Filosofía social
Por Rómulo López Sabando
El Expreso de Guayaquil
El único animal que razona es el humano. Por este privilegio convierte sus “bestiales” instintos en valores y estos en “derechos”. Al instinto sexual lo convierte en amor. Al instinto de sobrevivencia en derecho a la vida. Al instinto de “marcar territorio” (orinar, defecar o rascar la tierra), en derecho de propiedad. Al instinto gregario (andar en manada) en derecho social. Al instinto nómada en derecho a ser libre.
Pero, la libertad (individualidad) implica “responder” por los resultados de sus actos. Es decir, no hay libertad sin responsabilidad. Por conveniencia y reciprocidad social asume los “deberes”. La esclavitud externa es inhumana. La interna es mental. El homosapiens no es sólo un “animal racional” (Aristóteles), sino un animal sensitivo, que ha desarrollado talentos. (Habilidades, aptitudes, competencias) “Decide” qué le conviene meter en su cuerpo. “Discierne” qué le conviene mentalizar.
El humano es un “microcosmos” con afectos, desafectos, temores, odios, amores, rencores, pasiones, bondad, maldad, dureza, dulzura, alegrías, penas, valentías, cobardías, traiciones, lealtades, deslealtades, envidias, vicios, pecados, virtudes, aprehensiones, angustias, caridad, egoísmos. Nada de esto “vive” el animal, que carece de voluntad, albedrío, sentimientos y emociones.
La persona entiende que disfrutar de “sus derechos” sólo es posible dentro de dos ejes vitales que, en la sociedad, debe respetar y proteger: a) La igualdad de la naturaleza versus la desigualdad de individualidades, que se robustece con la “igualdad de oportunidades” en la relación social y b) el respeto al derecho ajeno, que es la paz, como dijo Benito Juárez. La “igualdad de resultados” es una barbaridad (de barbarie) impropia de la civilizada vida social pues la satisfacción de necesidades y apetitos son distintos y diferentes en cada humano. Las necesidades son ilimitadas en su número pero limitadas en su capacidad, es un principio básico en economía. La búsqueda de medios para vivir, comer, dormir, etc., activan la vida social.
Las diferencias dan origen al “intercambio” que es “el trabajo”. Este nos distingue y, en apariencia, nos iguala. Unos poseen lo que otros necesitan. Si alguien demanda algo, siempre habrá otro que trabaje para proveer e intercambiar. Es la oferta espontánea de bienes, servicios y empleo. Es la “Ley de oferta y demanda”. Nadie la inventó. Es igual que la “Ley de gravedad”. Fueron descubiertas.
La demanda genera “el mercado”, que no es sólo un sitio físico. No cabe confundirlo con lugares donde concurren las gentes para comprar o vender. No es una entidad, persona, individualidad ni colectividad. No es tirano ni benefactor. Es el intercambio “voluntario” de intereses para satisfacer necesidades propias o de grupo. Igual que el lenguaje, es una abstracción. Lo contrario al trabajo es el ocio. La negación del ocio son los “negocios”. El mercado es trabajo y negocios. Cada uno de los demandantes y oferentes busca ganar. Es la filosofía del ganar-ganar. Es suma positiva. El que compra, “valora” su dinero o bienes que tranza de menor mérito que lo que adquiere.
E igual, el que vende u oferta, valora el dinero que recibe con mayor aprecio a lo que da o entrega en el “negocio”. Lo contrario es “la suerte”, la lotería, en la que uno o pocos ganan y muchos pierden. Es suma cero. Nadie, ni siquiera los ascetas trabajan para otros sin recibir a cambio algo para su satisfacción material o espiritual. Sólo el humano compra y vende. Los animales no, pues su ley es la del más fuerte. La ley de la selva. (Darwin). La generosidad, la magnanimidad y la solidaridad, de las que carecen las bestias, son virtudes propias del humano. He aquí las maravillas de la civilización.
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