Fidel y Chávez se aprovechan de fracasos de Estados Unidos
Por Jorge G. Castañeda
Diario Las Americas
Después de la decepción generada por el fracaso reciente del Senado en cuanto a aprobar una iniciativa de ley de reforma de inmigración, no sería una sorpresa si algunos en Washington dirigieran la mirada al sur, a América Latina, y gimieran: “Ya se fastidió el barrio”.
Después de cinco años de descuido –o indiferencia– el gobierno de George W. Bush experimentó, al menos en su política hacia América Latina, lo que bien puede ser una de las peores derrotas de su permanencia en el poder.
En cambio, los némesis de Bush en el hemisferio –la cada vez más cohesiva coalición encabezada por Hugo Chávez y Fidel Castro– estaba en una racha de triunfos. Esa abigarrada coalición incluye a los presidentes de Nicaragua, Daniel Ortega; de Bolivia, Evo Morales; de Ecuador, Rafael Correa y, quizá muy pronto, a Alvaro Colón, de Guatemala.
La reforma a la inmigración, que pese a lo que cree la mayoría de los conservadores –y en lo que la mayoría de los liberales al parecer está de acuerdo– es para muchos países latinoamericanos no sólo un asunto interno de Estados Unidos sino fundamentalmente un asunto de política exterior. Ahora que se ha desplomado, es improbable que sea revivida antes de mediados de 2009. Y eso, si llega a suceder.
México y los países de América Central emitieron una vigorosa declaración durante su reunión cumbre más reciente en Belice, criticando al Senado de Estados Unidos por rechazar la iniciativa patrocinada por Bush, Kennedy y Kyl, pero lo hicieron después de que todo había ocurrido. Está abierto a interrogantes si hubiera habido una diferencia importante en caso de haber apoyado claramente la ley antes del rechazo.
Lo cierto es que los presidentes de esta región saben que lo más probable es que terminen en el peor de todos los mundos: sin el beneficio de ninguna de las cláusulas de legalización o de creación de programas de trabajadores temporales, pero con todas las extremas medidas de seguridad y de aplicación severa de las leyes en la frontera.
El número de muertes en la frontera mexicana durante el primer semestre de 2007 llegó a 256: más que en cualquier año previo desde 1998, y un reflejo claro de lo que está por venir. Los cruces se tornarán más caros, más peligrosos pero, sin duda, no serán menos numerosos.
Fue también un mal mes para Bush y América Latina en otro frente: el estatus del Acuerdo de Libre Comercio de Colombia con Washington. Pese al persistente y audaz cabildeo del Presidente Alvaro Uribe, la presidenta de la Cámara de Diputados, Nancy Pelosi y el presidente del Comité de “Ways and Means”(que supervigila el sistema tributario,las previsiones sociales, y los acuerdos de comercio), Charles Rangel, anunciaron que no aprobarían el TLC hasta que diversas consideraciones que incluyen los derechos humanos, el comercio y la estrategia –muy válidas– fueran tomadas en cuenta. Y esto ocurrió después de que se había llegado a un trato con el Congreso demócrata acerca de la renovación del controversial Plan Colombia.
Uribe, indignado, pronunció en respuesta un discurso estridente en Buenaventura, Colombia, y envió una copia del mismo personalmente a cada miembro demócrata de la Cámara de Diputados estadounidense. A estas alturas, sin embargo, todo parece indicar que el TCL con Colombia –a diferencia de los firmados con Perú y Panamá– está tan muerto como la reforma a la inmigración. Esto ocurre en momentos en que el más estrecho aliado de Washington en América Latina, como mencionó Uribe en su discurso, atraviesa por tiempos muy duros, incluso según sus propios parámetros. Once miembros del Parlamento que habían sido secuestrados fueron ejecutados recientemente por los guerrilleros de las FARC; y en momentos en que la propia popularidad del Presidente colombiano se encuentra en el nivel más bajo que haya registrado.
Por otra parte, otras naciones de América del Sur, si bien han experimentado ciertos problemas en el bloque comercial de Mercosur –específicamente Brasil debido a los acostumbrados excesos verbales de Chávez, en esta ocasión contra el Senado brasileño– están bastante bien, gracias.
Chávez insultó a sus colegas del Mercosur al optar por viajar a Rusia, Belarús e Irán en lugar de asistir a su reunión cumbre del bloque comercial en Paraguay a principios de julio. Esto se debió, al menos en parte, a que los miembros del Mercosur rehusaron apoyarlo en su conflicto con la red venezolana de televisión RCTV. Pero el Presidente ruso, Vladimir Putin, le dio una cordial bienvenida (aunque no en la Duma rusa), al igual que el Presidente de Belarús, Alexander Lukashenko y el Presidente de Irán, Mahmoud Ahmadineyad.
En su visita a Rusia, Chávez llevó consigo una larga y costosa lista de compras que abarcaba desde inversiones rusas en los campos de gas y petróleo de Venezuela a través de firmas como Gazprom, hasta la compra de armas de una variedad enorme.
Los artículos más importantes que deseaba eran cinco o seis submarinos, un barco de primera línea, numerosos helicópteros de usos múltiples y más aviones de combate. Quizá más significativamente, buscó asistencia rusa para la construcción de una planta Kalashnikov en Maracay, Venezuela. Según Chávez, tal fábrica debería ser lo suficientemente grande para “armar a todo patriota venezolano” sin restricciones. Esta planta estaría destinada a complementar los 100,000 fusiles AK-47 que ya le vendió Putin, la mayoría de los cuales ya han llegado a Venezuela.
Dos posibles explicaciones para que Chávez siga comprando armas rusas se destacan: En primer lugar, desde el fallido golpe militar en su contra, en abril de 2002, Chávez ha estado tratando de alejar a su ejército del adiestramiento, abastecimiento de armas, sistemas de comunicaciones y cualquier otro tipo de vínculo con Estados Unidos. Fracasó en ese objetivo con España –en parte debido a las restricciones sobre trasferencia de tecnología estadounidense– así que ahora se está acercando lo más posible a Rusia.
En segundo lugar, y más precisamente, los rusos son menos estrictos que otros países acerca de las restricciones sobre el uso final que se dé a las armas. Así que si Chávez desea prestar, alquilar o regalar a sus amigos en la región algunos juguetes bélicos con los que puedan jugar, hay pocas probabilidades de que Putin se oponga.
Así que, ¿cómo deja todo esto a Washington en el hemisferio? Aislado, debilitado y generando un vacío en el poder que Fidel y Chávez están más que dispuestos a llenar, y frecuentemente son bienvenidos.
Un síntoma de esto, como lo informaron recientemente los medios de comunicación mexicanos, puede verse en los cientos de mexicanos de la tercera edad que han viajado a Caracas para beneficiarse de las operaciones de cataratas gratis que proporcionan cirujanos oftalmólogos cubanos, o venezolanos adiestrados por Cuba. Aceptando el hecho de que las instituciones médicas de México no llegan a ser precisamente de primera clase, aún así son infinitamente superiores a las de Venezuela. En consecuencia, uno sólo puede preguntarse qué es lo que están tramando esos dos hombres fuertes cómplices. Pero, evidentemente, están aprovechando la ausencia de Bush y la correspondiente indiferencia de Estados Unidos.
Al ser informado del fracaso de la ley de inmigración de Estados Unidos, el Presidente nicaragüense Ortega comentó marcadamente durante un viaje a México el mes pasado, donde se reunió con el Presidente Felipe Calderón: “Ya ve usted, México debe mirar hacia el sur; es inútil buscar soluciones en el norte”, subrayó.
No obstante, quienes están en desacuerdo con esta idea –en particular si el sur significa Chávez, Fidel, Evo y compañía– están encontrando cada vez más difícil echar mano de un argumento en contra.
©2007 Jorge G. Castañeda. Distribuido por The New York Times Syndicate.
Jorge G. Castañeda fue secretario de Relaciones Exteriores de México durante los años 2000 al 2003. Actualmente es profesor de estudios latinoamericanos en la Universidad de New York. Es autor o coautor de ocho libros. Su biografía del líder guerrillero Ernesto Che Guevara fue publicada en 1997 en Estados Unidos por la editorial Alfred Knopf. Su libro más reciente es “Perpetuando el Poder” (2000). Sus ensayos y comentarios han sido publicado en Foreign Affairs, The New York Times, The Atlantic Monthly e Inter-American Dialogue.)
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