Cuba: una excepción singular
Por Jorge G. Castañeda
Diario Las Americas
Cuba conmemoró dos hitos importantes el 26 de julio: el 54 aniversario del ataque contra el cuartel de Moncada en 1953, considerado popularmente como el inicio de la revolución de Fidel Castro; y el cumplimiento del primer año desde 1959 en que Castro no ha estado en pleno control del país.
El segundo aniversario es obviamente más significativo y novedoso que el primero, y ha llevado a interminables especulaciones acerca del futuro. Pocos, sin embargo, han intentado colocar ese futuro en el contexto del pasado de Cuba, pero tal ejercicio podría, de hecho, arrojar alguna luz sobre lo que podría ocurrir en los meses y años venideros.
Resulta evidente a estas alturas que Castro no ha pasado del todo la antorcha a su hermano menor; y que cualesquiera reformas económicas pragmáticas Raúl Castro quiera o no aplicar algún día, seguirá viéndose obstaculizado en sus esfuerzos hasta que Castro finalmente fallezca o bien desaparezca del escenario público.
Las 35 columnas editoriales publicadas recientemente por Castro en Granma, órgano del Partido Comunista Cubano, y el temor lógico que genera entre sus subordinados que nunca saben si regresará o no al poder, han paralizado a Cuba. Y seguirá paralizada, casi sin duda, hasta que esta etapa de su historia llegue a su fin.
La verdadera pregunta, no obstante, es qué ocurrirá entonces, y qué es lo que sugiere al respecto la historia cubana en este sentido? En cierta forma, el dilema que los cubanos enfrentan dondequiera que estén — en la isla, en México, España, Miami o Nueva Jersey — es si la Perla de las Antillas finalmente se unirá al resto de América Latina o si continuará siendo, como lo ha sido durante la mayor parte de los dos últimos siglos, una excepción singular.
Cuando se inició el movimiento del resto de América Latina para separarse de España y Portugal, desde 1810 hasta 1899 (lo cual es la razón de que, dentro de tres años, toda la región conmemorará sus 200 años de independencia), Cuba, junto con Puerto Rico, fue la excepción. Siguió siendo una colonia española durante todo el siglo XIX, pese a los esfuerzos heroicos y fútiles de sus héroes nacionales Antonio Maceo y José Martí para liberar a Cuba del puño de España.
La excepción, sin embargo, continuó incluso después de haber conquistado la independencia, dado que ésta resultó ser de muy corta vida. Después de la Guerra Hispano-Americana (como es llamada en Estados Unidos), Cuba fue trasformada rápidamente en la única real y oficial neo-colonia, o protectorado, de Estados Unidos en el hemisferio.
En 1901, el Congreso de Estados Unidos aprobó la ignominiosa Enmienda Platt, que colocaba a la isla bajo la tutela legal, política, militar y económica de Estados Unidos. Washington enviaría fuerzas de ocupación, por una u otra razón, a muchos países en la región durante el transcurso del siglo XX: Haití, Panamá, Honduras, Nicaragua, la República Dominicana, Granada. Participaría en incontables incidentes de acciones encubiertas, como describe Tim Weiner en su excelente libro “Legacy of Ashes: The History of the CIA” (“Legado de cenizas: La historia de la CIA”). Pero sólo en Cuba adquiriría esta política una forma oficial.
La Enmienda Platt sería abrogada en 1934 por el Presidente Franklin Delano Roosevelt, y este acto introdujo un breve período de normalidad en Cuba en relación con América Latina.
Entre ese tiempo y el segundo año de la Revolución en 1960, la isla sufrió los mismos traumas y sacudidas que el resto del hemisferio. Elecciones, insurrecciones, asesinatos políticos e intentos o fracasos de golpes de Estado eran comunes, en tanto que el dominio de Estados Unidos, alianzas con todos durante la Segunda Guerra Mundial y anticomunismo virulento con la llegada de la Guerra Fría también fueron parte de la experiencia común. Esto, sin embargo, fue sólo un interludio breve, porque poco después de que Castro y sus camaradas irrumpieron en La Habana, en 1959, la excepción nuevamente se convirtió en la regla.
Desde 1960 hasta la fecha, Cuba ha sido lo que sus gobernantes llaman una nación socialista, perteneciente primero al bloque soviético y al Consejo para la Ayuda Mutua Económica (CAME), y más tarde a un diminuto grupo de naciones que poseen una forma de vida diferente en lo político, económico, social e internacional a la de los otros países de la región y de otras partes del resto del mundo.
Mientras el resto de América Latina, desde principios de la década de 1980, se ha desplazado en forma consistente, aunque ocasionalmente lenta e insuficientemente, hacia una democracia representativa plena, respeto a los derechos humanos, economías impulsadas por el mercado, globalización y hacer la paz con Washington, Cuba se ha mantenido inmóvil, como el tiempo mismo. En La Habana, uno puede ver no sólo las aletas de tiburón de los autos de los años 50, sino además los vestíbulos de elevados techos y lujosos candeleros de los hoteles y casinos de la misma época.
La Habana sigue provocando a Estados Unidos, inmiscuyéndose en los asuntos de otros países, haciendo caso omiso de las convenciones internacionales y aplicando una política económica que ha demolido muchos de los adelantos innegables que había logrado en los campos de la salud pública y la educación en los años 60 y 70.
Por otra parte, con gobiernos de centro izquierda en Chile, Brasil, Uruguay y Perú, o regímenes de centro derecha en Colombia, México y la mayor parte de América Central, Cuba una vez más es el país aislado en América Latina. Sólo el excéntrico “socialismo del siglo XXI” del presidente de Venezuela, Hugo Chávez se parece, aunque remotamente, a sus contornos.
Esta es, entonces, la elección fundamental que la isla enfrentará cuando la era de Castro llegue a su conclusión. ¿Desea Cuba finalmente dejar de ser una excepción y pasar a ser simplemente otro miembro del concierto latinoamericano de naciones: para bien, con una existencia democrática, globalizada y abierta, o para mal, con un alto grado de desigualdad, con un margen muy limitado en sus tratos con Estados Unidos, y con cultura, geografía e historia como sus únicos rasgos distintivos?
¿O insistirá Cuba en seguir su propio camino, subrayando sus diferencias y boxeando más arriba de su peso, cualquiera que sea el costo para los habitantes de la isla?
Más allá de las discusiones bizantinas respecto del “inminente” fallecimiento de Castro o de su siguiente aparición en público, o acerca de si su columna más reciente fue un rechazo de la aparente disposición de su hermano Raúl a negociar con la próxima administración estadounidense, Cuba enfrenta realmente sólo dos opciones. Unirse al club, o hacer énfasis en la excepción.
Y debe reconocerse: es una elección dolorosa.
Jorge G. Castañeda fue secretario de Relaciones Exteriores de México durante los años 2000 al 2003. Actualmente es profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de New York. Es autor o coautor de ocho libros. Su biografía del lider guerrillero Ernesto Che Guevara fue publicada en 1997 en Estados Unidos por la editorial Alfred Knopf. Su libro mas reciente es “Perpetuando el Poder” (2000). Sus ensayos y comentarios han sido publicado en Foreign Affairs, The New York Times, The Atlantic Monthly e Inter-American Dialogue.
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