Enamorados de la inflación
Por Rodolfo A. Winchausen
El Nuevo Herald
Tras manipular vergonzosamente la estructura del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el gobierno argentino ha hecho realidad una admonición que lanzara en 1932 el filósofo español José Ortega y Gasset: los argentinos no ven la realidad como es, sino como querrían que fuera.
Aunque las maniobras con el INDEC han sido denunciadas hasta por los propios empleados del organismo, que se preciaba de ser independiente en su evaluación de los datos de esa realidad, el presidente Néstor Kirchner sigue empeñado en nadar contra la corriente y aplicar la política del avestruz a la economía argentina.
Para conseguirlo, manosea las cifras de manera que le den una inflación mensual de menos del uno por ciento, con miras a favorecer a su propio partido –otra expresión más del llamado “neoperonismo”– en las próximas elecciones presidenciales, para las que postularía a su esposa, la senadora Cristina Fernández de Kichner, con el fin de perpetuarse en el poder a la manera de su amigo y secuaz, Hugo Chávez, discípulo dilecto de Fidel Castro.
En rigor, como lo prueban diariamente las amas de casa cuando van al supermercado, la inflación argentina supera ampliamente los deseos del equipo gobernante argentino. Y como ha sucedido reiteradamente a lo largo de la historia contemporánea del ”país de los ganados y las mieses”, la descarnada realidad de los precios supera ampliamente la ficción de unos precios acordados con el gobierno que, una vez más, son reflejo de aquello de que “se acata, pero no se cumple”.
No es la primera vez que ocurre ese fenómeno en la Argentina. Ni es la primera vez que, en medio de cacareos oficiales sobre el nivel de crecimiento de la economía argentina, el nivel de los precios desmiente los cálculos optimistas del oficialismo de turno. Ya pasó en los años 30 cuando la Argentina sufrió los efectos de la gran depresión, o en los 40 cuando Perón afirmaba, casi perogrullescamente, que los precios ”suben por el ascensor y los salarios por la escalera”. En los años 70, la hiperinflación del gobierno de Isabel Martínez de Perón dejó a pie a miles de argentinos, como volvió a sucederle al presidente radical Raúl Alfonsín, quien acosado por el desmadre de la economía, tuvo que renunciar antes de terminar su mandato. Y así sucesivamente.
En realidad, los argentinos viven enamorados de la inflación. Es una amante sin la cual no pueden vivir, aunque tampoco puedan convivir con ella. Y se han acostumbrado –si es que tal costumbre es posible– a que reaparezca como un fantasma cada cierto tiempo, desatando crisis que, como la de 2001, tienen consecuencias tanto económicas como políticas. (Prueba de ello fueron los cinco presidentes que se sucedieron en el poder en cuestión de pocos días, tras ese desastre.)
Se atribuye al premio Nobel de Economía Milton Friedman una afirmación, posiblemente apócrifa: ”En el mundo hay tres tipos de economía: la capitalista, la socialista y… la argentina”. En broma o en serio, lo cierto es que el crecimiento que hoy muestra la economía argentina es también, en parte, la consecuencia de otra arraigada costumbre de aquellas latitudes: no pagar siempre que sea posible. Kirchner arregló la deuda con el Fondo Monetario Internacional, pero aún no ha arreglado las cuentas con los tenedores de bonos argentinos –principalmente en Europa– ni ha pagado lo que debe al Club de París. Mientras tanto, sigue llenando las arcas fiscales con dólares de reserva que entran al país por una bonanza económica coyuntural, derivada de los altos precios de las materias primas (commodities), y con las llamadas ”retenciones” a las exportaciones, que no son sino impuestos disfrazados que terminan pagando todos los contribuyentes argentinos. Y a la primera ola de frío se agota la capacidad energética, hay apagones y no hay gas para las industrias, la calefacción y para cumplir compromisos de suministro a países vecinos, como Chile.
La semana pasada, como para confirmar la frase de Friedman, el dólar subió repentinamente la cotización en Buenos Aires y numerosos analistas ya afirman que, sin la intervención del Banco Central, la Argentina continuará teniendo el dudoso privilegio de ser uno de los pocos países del mundo donde la moneda estadounidense sigue trepando. Reflejo claro, además, de la fuerte inflación interna, que el gobierno de Néstor Kirchner se empeña en negar que existe.
¿Y los argentinos? Bien, gracias. Ya no hay más carne barata ni leche, escasean otros productos básicos y, como en las amargas letras de tango de los años 30, ”no se ve un mango (peso)” ni dibujado.
Es que los argentinos, no hay duda, tienen amores que matan.
El autor es periodista argentino.
- 10 de febrero, 2026
- 16 de agosto, 2008
- 8 de septiembre, 2014
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