Venezuela, en peligro
Por Pepe Eliaschev
Perfil
Volver, tras tantos años, fue seductor y penoso. Extrañaba la fantástica cerveza, la suave y erótica brisa que baja del Avila al ponerse el sol, la risa franca y sensual de sus mujeres, ese clima de primavera eterna que hace de Caracas una ciudad inmediatamente querible y cercana.
Tras varios días de recorrer el valle, comer en sus atractivos restaurantes, reconstruir los trozos de recuerdos que me devuelven a los comienzos del exilio, en los años 70, regreso de la capital de Venezuela convencido de que allí sucede algo grave y perjudicial.
Dirigida por un militar que alucina con ser en América latina el caudillo revolucionario del siglo XXI, Venezuela es hoy un país volátil y atribulado, cruzado por miedos y escalofríos.
Mis viejos amigos, colegas y conocidos confirman enseguida las primeras reacciones tras llegar a Caracas. En lo personal, encontraré enseguida los rastros de aquellos años, el edificio de las colinas de Bello Monte donde arrancó aquel ostracismo, en esa Venezuela petrolera pero relajada y luminosa que se consolidaba hacia 1974. Pero las apariencias son hoy más mentirosas que nunca.
No más entrar a la carretera que une el aeropuerto de Maiquetía, en la costera La Guaira, con la capital del país, lo que aguarda al visitante es una seguidilla infinita de vallas y muros pintados con la estólida propaganda de Chávez y sus fantasías de socialismo “del siglo XXI”.
Lo mismo sucede ya en la ciudad: persistente y monótona como tapiz sin límites, la propaganda monumental les habla a los venezolanos de logros y proyectos del comandante. La reiteración febril de los arrebatos visuales es una obsesión del régimen de Chávez. La otra es la manía infantil de rebautizar todo y cambiar todas las formas como simulacro de transformación verdadera. Así, los ministerios del gobierno ahora son, con Chávez, “ministerios del poder popular”. En copia prolija del viejo modelo estalino-soviético, las dependencias del Estado chavista son conocidas por sus imposibles abreviaturas. Impresiona, entre los 18 ministerios cuya lista logré ordenar, un ministerio del Poder Popular para la Comunicación e Información, cuya presencia diseminada por todos lados lleva la extravagante firma de sigla Minpopocin.
Chávez tiene un problema con los nombres. Ya “refundó” a su país como República Bolivariana de Venezuela, y ahora se propone lanzar la imposición de una República Socialista Bolivariana de Venezuela, bautismo asociado con una gravísima propuesta en marcha, instaurar su reelección “continua”, maquillaje cínico de la reelección permanente para hacerlo caudillo vitalicio de Venezuela hasta por lo menos 2021.
Venezuela confronta, además, otras líneas de fuerza que cruzan el escenario y configuran un cuadro ominoso: ola delictiva monumental caracterizada por secuencia imparable de secuestros y evidencia de poderosa y colosal corrupción administrativa en organismos del Estado.
Una personalidad política respetada, Gerardo Blyde, no se anda con eufemismos: “La impunidad en el incorrecto, abusivo y descontrolado asalto a los dineros que ha enriquecido a una nueva burguesía ligada a los jerarcas del Gobierno en detrimento del pueblo, bajo la doble moral de condenar la riqueza. Pero llenar las alforjas propias con el dinero ajeno, el pago de comisiones constantes, la danza de los millones que a cada paso deja caer un poco para el supuesto compañero de la causa revolucionaria, ante una Justicia ciega, sorda y muda que prefiere evitar el escándalo, silenciar el caso para no pagar el costo político hacen que en materia de control de la corrupción definitivamente también estemos raspados”.
El escenario de la economía está atribulado por las angustias ya inocultables de la escasez de productos decisivos del menú alimentario y una inflación gruesa y en aumento. Para César Miguel Rondón, un prestigioso conductor de Unión Radio y una de las voces más respetadas del país, lo peor puede pasar, Chávez se siente dueño del país.
Le dan la razón preparativos y rumores del frente militar. Chávez propicia un fornido rearme de sus fuerzas armadas en el marco de una estrategia demencial. El perspicaz Alberto Garrido asegura en El Universal que Chávez se prepara para que Venezuela libre una guerra convencional contra países vecinos (sobre todo, Colombia) y una guerra asimétrica para confrontar un ataque militar de los Estados Unidos.
El hombre que manda en Venezuela hace ya más de ocho años ha convertido a Simón Bolívar en mito mentiroso al que se usa para todo. “Venezuela –dice Elías Pino Iturrieta– ha sido convertida por el presidente Chávez en una especie de campamento volante, en reino de reservistas, en patio de mandar y obedecer, en serie infinita de tiendas de campaña, en bazar de fusiles y municiones o en lo más parecido a un puente de guerra, los héroes y los villanos del día visten de uniforme para que los contemplemos en su desfile”.
Mientras persiste en su ya avanzado proyecto de convertir a los militares en brazo armado de un poder sólo sometido a él, a tambor batiente y paso redoblado Chávez pisa el acelerador y va edificando su aparato político-policial, denominado Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV), cachorro del esqueleto de control estatal con que sueña el comandante, confeso admirador de la Rusia de Stalin, el sistema de partido único (comunista) de Cuba y el Irán los ayatolás. La oficialidad del ejército, la aviación, la armada y la Guardia Nacional, con ocho promociones completas ya graduadas bajo égida chavista, es enviada rutinariamente a recibir cursos en las escuelas militares cubanas.
Y hay algo peor todavía: el domingo, tomando el desayuno en Caracas, leí las denuncias del ex ministro de Defensa de Chávez, Fernando Ochoa Antich: Chávez, dice, busca una pelea con Colombia al estilo de lo que hizo Galtieri con Gran Bretaña por las Malvinas y, mientras tanto, avanza en la organización y armado de milicias barriales y sindicales, entrenadas en prácticas de combate al estilo de “guerra popular prolongada”.
Las arepas son tan sabrosas como siempre, aunque no se consiguen ya las de pernil, las mejores. El aire de la ciudad, cada vez más intoxicado por un tránsito asfixiante, sigue exhibiendo la portentosa exuberancia de sus cerros cubiertos de una fastuosa vegetación. La gente es ruidosa, musical y vistosa y el país viene de 40 años de democracia, que la prepara para patalear duro si una oligarquía uniformada quiere imponer un vetusto comunismo de guerra a sangre y fuego.
Llegué a Venezuela huyendo de la Triple A del gobierno del matrimonio Perón y ahora he vuelto a recorrer los caminos de aquel comienzo de la libertad. Hoy este entrañable país parece atrapado en el cepo de un mussoliniano experimento que no sólo es disparatado: además, es muy peligroso y no puede tener un desenlace luminoso.
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