El irreconciliable Ortega
Por José Velazquez
El Nuevo Herald
El que haya visitado Nicaragua recientemente tendrá que haber notado la crisis energética y sus insoportables interrupciones diarias de seis horas o más y la extraña campaña de Daniel Ortega pregonando a los cuatro vientos el conocido y demagógico verso de La internacional: ”¡Arriba los pobres del mundo!” en inmensos y costosos carteles de carreteras. Interpretar el fenómeno de la crisis energética, cuya responsabilidad recae en gran parte en el primer gobierno de Ortega, es tema para otro artículo. Sin embargo, reflexionar sobre el sentido de la cruzada propagandística de Ortega es importante si recordamos que toda su campaña presidencial giró alrededor de la reconciliación, hábilmente manejada por la primera dama.
Por ello proclamar abiertamente el favoritismo hacia los pobres del mundo e implícitamente despreciar a todo aquel que no lo sea demuestra flagrantemente que el uso de la bandera de reconciliación fue sólo un astuto mensaje electoral destinado a confundir y engañar a quienes generosamente le dieron el beneficio de la duda.
Demuestra también lo anquilosado del pensamiento político y social de la pareja gobernante, puesto que si el interés en sacar de la pobreza a los nicaragüenses que desafortunadamente la padecen fuese genuino, lo inteligente sería reconocer y promover la importancia de una clase empresarial pujante, socialmente consciente y necesariamente capitalizada para incentivar la creación de riqueza y empleos. De lo contrario, pareciera que hay en el Presidente un interés político de convertir en pobres a la mayoría de los nicaragüenses.
No debería también Ortega olvidarse que actualmente buena parte de esos ”villanos ricos” a quienes tan duramente insulta en sus discursos está constituida por miembros de su propio grupo, incluido él mismo, convertidos después de la famosa ”piñata” en los nuevos millonarios de Nicaragua.
Veamos otros ejemplos de su irreconciliable actitud:
• Despido masivo de empleados gubernamentales no sandinistas. De acuerdo a declaraciones recientes de líderes sindicales se estima en más de seis mil trabajadores los despedidos a la fecha. Esta cifra no incluye un sinnúmero de despidos realizados a niveles profesionales y diplomáticos, ignorando la capacidad y experiencia de los mismos y sustituyéndolos por personal inexperto y temeroso de tomar decisiones indispensables para el buen funcionamiento de la maquinaria gubernamental.
• Desconocimiento de sus propios aliados electorales. A pesar de que en las dos últimas elecciones presidenciales Daniel Ortega obtuvo una considerable cantidad de votos procedentes de partidos políticos que junto con el FSLN constituían la llamada Convergencia Nacional, una vez alcanzado el poder estos han sido olímpicamente ignorados, negándoles no sólo la ofrecida participación en el gobierno, sino hasta la misma oportunidad de un diálogo directo con el mandatario. Líderes de esos partidos están cada día más vociferantes declarando prácticamente liquidada esa famosa alianza y delatando la falsedad de la prometida reconciliación.
• Creación de grupos de vigilancia y control ciudadano. Siguiendo el modelo Chávez y replicando un temido experimento de su primer gobierno, Daniel Ortega se ha empeñado en imponer los ahora llamados Consejos del Poder Ciudadano, que además de innecesarios e ilegales, pretende darles un nivel de control tal que las propias estructuras establecidas del poder ejecutivo y las autoridades municipales tendrán que someterse a sus resoluciones. El mismo alcalde de Managua, un incondicional entusiasta de las políticas de Ortega, ha indicado que estos Consejos sólo servirán para crear caos y quebrantar la jerarquía gubernamental en todos sus niveles. Exclusivamente en manos de orteguistas, estos consejos se convertirán en el elemento más obstaculizador de la prometida reconciliación nacional.
• Destrucción revanchista y desprecio por obras de gobiernos anteriores. En un país con el nivel de pobreza como el de Nicaragua, es inexcusable destruir obras de progreso o embellecimiento urbano que, independiente de la razón por la cual fueron construidas, se destruyan por el simple hecho de haber sido erigidas por gobiernos anteriores. Otro lamentable ejemplo ha sido el capricho de negarse a utilizar el edificio sede de la presidencia, generosa donación del pueblo de Taiwan. Por si fuera poco lo insensato de esta decisión, la embrolla aun más transfiriendo la sede presidencial a su propia residencia, invitando a una confusión Estado-Partido-Familia de peligrosas consecuencias.
Lamentablemente Daniel Ortega, gobernando sin reconocer el apoyo minoritario que lo llevó al poder y adoptando medidas autoritarias e impopulares, está consiguiendo justamente lo contrario a su ofrecida reconciliación. Su discurso populista y promotor de enfrentamiento de clases, ahuyentando la inversión privada e inventando conflictos con aliados tradicionales, sólo podrá resultar en el desaprovechamiento de otra gran oportunidad que hábilmente logró recibir de Nicaragua. Más importante que un posible fracaso de su proyecto político será el precio que nuevamente el país será obligado a pagar. Quizás, como algunos cruelmente afirman, sea esta la segunda dosis de orteguismo que Nicaragua necesita para inmunizarse de una vez por todas contra ese mal.
El autor es ex cónsul de Nicaragua en Miami.
- 10 de febrero, 2026
- 16 de agosto, 2008
- 8 de septiembre, 2014
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