Venezuela: Petrolero y Rochelero
Por Domingo Fontiveros
Analítica
El enredo antidialéctico del discurso oficial que aspira a predominar es capaz de conducir a sus voceros hasta cualquier extremo retórico necesario para “quedar bien”. Como la gente común presiente, ese “quedar bien” es el preludio autoconfesado de la farsa y la demostración indirecta del verdadero vademécum que insufla la acción pública.
No es “hacer” con la acción de gobierno, sino “quedar” bien aunque la acción de gobierno sea un desastre. Para ello es fundamental ajustar con frecuencia la retórica y la fraseología, para contradecir con palabras las verdades que por sí solos hablan los hechos. Después de todo, la realidad es una cosa y lo que la gente percibe de la realidad puede ser otra. Para quedar bien, si la naturaleza se opone siempre se pueden poner al aire nuevas cuñas de propaganda y ajustar el discurso para que la realidad percibida diga lo contrario a la gente. Así, no importa que la producción de petróleo muestre una declinación indetenible mientras no se admita oficialmente que ello es verdad; menos aún si se pone en movimiento el aparato suasorio del Estado para afirmar lo contrario. Y quedar bien sirve básicamente para seguir mandando.
Buscar periódicamente una frase distinta que sirva para seguir articulando el discurso interminable de éxitos que siempre están por venir, porque nunca llegan realmente, se ha convertido en una especie de obsesión del montaje oficial. Frente a ello, palidece la relevancia de un verdadero programa de desarrollo, y más aún la definición de lo que pretende sustituir al viejo sistema. La buena frase que mantenga la expectativa, que redibuje la realidad, que altere las percepciones, pero sobre todo que permita mantener la iniciativa retórica y prolongar la caprichosa faena de implantar lo que no sirve, ni como sistema ni como proyecto.
Hay muchas frases vacías que suenan bien y son repetidas por ello.
Reiterar que lo importante es “lo social”, es una de ellas. Es una expresión que proclama lo prioritario, porque lo social suena distinto a lo económico o a lo político. Lo social le da importancia a la gente, al común, al humilde, al pobre. Por ello se habla de lo social: para quedar bien. Mientras en realidad, “lo social” va siendo degradado por la propia degradación de la política y de la economía. Con la bandera de lo social puede enviarse al olvido el entierro de la democracia y la derogación del cálculo económico.
No deja de sorprender que en circunstancias como las actuales en que se produce 1/3 menos del petróleo que hace 8 años, en que la inversión en la industria está colapsada, en que el endeudamiento masivo de PDVSA deja entrever los abismales déficit que las cifras oficiales encubren, en que se ve envuelta en escandalosos manejos, no deja de sorprender, repito, que cuando la industria parece estar en el peor momento como actividad productiva en varias décadas, se apele a la introducción de un nuevo aforismo: “socialismo petrolero”.
Dados los precedentes “comunicacionales” del régimen, es evidente que con la invención de un nuevo socialismo se pretende volver a vestir la vitrina vacía de logros sustantivos y sí llena de fracasos sustanciales.
Es como si la realidad de los problemas en carne de la gente fuese interpretada como un asunto de decoración, que al ser renovada desaparecen. Ahora hace falta cambiar la frase pivote, porque la V República fue un fiasco, la república bolivariana fue un slogan, el socialismo del siglo XXI algo con demasiada duración en el tiempo. Por este mismo “token”, el socialismo podría ser diamantífero, si en lugar de oro negro tuviésemos yacimientos de esa piedra, o incluso radioactivo, si las minas rebosaran con uranio. En algún momento, es incluso probable que se le llame socialismo petrolero y gasífero, como complemento necesario, aunque la escasez de gas muestre una perspectiva creciente y mayor.
Algunos han sugerido, como para que lo note el gobierno, y no sin cierta picardía, la etiqueta de capitalismo de Estado, como más exacta a lo que está en la esencia de su desordenado accionar. Jamás lo aceptaría.
Porque el término es anatema. Cualquier otra cosa, menos capitalismo. La lucha es contra el capitalismo, y no parece haber disponible por ahí ninguna otra ideología “dura” con qué oponérsele sino la socialista, que de paso contradice a la base primordial del capitalismo, que es la propiedad privada. Y porque la palabra Estado es demasiado seria y ordenada, cada vez más ausente del discurso oficial y hasta demasiado comprometedora. Incluso, quizá, demasiado moderna. Preferible el de República, al cual nadie se la ocurrido hasta ahora combinar con la denominación de capitalista, y tiene algún tufo de atavismo, que puede servir en lo adelante para lanzar la URSSA (Unión de Repúblicas Socialistas Sur Americanas).
Así que el socialismo seguramente quedará incluido en la nueva propuesta constitucional, con una proyección internacional y una clara postura anti-imperialista. Etiquetas nuevas y viejas, válidas y vacuas, combinadas en seguidilla rococó hasta el infinito, aunque para la gente no signifique nada distinto a lo microscópicamente transitorio alcanzado hasta ahora, y seguramente en progresión negativa hacia el futuro.
Esta perspectiva contradice todo lo que tiene que ver con el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Hace tiempo dejó de ser del pueblo, porque el pueblo perdió buena parte de su representación. Hace tiempo dejó de ser para el pueblo, porque el pueblo vuelve a ser utilizado con fines superiores para los revolucionarios. Y es cada vez más claro que está dejando de ser por el pueblo, porque la dirigencia se ha elevado demasiado en las alturas del poder y la riqueza. Por todo ello ni siquiera puede aceptar llamarse populista, que además suena despectivo, y contradice su propia e inefable filosofía de no rendir cuentas sino a sí mismo.
Cuando ataco el socialismo del régimen, tengo que presentar respetos a los socialistas serios y demócratas del país y de afuera, que rechazan el pretendido socialismo, ahora petrolero, de quienes dirigen el gobierno. Discrepo del planteamiento socialista, desde el punto de vista del liberalismo igualitario; pero al igual que ellos disiento del programa autocrático y estatizante en lo económico que sigue desarrollando la élite gobernante. Pero en verdad, no han podido defender con eficacia, hasta ahora, su punto de vista en materia política, y se han dejado arrebatar el principal instrumento que encontraron en la democracia para su desarrollo político. Para ellos, el socialismo petrolero es una despreciativa e irresponsable manera de tratar a su planteamiento ideológico, mayor que la que puede representar para quienes estamos en otra dimensión de lo ideológico. No sorprende, por tanto, que sea creciente el rechazo del universo socialista a las direcciones adelantadas por el gobierno de aquí.
Finalmente, a pesar de la utilidad que pueda tener la búsqueda de una etiqueta politológica que identifique al proyecto chavista, respecto a lo cual no creo que exista un término que lo conceptualice, que lo atrape conceptualmente, porque en su raíz no existe una cosa tan intelectual para ser reductible, prefiero, digo, a pesar de lo antedicho, utilizar una expresión que he utilizado antes en varios ocasiones y que refleja el inmenso desorden externo e interno, en medio de la aparente gravedad conque se trata solamente a la realidad directa del poder, con el objetivo de seguir “quedando bien”. No es otro que la rochela petrolera, o para ponerlo en términos menos impresuntuosos, el petro-estado rochelero.
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