindario, comer en el mejor restaurante o contratar al mejor abogado. Así que, ¿qué explica el nerviosismo cuando algunos aficionados pagan una fortuna para ver batear a Daisuke Matsuzaka o para ver chutar a David Beckham con el L.A. Galaxy? ¿O — esto no tiene que ver con deportes exclusivamente — ver cantar “Irreplaceable” a Beyonce, o entrar a “Wicked” en Broadway sin quedar entradas?
En realidad, por todo el país, gran parte del enfado ha estado flaqueando últimamente. El 1 de agosto, Minnesota abandonó una ley anti-reventa que databa de 1913, permitiendo que los revendedores de entradas que violaban la ley salieran por fin de las sombras. “Este país se construyó sobre el libre comercio y ahora tengo que preocuparme más por la competencia”, decía el comerciante de reventa Michael Stratton al Minneapolis Star Tribune. “Pero no tengo que preocuparme de que mis hijas me vean esposado”.
En Nueva York, los mayores de edad también pueden ahora negociar públicamente en oferta y demanda. Una ley firmada por el gobernador Eliot Spitzer en junio desregulariza la reventa de entradas para teatros, conciertos y eventos deportivos. “Las leyes de reventa de entradas históricamente no han funcionado”, decía Spitzer. “Creo que permitir al libre mercado hacer su magia es el enfoque inteligente”.
Piensan lo mismo en Florida, que derogó sus leyes de reventa el año pasado, y en Illinois, que apoyó el libre mercado en el 2005, y en Connecticut, donde la reventa de entradas por un beneficio será legal este octubre.
Mencionados todos, los 42 estados han decidido que el cielo no caerá si la gente que posee entradas para competiciones y shows es libre de venderlas a cambio de lo que quiera que estime el mercado — igual de libres que las personas que posean terrenos, acciones de la bolsa, Beanie Babies, o cualquier otra cosa. La semana pasada, abandonando su prejuicio irracional hacia la reventa, la Liga de Béisbol anunciaba un acuerdo a 5 años con StubHub, un importante revendedor online de entradas para eventos de entretenimiento. Los equipos recomendarán StubHub a los aficionados que quieran vender sus entradas o comprar algunas a otros aficionados; a cambio, la Liga de Béisbol se embolsa un porcentaje de los ingresos de StubHub.
Aquí en la República Popular de Massachusetts, sin embargo, un libre mercado de entradas es aún una fantasía solamente. Durante meses, los legisladores del estado han estado metiendo ruido con motivo de desechar las arcaicas leyes anti reventa del estado, bajo las cuales las entradas no se podrían vender más de 2 dólares más caras con respecto al valor de mercado. Pero mientras Beacon Hill se estremece, el alcalde de Boston y el departamento de policía han lanzado una guerra santa contra los revendedores de entradas, 21 de los cuales han sido detenidos cerca de Fenway Park a fecha de este año. La mayor parte de los detenidos no han sido acusados de uno, ni de dos, sino de tres crímenes — reventa de entradas, ocupar una calle para la reventa de entradas, y comercio y venta a domicilio no registrados — por los cuales la multa combinada puede ser de hasta 800 dólares y un año de cárcel.
Con 45 asesinatos en Boston hasta la fecha este año — cinco solamente la semana pasada — me sorprende como una auténtica locura estar animando a funcionarios de policía a atacar a inofensivos vendedores de entradas.
Pero incluso si Boston fuera tan seguro como el Vecindario de Mister Rogers, tratar como criminales a los revendedores no sirve a ningún beneficio público. Los controles de los precios — ya sean de la gasolina, la atención médica o las entradas del béisbol — nunca son una idea inteligente. Distorsionan invariablemente el mercado, frustran al consumidor, fomentan el mercado negro y conducen a carestías. Dejar que compradores y vendedores lleguen a un acuerdo en un mercado libre es la mejor manera de mantener disponible el abastecimiento de cualquier bien de consumo a un precio justo.
¿Quiere ver a los Red Sox en el Yankee Stadium dentro de unos días? A fecha de ayer, StubHub tenía entradas por tan sólo 26 dólares cada una. Puedo no ser un aficionado a los deportes, pero eso no me suena a “extorsión”.
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