La muñeca rusa de América Latina
Por Vicente Echerri
El Nuevo Herald
Algunos afirman que el ”efecto dominó” que Estados Unidos temía que ocurriera si abandonaba Vietnam, y que más tarde desmintieron los hechos, se está produciendo ahora mismo en América Latina. Un gobierno tras otro asume una agenda izquierdista y antinorteamericana ante la atónita mirada del Tío Sam que, hasta la fecha, parece enfrentarse con impotencia a los hechos consumados.
Otros se refieren al fenómeno como una suerte de clonación seriada, a partir del modelo venezolano, de inspiración castrista, que reaparece en Bolivia, Ecuador y Nicaragua, países estos donde sus líderes, legitimados por el voto del pueblo, se suman a la polifonía ”antiimperialista” que los acerca a regímenes como los de Cuba, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte.
En mi opinión, lo que mejor representaría a esos gobiernos latinoamericanos es una matrioshka, esa típica muñeca rusa que esconde en su interior otra más pequeña y ésta, a su vez, otra más pequeña, hasta llegar a una última que, siendo exactamente igual a la primera en diseño, es significativamente diminuta.
En este juego de la renovada izquierda latinoamericana, la primera muñeca podría llevar la cara de Hugo Chávez; no sólo por antigüedad, sino por ser el que preside el país más rico y también por ostentar el mayor colorido y resultar el más pintoresco, entrometido y estridente de todos los líderes del continente. Aunque admirador e imitador de Castro en muchas cosas, Chávez supera a su mentor en vulgaridad y desfachatez: el socialismo venezolano es medularmente canallesco.
Medido por un rasero de estridencia, a Rafael Correa le correspondería la siguiente muñeca. El presidente ecuatoriano grita y amenaza como Chávez y se propone seguir los pasos de éste en lo de redactar una nueva constitución, condenar la política neoliberal, rechazar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, etc.; pero, a pesar de todos sus empeños y manoteos, es bastante más pequeño que Chávez, como menos importante es el país donde él manda en relación con Venezuela.
Destapamos a Correa y dentro nos encontramos la cara redonda y plácida de Evo Morales, en quien el chavismo parece atenuado por la típica parsimonia de los indios del altiplano andino. A Evo le gustaría ser Chávez, o por lo menos Correa, y de cierto modo, alguna vez lo fue cuando era dirigente sindical; pero la presidencia de Bolivia le ha presentado muchos escollos, poniéndolo más cerca de la ingobernabilidad y la deposición que a cualquiera de sus colegas. Aunque quiere imitar al venezolano, la realidad política lo ha ido acercando más a Kirchner y a Lula.
Finalmente, esta muñeca rusa concluye con la insignificante plebeyez de Daniel Ortega que es un vulgar remedo de sus homólogos: visita los mismos países y repite las mismas muletillas del viejo discurso antiimperialista; pero, de puertas adentro, se mantiene tranquilo: sabe que lo dejaron llegar al poder con la condición de que en Nicaragua todo siga igual y hasta ahora va cumpliendo.
Desde luego, cada reproducción descendente es más burda y más patética que la anterior, así como grotesca e irritante en dirección contraria. Sobre el mapa de América Latina surgen, como unos hongos o las partes de una monstruosa matrioshka, estos mandatarios de idénticos modales y discursos, a escala diferente, que ya logran alterar la región.
Resta preguntar: ¿qué hará finalmente el Tío Sam? ¿Decidirá jugar a las muñecas?
©Echerri 2007
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