La CIA y las vestimentas del comandante
Por Frank Calzón
Diario Las Americas
Hace unos días cuando me dirigía al aeropuerto de Miami para tomar el avión para Washington, sonó mi teléfono celular con una llamada misteriosa de una persona que acababa de llegar de Cuba “con un recado muy importante para mi”.
El recado me lo traía un sobrino de Caridad R., (es mejor que no divulgue su nombre completo por razones que el lector comprenderá). A Cachita y al sobrino los había conocído en enero en el Restaurante Versalles de Miami. Oriunda de Guanabacoa, estaba de visita en la Florida. Tuvimos una conversación muy agradable y cuando le expliqué quien yo era y lo que dice el régimen de mi, me dijo que no me preocupara, que cuando nuestros compatriotas quieren describir a alguien que no dice la verdad dicen: “Fulano es más mentiroso que Granma.”
Aquella noche, el tópico como siempre en el Versalles era la muerte de Fidel Castro. Pero Cachita, que acababa de llegar de la isla me aseguró que en La Habana ya no especulaban sobre cuando “El” va a mudarse para Zapata y 12, y ahora quieren saber a qué se debe el uniforme deportivo de color rojo del convaleciente.
Quedé en verla para una conversación más al día siguiente en la botánica de su media hermana en Hialeah, y allí Cachita me confió que en las largas colas de la Heladería Copelia en el Vedado, dicen que el uniforme de Adidas se debe a una medida profiláctica. El Comandante, al caer enfermo, reveló que su dolencia se debía a unos rayos trasmitidos por satélite por la CIA, y para evitar males peores, teniendo en cuenta la perfidia inaudita del imperialismo yanqui ordenó quemar sus 677 uniformes, más de doscientos pares de botas militares y un sin número de calzoncillos, camisetas y pares de medias, por si habían sido infectadas con algún polvo de los que usan los rusos para asesinar a sus críticos en el extranjero.
Pero, según me dijo Cachita, hay otra explicación: unos profesores del Instituto de la Víbora habían dicho que lo anterior era un rumor echado a correr por los mercenarios pagados por la CIA; que Fidel no había dicho ni ordenado nada; que la quema de uniformes se debió a que el Comandante ha perdido mucho peso y los uniformes le quedan grandes; y que cuando su hermano Raúl se enteró de que un general del estado mayor, solapada y alevosamente se había probado uno de los uniformes de su hermano, y había dicho que le quedaba muy bien, el presidente en funciones decidió cortar por lo sano.
La cosa, ha llegado a tal extremo, me dijo escandalizada, que ya los cubanos no apuntan muerto en la charada sino diablo, por lo de rojo, y otras tonterías.
Hasta aquí lo que me dijo Caridad aquel día.
Ya me había olvidado de Cachita y de nuestra conversación cuando me llamó su sobrino. Dada la urgencia del asunto, decidí retrasar mi vuelo, me detuve en la Avenida LeJeune, y proseguí hasta Westchester donde vive, a la casa del sobrino, para recoger un sobre que me había mandado su tía.
Al llegar a Westchester cual no sería mi sorpresa, cuando encontré en el sobre un periódico Granma con un artículo en que se me acusa de terrorista, de gusano, de vivir como un rey a costa de los contribuyentes norteamericanos, de agente de la CIA, de conspirar para “llevar el luto a hogares cubanos”, y otras cosas por el estilo.
Pero más importante para mi, la copia de Granma demuestra la capacidad innata del cubano para suplir la escasez de todo. En los márgenes en blanco del periódico, Caridad me había escrito a lápiz en letras apretadas lo siguiente: “Distinguido ecobio, espero que al recibo de esta se encuentre bien en unión de su familia. Tengo información adicional sobre el asunto, pero no me atrevo a llamarlo porque todos los teléfonos están tomados. La verdad es que (y aquí me escribió en clave) ‘quien tu sabes’ sigue enfermo, y después de consultar a especialistas nacionales y extranjeros temían un desenlace fatal por lo que le trajeron un sacerdote abacuá, quien después de hacerle un amarre de las cuatro esquinas le recetó que sacrificaran 6 gallinas negras, que le trajo Chávez de Venezuela, siete chivos machos y sopa de jicotea. La jicotea se la mandó el señor que vende pasajes del Mal Azul en Miami.”
En la parte de abajo de Granma, Caridad continuaba: “el abacuá le recomendó mucho reposo, que no lo contrariaran por nada, mucha agua mineral y una ofrenda semanal para los santos, que el santero recoge religiosamente todas las semanas. La ofrenda para los santos incluye, pero no está limitada a lo siguiente: una lata de aceite de freír, 10 libras de jamón, 5 libras de arroz, 5 de frijoles, y una langosta; y lo más importante, es que ‘quien tu sabes’ no puede aparecer ante multitudes, no puede orinar mientras sea de día, y tiene que vestirse por un año y un día con la misma ropa de color rojo, pero, sin una gota de almidón.”
Yo me quedé pasmado con la revelación y no sé qué creer. Le he preguntado a profesores cubano americanos de los que llevan a sus estudiantes a visitar la isla, a ex diplomáticos norteamericanos como Gueyn Smith, quien me informó que había habido un error muy lamentable porque Esteban Valcárcel, “el sastre personal del Comandante de la calle Ayestarán está bajo investigación de la Seguridad del Estado por trabajar para la CIA, acusado de hacer los uniformes de Fidel extra grandes, para hacerlo lucir mal.”
Insistí con varios autores de libros sobre Cuba y con los compañeros Joe y Segismundo Gandía, ahora en labores de promoción electoral, quienes me dijeron muy confidencialmente que un “exiliado progresista” que entra y sale de la isla con pasaporte español, había informado a Washington que la vestimenta roja del comandante se debe a un contrato de publicidad muy ventajoso para Fidel, quien recibe miles de dólares de Adidas cada vez que se publica su foto vistiendo el atuendo de marras.
Aún así no sé que creer y sigo confundido, aunque por supuesto que una vez que caiga el régimen y se abran los archivos de la Seguridad del Estado conoceremos toda la verdad. Pero, entretanto, ¿qué cree usted?
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