El gobierno de la elite
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
Lo que mejor identifica a los estatistas no es su pasión por el Estado como su desprecio por la libertad individual. Las supuestas dudas que tienen sobre la economía de mercado solo muestran su desconfianza en la elección que puedan realizar libremente las personas comunes. Los estatistas están convencidos de que una economía requiere que la producción sea planificada y dirigida por un grupo de expertos o especialistas, una elite. El sentido común parece darles la razón, pero la realidad es todo lo contrario.
El estatismo con su planificación centralizada y sus planes quinquenales a cargo de especialistas fracasó ostensiblemente en el mundo comunista y sigue fracasando en los regímenes estatistas existentes. En cambio, la economía de mercado o capitalismo, funcionando sin planificación y dentro del supuesto “caos y anarquía” de la libertad, viene progresando asombrosamente desde hace 250 años. Solo el avance de los últimos cien años fue mayor que todo el progreso de los mil años anteriores. ¿Cómo se explica esta paradoja?
Parece obvio que si se deja a los especialistas planificar la producción a largo plazo utilizando las técnicas y equipos más modernos, el resultado necesariamente será más eficiente que si cada persona y empresario actúa de acuerdo a su deseo, destinando un gran esfuerzo a la competencia como ocurre en el capitalismo. Se podría pensar que la falta de planificación podría hundir a la economía en el desorden y el derroche de recursos.
Lo que ocurre en el capitalismo, sin embargo, es muy diferente a esta caricatura que pintan los estatistas. No hay anarquía, como dicen, sino un perfecto orden que se establece espontáneamente siempre que en la economía exista suficiente libertad para que la gente pueda cooperar voluntaria y pacíficamente sobre la base del respeto a la propiedad de cada uno y el cumplimiento de los contratos, sin coerción estatal.
El orden natural del capitalismo es tan eficaz, que se llegó a pensar era resultado de la voluntad divina. El ser humano, por su naturaleza, busca su beneficio personal. Esta característica utiliza el capitalismo para impulsar el bienestar social. Las personas –caritativas o despiadadas– para obtener beneficios –materiales o espirituales– se ven obligadas a servir a sus semejantes ofreciéndoles bienes y servicios que estos valoran. Los que mejor sirven a sus semejantes son los más beneficiados. Este orden establece una “armonía de intereses” entre trabajadores y capitalistas, productores y consumidores, compradores y vendedores. Lo que beneficia a unos, beneficia a otros.
La ausencia de planificación central en el capitalismo no significa que no exista planificación y que la producción se realice al azar o de acuerdo al capricho de cada uno. Es todo lo contrario, en el capitalismo la planificación es máxima, dado que cada persona planifica por sí misma su actividad productiva y lo hace con el mayor empeño. Pero aun si se equivoca el perjuicio social es mínimo porque solo afecta a unos pocos, a diferencia de los planificadores estatales cuyas decisiones afectan a toda la sociedad. Es más difícil que las personas comunes se equivoquen, dado que conocen mejor que nadie sus condiciones particulares de producción.
El capitalismo es un proceso de descubrimiento y creación que requiere de la competencia y la innovación permanente para mejorar la productividad, reducir precios y aumentar las utilidades empresariales. En la ciencia se observa que el descubrimiento, la innovación y el avance se dan, no a través de un esfuerzo planificado centralmente, sino mediante el esfuerzo individual de personas y grupos que experimentan independientemente.
Una economía libre es más racional y eficiente que una economía planificada y dirigida por una elite. De ahí el fracaso del estatismo de izquierda y derecha en todas partes. La comparación entre capitalismo y socialismo no es entre planificación y no planificación, sino entre la planificación central de una elite o la planificación de millones y millones de personas comunes que saben mejor que nadie de sus posibilidades y limitaciones.
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