Ecuador: No decían que…
Por Abelardo Pachano
El Comercio, Quito
La estabilidad es un mito de los ortodoxos. Que ahoga el desarrollo de los países. Que si es posible aceptar una inflación superior sin comprometer el bienestar de la gente. Entonces, ¿a qué vienen las preguntas?: ¿Por qué suben los precios de la leche y el arroz? ¿Qué pasa con los alimentos cuyos precios han subido en las últimas semanas? ¿Quiénes son los culpables?
¿De dónde sale la afirmación de que ¡aquí hay una confabulación que quiere ocasionar el caos sabiendo que el Gobierno no tiene instrumentos para enfrentar estos hechos, pues los libre mercadistas desmantelaron todo!?
Así plantean el problema algunos funcionarios del Gobierno, en lugar de recordar que cuando no formaban parte del Poder Ejecutivo sostenían abierta y reiteradamente la tesis de que la estabilidad no sirve. Es, o era, un objetivo que no permite resolver los problemas de los seres humanos, pues decían “con estabilidad no se come”.
Era una vieja tesis de los ortodoxos, pasada de moda, inútil, aberrante, que había que combatir. Sin embargo, ahora que hay reclamos por el aumento de los precios, es decir cuando la vituperada estabilidad empieza a dar muestras de flaqueza y sufren los bolsillos ciudadanos, el discurso cambia. Afloran los ataques a los especuladores, a los productores a los que tanto han defendido para que tengan buenos precios, a quien sea o se ponga al frente porque simplemente la gente reclama que no les alcanza lo que ganan. Y por ahí germina la idea de aumento de sueldos que al no estar vinculada a la productividad pone en riesgo la competitividad de las empresas y su propia vida, a la par que genera un nuevo interrogante sobre la sostenibilidad de la dolarización.
A pesar de las advertencias hechas, el Gobierno anunció en su programa económico que aceptaba el aumento de la inflación. Ahora que cosecha, con la ayuda de la naturaleza y el caldeado ambiente político, un poco de su propia medicina, salta y reclama con razón, pero incoherentemente con lo que tanto predicó. Por eso no sabe cómo salir del enredo y busca culpables, cuando su concepción política es la que engendra el fenómeno.
Algo parecido sucede con el tema de los aportes fiscales para el pago de las pensiones del IESS. Durante el primer semestre no pagó un solo centavo de los 200 millones que debía hacerlo. Sin embargo, antes el país exigía al Gobierno que cumpla con sus obligaciones sociales, que no sea moroso. Hoy, el tema no existe para la colectividad. Y, qué decir de los cálculos de las pérdidas financieras que se le hacía al mismo IESS por tener dinero guardado en el BCE sin recibir un centavo de interés, mientras en estos días los 1000 millones acumulados ahí mismo sin ninguna rentabilidad son parte de esa silenciosa agenda nacional.
Ni qué hablar de los préstamos quirografarios con el respaldo de los Fondos de Reserva y de Cesantía, que tienen conocidísimas dificultades operativas porque los afiliados casi ya retiraron hace un año los 700 millones y no tienen con qué garantizar, pues el IESS exige, con alguna razón, que la garantía sea autoliquidable. ¿Qué dirían si estos principios, trabas y demoras se usarían en el sistema financiero privado? Seguramente lo tildarían de…
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