Están todos locos
Por Rodolfo Sienra Roosen
El País, Montevideo
A un alto jerarca de cuyo nombre no quiero acordarme, le atribuyeron decir que se consideraba la aplicación del impuesto a la renta a las prostitutas, de acuerdo a un sistema especial que habría de estudiarse.
La Asociación de Meretrices puso el grito en el cielo y no se habló más, pero con esta administración, nunca se sabe. Son capaces de cualquier cosa.
Entonces me quedé pensando en qué, cómo y a quién, se le podría aplicar la especialidad que se estudiaba.
Cortando el salame grueso, hay dos clases de prostitutas. No todas venden su cuerpo. Las hay vocacionales, hacen el amor por el amor mismo. Lo que reciben no es cuantificable es imposible darle valor al mero placer sin contrapartida económica. Es como pretender que tribute quien se come en privado el riñón de un corderito deshuesado a las brasas como de tanto en tanto me regala un buen amigo. El hedonismo no es hecho generador de tributos.
Luego, tenemos las clandestinas, las amantes secretas, las mantenidas, a quienes se les paga una vivienda, o se les abre una cuenta en el banco como compensación de favores prohibidos.
No son mujeres públicas, pero son tan prostitutas como cualquiera. Esas sí que generan ingresos cuantificables. Pero el Estado no puede llegar al extremo de invadir tan groseramente la privacidad de la gente para satisfacer su voracidad. Ya es suficiente con el levantamiento del secreto bancario.
No puede ser que para hacer justicia social se arriesguen reputaciones de fidelidad matrimonial y de buen comportamiento, o se provoquen crisis familiares.
En cualquier alternativa si a funcionarios públicos se les ocurre meter las narices en donde nadie los llama, los investigados podrán oponer la acción de amparo. Y si me apuran, aun la legítima defensa si llegara el caso. Lo que no impide recomendar cuidado, no regalarse, ante el riesgo del escándalo público y de la posible extorsión.
Y finalmente tenemos a las que trabajan por necesidad, y sin recato alguno. Pueden ofrecerse por la calle, con mayor intimidad en “casas de tolerancia” como las llamaba Amézaga, o en hoteles de alta rotatividad.
Precisamente porque su trabajo se prepara o se ejecuta -o las dos cosas- a la vista y paciencia de quien quiera verlo, en este caso no hay privacidad que defender, al menos por las o los -si son travestis- sujetos pasivos del asunto, podría pensarse en considerarlas contribuyentes.
También en este nivel de prostitución puede haber subcategorías. Las hay quienes tienen un carnet de salud, lo que hace suponer que están registradas en Salud Pública, y las informales. Esta reforma mal vestida de impuesto a la renta es dañina e injusta, pero yo no puedo creer que se llegue a tal extremo de maldad como para perjudicar a esta pobre gente que se gana la vida con el ejercicio de la profesión más antigua. Es que la variedad de situaciones es tan grande en lo que refiere a remuneraciones, contrapartidas, a la intervención de madamas explotadoras y proxenetas, que imponerles un ficto sería igualar a los desiguales.
Es claro, aquí todo es posible, desde que cuerpos de elite de inspectores de la DGI o del BPS allanen los locales de alojamiento, y hasta se metan en automóviles para levantar actas.
Permítanme sugerir que por lo menos al sexo lo dejen quieto.
Haber pensado en aplicar el IRPF a las prostitutas, asombra. El oficio no siempre es triste, pero es maligna la obsesión por complicarle la vida a la gente.
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