Retrosocialismo
Por Diego Márquez Castro
Correo del Caroní
“El auténtico símbolo de la URSS no era la hoz y el martillo, sino la cola de consumidores“.
Alvin Toffler
Hace ya mucho que desaparecieron del mapa geopolítico mundial la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus satélites de Europa Oriental, donde las nuevas generaciones no tienen idea de lo que es cantar la Internacional, ni tampoco tratar a sus semejantes de camaradas, ni pensar y actuar según los dictados de la línea del partido. Eso ya es pasado histórico. Hoy esas sociedades, en su mayoría, forman parte de la Unión Europea, se han desarrollado dentro de la economía de mercado, son democráticas y pluralmente políticas dentro de cuyo espectro lo que quedó de los partidos comunistas se conformó en otras organizaciones de izquierda.
Ser comunista en esos países es en la actualidad un atavismo. Pero, en pleno siglo XXI, en estas tierras caribeñas, la ficción de la máquina del tiempo parece haber entrado en el escenario de una suerte de realismo mágico al estilo de García Márquez, y desde las alturas del poder se suspira y anhela por la URSS, el socialismo real, el muro de Berlín, la planificación central… Y los suspiros se traducen en un discurso inevitablemente fuera del tiempo. El típico discurso retro.
Quienes suspiran por la vuelta a un pasado sepultado simbólicamente por los escombros del ominoso muro berlinés, deberían revisar las páginas de la historia contemporánea para darse cuenta que eso que ellos anhelan, ese sistema que malamente bautizaron como “socialismo”, en realidad es un muestrario de agresiones y negaciones a la vocación por la libertad y la dignidad del ser humano. Ese “socialismo” que la dinámica de la historia se encargó de pasar a retiro, durante muchas décadas del siglo XX se convirtió en signo y fórmula de opresión.
En nombre de ese “socialismo” fueron sacrificadas millones de personas que murieron por el hambre, los maltratos, el gulag y la represión encarnada en la siniestra figura de José Stalin, un personaje muy bien representado en el Big Brother o Gran Hermano de la novela 1984, del escritor inglés George Orwell.
Vale revisar las páginas de la obra Agosto 1914 de Alexander Solyenitsin, escritor ruso perseguido, acosado y execrado por la oligarquía roja de Moscú, para darnos cuenta cómo funcionaba la censura a la libertad de expresión y a la creatividad literaria en la tan soñada Unión Soviética de la década de los años setenta. En una nota para la edición rusa de 1971, publicada en el extranjero, el escritor manifestaba: “Prohibida por la censura, con pretextos que no alcanzan a una mente humana normal, la presente obra no puede publicarse en nuestra patria como no sea por los procedimientos del Samizdat (ediciones clandestinas); y puede que el único motivo de su interdicción haya sido el indispensable requisito oficial de escribir Dios con minúscula. No podía yo plegarme a semejante humillación.
La orden de poner Dios con minúscula constituye una ruin mezquindad ateizante”. En esos mismos años, un poco antes, 1969, se conoció la expulsión de Solyenitsin de la oficialista Unión de Escritores Soviéticos; hecho ante el cual el gremio de escritores franceses, en carta abierta, declaró: “Creemos saber que en otro momento, los hombres más razonables lamentaron profundamente el error análogo cometido en relación con Boris Pasternak”. Este escritor ruso había ganado el Premio Nobel de Literatura de 1958 por su novela Doctor Zhivago, la cual fue vetada por la cúpula comunista, siéndole impedido al intelectual viajar al exterior para recibir el premio. Por eso, los intelectuales franceses preguntaban: “¿Es verdaderamente necesario que los mejores escritores de la Unión Soviética sean tratados como seres nocivos?
Esto resultaría perfectamente incomprensible si no viéramos que en ellos, con la complicidad singular de algunos de sus colegas no es sólo a los escritores en su conjunto sino, de una manera general, a los intelectuales, a quienes se trata de atemorizar y persuadir a fin de que no sean más que soldados que marchan a paso de desfile”. ¿Es esto por lo que se suspira y anhela como futuro para nuestro país?
En el libro Ya no es posible callar de Roger Garaudy, quien fuese figura prominente del partido comunista francés, organización con la cual rompió en desacuerdo con la invasión soviética a Checoslovaquia, hecho que significó el aplastamiento de la Primavera de Praga, se incluyen importantes documentos que bien les valdría leer a quienes en este comienzo del tercer milenio abogan por instaurar un “socialismo de trasnocho” en Venezuela y América Latina, a ver si aprenden de las experiencias del pasado.
En la mencionada obra, Garaudy hace referencia a una carta recibida de estudiantes polacos que en marzo de 1968 manifestaron contra medidas que consideraron arbitrarias, siendo reprimida y criminalizada su protesta. Sobre el hecho, Garaudy expresó: “Un estudiante polaco que como consecuencia de los acontecimientos de marzo, fue expulsado de la Universidad de Varsovia, escribe desde Viena: Muchos de mis compañeros están arrestados en la cárcel de Mokotow donde esperan su proceso o purgan su pena. Les escribo para explicarles cómo se manifiesta este problema en la esfera interna y cuáles son las provocaciones de las que se sirven la autoridades polacas”. Los estudiantes, de acuerdo a la misiva, reclamaban por la expulsión de dos compañeros, la cual consideraban injusta. La protesta “fue dispersada por la policía en el momento en que estábamos a punto de retirarnos y volver a nuestras casas”.
Lo que vino posteriormente se tradujo en fuertes represalias en contra de los estudiantes y sus familiares: “En Polonia, personas absolutamente inocentes son condenadas a dos años de prisión y dentro de poco verán aumentado el plazo”. El autor de la carta, alerta sobre la manipulación que en tal sentido hacía de las leyes y los tribunales de justicia el gobierno comunista de su país. Es decir, pues, que no sólo en Polonia sino en los países “socialistas”, incluyendo la expresión cubana, hoy devenida en reliquia, los estudiantes no debían pensar y expresarse con libertad sino obedecer al partido único, al líder único…
Finalmente, del propio Garaudy, cabe resaltar las siguientes palabras en referencia a quienes rompiendo con esquemas y modelos políticos ya agotados, deben avanzar hacia la construcción de una sociedad auténticamente libre, sin ataduras ni cadenas: “No entraremos en el porvenir de espaldas. Pero con la condición de que cada uno tenga conciencia de ser personalmente responsable de este porvenir; que tenga conciencia de que con la batalla de cada día, perdida o incluso ganada, nada termina, todo se inicia”. Debemos soñar, sí, pero con una sociedad para el hombre, no con el hombre para una sociedad colectivista.
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