Pactos social y de la moncloa y… realidad
Por Juan Carlos de Pablo
Revista Fortuna
De repente la candidata presidencial Cristina Fernández de Kirchner propuso el Pacto Social, como herramienta para solucionar los problemas económicos y sociales de la Argentina a partir del próximo 10 de diciembre, como tantas otras iniciativas olvidables que se lanzan en una campaña electoral; de repente las instituciones gremiales empresarias y obreras que aplaudieron la iniciativa tampoco creen que sirva para algo, pero se encolumnaron detrás de algo “políticamente correcto”; y de repente hay compatriotas que para dárselas de profundos asimilan el Pacto Social que se aplicó en Argentina en 1973, al Pacto de la Moncloa que se firmó en España en 1977.
Quizás, como diría mi abuela Marta, estamos delante de otro gigantesco “hablar por no callar”. Pero por las dudas que no sea así, es decir, que alguno de los aludidos crea que realmente está hablando en serio, en las líneas que siguen clarifico las importantísimas diferencias, formales y de contenido, que tienen ambos pactos, y la nula relación que hay entre ellos y los problemas políticos y económicos que enfrentará nuestro país, si la presidencia pasa de Kirchner él, a Kirchner ella.
El Pacto de la Moncloa fue firmado el 25 de octubre de 1977 en el Palacio de la Moncloa (de ahí el nombre), por representantes del gobierno y de los diversos partidos políticos con representación parlamentaria, es decir, nada de sindicatos ni de dirigencia empresarial; sólo “pusieron los deditos” quienes tenían responsabilidad política. Más precisamente, todos los partidos que tenían representación parlamentaria.
El Pacto de la Moncloa comienza textualmente así: “La economía española atraviesa en estos momentos por una grave situación, caracterizada por 3 desequilibrios fundamentales: 1) una persistente y aguda tasa de inflación; 2) un desarrollo insatisfecho de la producción, con una caída importante de las inversiones, lo que ha generado unas cifras de paro elevadas, con repartos geográficos, por edades, por sexos y por ramas de actividad muy desiguales, y ha agudizado los problemas que las mismas plantean; y 3) un fuerte desequilibrio en los intercambios con el extranjero”.
Luego de lo cual el documento habla de políticas específicas, ¡en el siguiente orden!: saneamiento económico, reforma fiscal, perfeccionamiento del control del gasto público, política educativa, política de urbanismo, suelo y vivienda, reforma de la seguridad social, política agrícola, pesquera y de comercialización, política energética y estatuto de la empresa pública, y criterios para la adaptación a las instituciones autónomas. En materia de saneamiento económico, en función de la política que quienes firmaron el Pacto de la Moncloa colocaron al tope de todas las demás, se comprometieron a la limitación y ejemplaridad de los gastos consuntivos del Estado y de la seguridad social (durante 1978 tales gastos no podrán crecer más de 21,4%, igual a la variación del PBI nominal).
Por su parte el Pacto Social se terminó de negociar el 30 de mayo de 1973 entre la Confederación General Económica, la Confederación General del Trabajo y el Poder Ejecutivo. La correspondiente Acta de Compromiso Nacional para la Reconstrucción, Liberación Nacional y la Justicia Social fue presentada en el Congreso Nacional el 8 de junio de dicho año. En otros términos, fue planteada entre corporaciones teniendo un rol totalmente pasivo la representación política existente en el Parlamento.
Mientras el Pacto de la Moncloa comenzó hablando de restricción en el aumento del gasto público, el Pacto Social planteó un enfoque “costista” de la inflación (si no modifico tarifas públicas, tipo de cambio y salarios; ¿qué tal si no modificás los precios?), con redistribución de ingresos a favor de los asalariados vía aumento salarial y congelamiento de precios, sin prestarle la mínima atención a las cuestiones fiscal y monetaria.
Con vigencia originalmente prevista de 2 años, el Acta terminó siendo modificada en marzo de 1974 (9 meses después del inicio), en julio de 1974 (4 meses después de la primera modificación), noviembre de 1974 (4 meses más tarde) y febrero de 1975 (3 meses después).
Mientras el Pacto de la Moncloa terminó siendo parte de la exitosa transición española, que todavía perdura, el Pacto Social terminó en… el Rodrigazo (el “Sindicalisazo”, como le gustaba decir al ministro que a mediados de 1975 le tocó “destapar la olla a presión” generada por… el Pacto Social).
El Pacto de la Moncloa es un pacto político, que acuerda entre todos los actores políticos fuertes restricciones fiscales y monetarias a la política económica, mientras que el Pacto Social es un pacto corporativo, que introduce un enfoque redistributivo y costista en materia antiinflacionaria, sin consideraciones fiscales y monetarias. Nada que ver uno con otro.
¿Qué tiene que ver esto con la Argentina de fines de 2007? En el plano político; ¿alguien cree hoy que si triunfa el Frente para la Victoria, se convocará a todos los partidos políticos, en serio, a acordar políticas? Nadie. Si ocurre, será una sorpresa agradable.
En el plano económico; ¿alguien cree hoy que si triunfa el Frente para la Victoria, comenzará su período desandando los caminos recorridos en los últimos años en materia energética, control directo de precios, dibujo de índices de precios por parte del INDEC, seguridad personal, reinserción internacional del país, pero en serio? Nadie. Otra vez, si ocurre será una sorpresa agradable.
Que los políticos sigan hablando de los pactos Social y de la Moncloa como si fueran sinónimos, que los dirigentes corporativos sigan aplaudiendo mensajes políticamente correctos, pero por favor no nos sumemos a lo que en el mejor de los casos debería ser una olvidable propuesta de campaña. La agenda de trabajo del próximo Presidente estará totalmente signada por el hecho de que este Gobierno basó su política económica en consumir stocks, y los stocks se están terminando.
Pensar que con aproximadamente más de lo mismo, durante los 4 próximos años se podrán reproducir los resultados del período 2003-2007, es no pensar.
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