La otra verdad incómoda
Por Vicente Albornoz Guarderas
El Comercio, Quito
El Gobierno está decidido a controlar la ‘escalada de precios’. Craso error. Se queja que la leche, el pan y otros productos han subido de precio y eso, además de ir contra su ideal de ‘un mundo feliz’ (feliz por decreto), está minando su popularidad. El Gobierno quiere actuar y está preparándose para poner controles de precios, hacer redadas, incautarse de productos y hasta encarcelar a esos malvados seres popularmente conocidos como ‘especuladores’. La incómoda verdad es que eso no servirá de nada.
El ejemplo de lo que podría pasar nos lo dan los cilindros de gas, bienes de primera necesidad con un precio político. Porque cuando el precio de algo está por debajo su costo, lo que suele ocurrir es que su consumo crezca sensiblemente, que se lo use con fines distintos de los originales (el gas se usa en autos y en industrias) y que se lo contrabandee (Perú y Colombia agradecen el gas barato que les provee el Ecuador).
Para frenar el ‘mal’ uso del gas son necesarios constantes operativos policiales que, a pesar de todo el show que montan, tienen un efecto limitado. A pesar de los operativos y las incautaciones, Perú, Colombia, algunos automovilistas y muchas industrias siguen agradeciendo el gas barato que les proveemos.
Pero a los ecuatorianos no nos nace decir ‘de nada’ porque ese gas no estaba destinado para ellos y con seguridad preferiríamos que el dinero que se filtra en esos usos se gaste en otra cosa, porque la única manera de evitar una escasez absoluta de gas es meter cada día más y más dinero en subsidiarlo. Pero no hay nada que hacer: la política decidió que el precio era USD 1,6 por cilindro y el país pagará las consecuencias de esa decisión (o de la indecisión de modificar ese precio).
La leche y el trigo son productos cuya demanda ha subido a escala mundial y cuya oferta ha caído, también a escala mundial. En todo el planeta están subiendo de precio y a ningún consumidor le hace feliz que así sea. A todos nos disgusta pagar más para consumir lo mismo. Pero si no pagamos más simplemente dejaremos de consumir esos productos. Esa es la parte más incómoda de la verdad.
Ahora, el ‘pago adicional’ lo pueden hacer los consumidores o el Estado. Si lo hace el Estado ya sabemos lo que pasará (uso excesivo, mal uso, colombianos y peruanos agradecidos) pero, además, se le estará dando una ayudita a la corrupción porque siempre habrá coimas y propinitas necesarias para ‘facilitar’ ese mal uso. Valga la oportunidad para insistir que cuando algo se paga con plata del Estado, al final lo estamos pagando todos. Y después, cuando falte la plata, algún pobre gobierno no tendrá otra salida que implementar un paquetazo, un ajuste de ‘shock’.
Ahora, si ese ‘pago adicional’ lo hacemos los consumidores, al menos van a pagar más aquellos que más consuman y no habrá ninguna ayudita a la corrupción. Tampoco habrá esas extorsiones que nos hacían los tenderos en los años setenta, cuando uno iba a comprar un litro de leche y le decían “si mijito, lleve nomás la leche, pero también tiene que llevarme pancito”.
Escasez, corrupción y chantajes de tenderos. Ese puede ser la incomodísima pero real cara del socialismo del siglo XXI.
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