Los sueños de poder
Por Álvaro Casal
El País, Montevideo
En Uruguay hubo alivio cuando el presidente actual, a pesar de ciertos entusiasmos frenteamplistas por la reelección, dijo que no aspiraba a tal cosa. No puede decirse lo mismo de Venezuela, donde el presidente Hugo Chávez sí quiere la reelección y lo ha proclamado. No parece ocioso recordar esto, en momentos que Chávez visita Uruguay.
Es más: el visitante de hoy propuso reformar la “Constitución bolivariana”, para establecer en la misma su reelección “continua”. Y aunque haya dicho en su programa de radio y televisión “Aló presidente” que “el día que el pueblo no me quiera, yo no me voy a poner a llorar y me voy”, esto es inquietante. Si la ciudadanía votara su reelección, él se sentiría con derecho a procurarla una y otra vez.
Semejante situación plantea un enigma: ¿qué hacer cuando en democracia la mayoría de los votantes elige a un candidato antidemocrático o bien aprueba medidas antidemocráticas? En un extremo está el caso de Adolf Hitler, quien a pesar de su aversión por la democracia, en 1933 triunfó en elecciones libres, logrando así la posibilidad de liquidar el sistema electoral que le había abierto las puertas del gobierno y de eternizarse en el poder.
Es decir que para que la democracia siga siendo tal, depende de que los elegidos por su sistema de votación, sean demócratas. Asimismo, de que la mayoría de los votantes sea demócrata.
Sin embargo, no siempre las mayorías apuntalan al sistema democrático que les garantiza sus derechos. A veces tienen otros sueños y pueden querer ser gobernadas por un Hugo Chávez.
En la época de auge de Stalin y Hitler, muchos decían que no había otra alternativa práctica en política que el comunismo o el fascismo. Además, que quien no apoyaba a uno, apoyaba en realidad al otro. Sin embargo, los tiempos de auge de la Unión Soviética, la Italia fascista y la Alemania nazi pasaron y la democracia, aparentemente tan débil, volvió a resplandecer. Claro que el mundo tuvo que soportar una guerra terrible y esperar largos años para que ello ocurriera.
Soplan malos vientos para la democracia en parte de América. Pero sólo en parte. El abrir el paso a cosas como la presidencia “perpetua” se hace más fácil en algunas naciones que en otras. Por ejemplo, es de señalar que en Uruguay la reelección presidencial ya ha sido rechazada, aun en la ocasión que fue propuesta por un primer mandatario.
A veces, las cosas de hoy tienen raíces lejanas y hay que recordar que el presidente venezolano suele decir que se inspira en Simón Bolívar. El “Libertador” quería la unión americana, pero también quería un presidencialismo tan fuerte que llegó a plantear un proyecto constitucional con “Presidente vitalicio y vicepresidente hereditario”. Evocaba hace poco el periodista Natalio R. Botana que fue Bolívar quien en un mensaje al Congreso de Bolivia, fechado en 1826, dijo: “El presidente de la República viene a ser en nuestra Constitución como el sol que, firme en su centro, da vida al Universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua: porque en los sistemas sin jerarquías se necesita más que en otros un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos: los hombres y las cosas. Dadme un punto fijo, decía un antiguo y moveré el mundo. Para Bolivia, este punto es el Presidente Vitalicio. En él estriba todo nuestro orden…”
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