Uruguay como sistema
Por Mariano Grondona
El País, Montevideo
Hace unos días asistí a una exposición del ministro Astori en la embajada del Uruguay en Argentina, al fin de un almuerzo del que participaron más de cien periodistas y empresarios. Esta exposición serena y fundada por parte de un hombre de Estado que, ya se coincida o se disienta con él, suscita el respeto de su audiencia, se dio casi en el mismo momento en que nuestra ministra de Economía, Felisa Miceli, alcanzaba la cima del descrédito y el ridículo por la inexplicada e inexplicable bolsa de dinero que la policía había encontrado en el baño anexo a su despacho. Ni siquiera el más imaginativo de los autores de ficción hubiera sido capaz de urdir este humillante contraste entre los dos ministros, que culminó con la renuncia de Miceli a su cargo.
Pero el contraste Astori-Miceli no es el único. Hay otro en el cual querría detenerme. Es el hecho de que, en el campo político, Uruguay tiene nada menos que un sistema, precisamente el mismo que ha conducido al desarrollo a los países avanzados del hemisferio Norte y el que también albergan otros países latinoamericanos en ascenso.
Es el sistema moderno del desarrollo político y económico cuyos rasgos esenciales son la continuidad de las políticas de Estado que llevan al desarrollo, una continuidad que no se confunde con el “continuismo” porque los países instalados en la ruta del progreso no la buscan a través de la permanencia de un mismo grupo de personas en el poder sino, a la inversa, mediante la alternancia entre sus principales partidos. La democracia, en tales condiciones, discurre por el cauce de la república.
Que la continuidad se esté logrando con exclusión del “continuismo” es la marca de los países avanzados del mundo actual. Allí donde las pasiones avivan un conflicto irreconciliable entre los protagonistas políticos, irrumpe el virus de la discontinuidad de las políticas de Estado que paraliza el desarrollo. Pero la discontinuidad no se supera mediante la simple permanencia en el poder de los mismos dirigentes porque así se desemboca más temprano que tarde en la parálisis que ellos decían superar, sino a través de un mecanismo de rotación entre los partidos en el seno de una visión de largo plazo. El mecanismo que lleva a superar la discontinuidad sin caer en el continuismo es la no reelección consecutiva de los presidentes.
Esto es fácil de decir pero difícil de cumplir. Por eso aquellos países que en nuestra América están ascendiendo la escala del desarrollo son aquellos cuyos presidentes supieron resistir la tentación del “reeleccionismo”. La superación de la tentación reeleccionista se logró en 1994 en Chile, cuando el primer presidente después de Pinochet, Patricio Aylwin, rechazó lo que muchos le pedían, la reforma de la Constitución para ser reelecto. Fue a partir de este lúcido renunciamiento que Chile empezó a tener un sistema.
Lo más destacado de la política uruguaya es que sus presidentes también cultivaron, el fecundo “no” al reeleccionismo. Líderes como el “colorado” Sanguinetti y el “blanco” Lacalle eludieron la reelección inmediata. Lo mismo acaba de hacer el frenteamplista Vázquez. Ellos han comprendido que la institucionalización de nuestras democracias no debe basarse sobre la arrogancia sino sobre la humildad de líderes que saben que todos son necesarios pero ninguno imprescindible.
En la otra punta de la región, cunde en cambio el virus del personalismo. Con su confesada aspiración a la presidencia vitalicia, Chávez confunde la historia de su país con su propia biografía. Admiradores como él del dictador vitalicio Fidel Castro, el boliviano Morales y el ecuatoriano Correa pisan sus huellas. En Argentina, la diferencia es que esta aspiración de monopolizar el poder ya no se la atribuye un individuo sino una pareja monárquica, cuyos miembros se coronan y se alaban uno al otro con exclusión de los demás.
Dos procesos predominan en América Latina. De un lado, la consolidación de la continuidad de un sistema competitivo de alternancias a partir de las coincidencias de largo plazo. Del otro lado, el despliegue de intentos personalistas por anular la competencia y, con ella, la república. En el primero de estos procesos, es posible pensar en décadas. El horizonte del segundo se achica a unos pocos años.
Chávez confunde la historia de su país con su propia biografía.
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