¿Quién es quién?
Por Juan Carlos Eichholz
El Mercurio
¿Cuál es la diferencia entre una secta, un partido político y una pandilla de delincuentes?
Digamos, para entendernos, que existe un frágil equilibrio entre la racionalidad individual, el interés personal y la identidad de un grupo, y que las organizaciones que sobreviven por mucho tiempo son aquellas en las que este equilibrio se logra manejar adecuadamente. Una secta, por ejemplo, tiene una existencia breve, pues el grupo anula la razón e intereses de sus miembros, y en algún momento eso comienza a ser resistido, como ocurrió con Colonia Dignidad y, de seguro, acontecerá con la comunidad de Pirque. Una pandilla de delincuentes está en el otro extremo, es decir, el interés personal de sus miembros está por sobre su propia racionalidad y aun por sobre el grupo, que es instrumental, llevando a algunos de esos miembros a atacar a otros para hacer primar su interés.
Por esto, yo no creo en la supremacía del grupo por sobre el individuo, pero sí creo en la importancia de los grupos, y presumo, por lo tanto, que sus miembros deben ceder parcialmente en sus razones e intereses para permitir la existencia y el fortalecimiento de aquéllos. Si una persona está permanentemente intentando imponer sus convicciones y sus intereses al grupo, éste se quebrará o aquélla será expulsada.
Desde la mirada del individuo, vivimos en una permanente tensión, tratando de servir a tres señores en paralelo, que no siempre están de acuerdo entre sí: nuestra razón, nuestros intereses y los intereses del grupo. Nos pasa, desde luego, como integrantes de una familia, o al vincularnos a una empresa, y para qué decir si se milita en un partido político. Ahí están los casos de Flores, Zaldívar y Navarro, en las últimas semanas, u otros como los de los diputados díscolos, Piñera, Lavín, De la Maza y, últimamente, Longueira.
Todos ellos tienen casos de desmarcación de su partido o coalición, porque en un determinado momento han hecho primar su razón o sus intereses. Y si los partidos no quieren transformarse en sectas, tienen que permitirlo y aprender de ello —lo mismo es válido, dicho sea de paso, para cualquier tipo de organización.
Pero ojo, que no es igual desmarcarse por privilegiar la razón personal que hacerlo por privilegiar los intereses personales. A lo primero puede llamársele un asunto de conciencia, mientras que lo segundo es un asunto de deslealtad. En el primer caso hay un intento por movilizar al grupo hacia lo que se considera correcto, mientras que en el segundo hay un intento de figuración personal que, de extenderse, puede transformar al grupo en una pandilla. Es difícil juzgar las intenciones, pero vale la pena preguntarse, bajo este prisma, quién es quién en la fauna política chilena y más allá.
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