La feliz quietud del verano
Por Jaime Bayly
El Nuevo Herald
Tres semanas con mis hijas en el verano de Miami, sin viajes ni programas de televisión en la agenda, son una promesa segura de ocio feliz para mí, no sé si para ellas también.
Debo dar gracias a quien corresponda por el hecho afortunado de que las niñas heredasen de mis genes una cierta disposición a asociar el placer con el ocio, la felicidad con la vida sedentaria y la pereza con la virtud.
No por eso dejamos de hacer un número de planes antes de llegar a Miami, pero, como no tardaría en manifestarse nuestro espíritu haragán, esos planes no pudieron hacerse realidad.
Dijimos que iríamos a Washington a visitar los museos, los parques, las casas donde vivimos, pero les dije que no debíamos correr tan alto riesgo porque en la televisión habían advertido que los terroristas estaban tramando un nuevo atentado.
Dijimos que iríamos un fin de semana a los parques de diversiones de Orlando, pero les dije que en julio hace tanto calor que la gente se desmaya, y las filas de gente esperando los juegos son tan largas que los que no se desmayan por el calor lo hacen por esperar horas de pie, y los que sobreviven y consiguen entrar a los juegos a menudo mueren de asfixia, vértigo, taquicardia o ataques de pánico, con lo cual ellas entendieron que, si visitábamos Disney, uno de los tres no regresaría vivo.
Dijimos que saldríamos a montar bicicleta, pero las bicicletas tenían las llantas desinfladas y les dije que era demasiado esfuerzo llevarlas a la gasolinera, pues no cabían todas en la camioneta y había que llevarlas en varios viajes.
Dijeron que verían a sus amigas que también estaban de vacaciones en la ciudad, pero yo dejaba el teléfono desconectado sin que ellas se enterasen y así nunca sonaba el teléfono y nadie las invitaba a ninguna parte y ellas no entendían por qué se habían vuelto tan impopulares y yo les decía que la vida es así, un desengaño tras otro, y que ninguna amistad dura para siempre.
Dijimos que iríamos a la playa, pero les dije que era más seguro quedarnos en la piscina de la casa, porque no hacía mucho una raya clavó su aguijón venenoso en los pies de un amigo.
Dijimos que saldríamos a pasear en un yate alquilado, pero les dije que, debido al aumento del precio de los combustibles, nos costaría una fortuna, así que ellas salieron a pasear en el yate de sus tíos, quienes, por suerte, muy generosos, pagaron la travesía.
Puede decirse entonces, sin exagerar, que no hicimos ninguna de las actividades que habíamos planeado. Pero reconocer que aquellos planes no se ejecutaron, ni siquiera uno solo, no nos entristeció: al contrario, nos confirmó que fueron unas vacaciones completamente inútiles y, al mismo tiempo, o por eso mismo, completamente felices.
Sería atropellado saltar a la conclusión de que mis hijas y yo no hicimos nada memorable. Es verdad que nuestros planes fueron desechados, pero no lo es menos que supimos improvisar, apegándonos a dos leyes básicas del haragán sin culpa: no te agites y respeta la rutina.
Lo que ahora mismo, al final del verano, recuerdo con más orgullo, porque me confirma que no se puede conseguir nada sin una cierta disciplina, es el ahínco o tesón adolescente que depositaron mis hijas en la empresa común de dormir todos los días hasta las dos de la tarde, lo que nos permitía levantarnos tan embriagados o dopados de sueño que, luego del desayuno, volvíamos a la cama a descansar del cansancio de haber dormido tanto.
También recuerdo lo mucho que disfrutamos viendo los programas de David Letterman y Craig Ferguson, y el modo descarado en que ellas se rieron comparando esos programas estupendos con los esperpentos que hago en televisión.
Como buen padre, me ocupé de cocinar para ellas, procurándoles una dieta balanceada, consistente en leche con cereales de desayuno, pan con jamón y queso de almuerzo, y pan con queso y jamón de cena. Eso nos permitió mantener un sano equilibrio entre proteínas, carbohidratos y lácteos.
Si me preguntasen qué podrían haber aprendido mis hijas en sus vacaciones, no dudaría en decir un puñado de cosas: que si duermen hasta tarde los días suelen ser más placenteros, que Ferguson es más divertido que Letterman, que el pan con jamón y queso no facilita la digestión y que la felicidad a veces consiste en inventarse un buen pretexto para no salir de casa, ni siquiera a la piscina.
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