La batalla sobre la inmigración
Por Mario Diament
La Nación
MIAMI.- Tanto el optimismo como la indignación frente a las perspectivas de una nueva ley que resuelva la situación de más de 12 millones de inmigrantes ilegales en los Estados Unidos, parecen al presente un tanto prematuros.
El acuerdo bipartidista concluido esta semana en el Senado para reformar el sistema inmigratorio, el cual cuenta con el apoyo del presidente George W. Bush, es apenas un punto de partida en lo que promete ser un largo y tortuoso camino.
Aún si el anteproyecto sobrevive el debate en el Congreso en sus presentes condiciones y termina convertido en ley (cosa que pocos creen), su puesta en práctica será tan extraordinariamente compleja que aún los presuntos beneficiarios encuentran pocos motivos para celebrar.
En estos momentos, el anteproyecto espera la votación del Senado que, probablemente tendrá lugar a comienzos de junio, después del receso de Memorial Day (el día de los muertos en servicio de la Nación) y de aprobarse, pasará a consideración de la Cámara de Representantes, cuya reciente experiencia con la ley de inmigración no augura un pasaje fluido.
En efecto, durante el intento anterior, en enero del 2006, la Cámara baja aprobó por 239 votos contra 182, un anteproyecto que aumentaba las multas a los empleadores que contratasen inmigrantes ilegales, convertía la presencia ilegal en los Estados Unidos en un delito y ordenaba el emplazamiento de un alambrado de 1130 kilómetros a lo largo de la frontera con México.
Humanidad vs. pragmatismo
La mayor novedad que aporta esta nueva reforma inmigratoria gestada por los senadores Edward Kennedy (demócrata) y John McCain (republicano), tiene que ver con la situación de los inmigrantes legales y no con los ilegales.
Por primera vez en 40 años se abandona el principio de reunificación familiar a favor de una selección basada en la capacidad de los solicitantes. Este es un desvío drástico del principio humanitario de la reforma de 1965 que daba prioridad a la unidad familiar en beneficio de un criterio esencialmente pragmático, que toma en consideración las necesidades de la economía.
El anteproyecto establece un sistema de 100 puntos para los solicitantes, donde aquellos que obtengan el puntaje más alto serán seleccionados para recibir las visas. Estos 100 puntos se dividen en una escala máxima de 47 puntos por trabajo, 28 puntos por educación, 15 puntos al conocimiento de inglés y educación cívica y 10 puntos a las características familiares.
Uno de los principales efectos de este criterio de selección es que favorece la inmigración de asiáticos y europeos, muchos de los cuales llegan con estudios universitarios, en desmedro de los latinoamericanos y caribeños, la mayoría de los cuales ni siquiera tiene estudios secundarios. Estos deberán resignarse al programa de trabajo temporal, que prevé el ingreso anual de 400.000 extranjeros para tareas agrícolas por un período de dos años, tras lo cual deberán regresar a sus países de origen.
Para los 12 millones de indocumentados que deseen legalizar su situación, se establece una visa llamada “Z”, renovable cada cuatro años, para cuya gestión el solicitante deberá pagar una multa de 5000 dólares, más 1500 dólares por gastos de procesamiento y deberá retirarla en su país de origen.
Burocracia
Como si la burocracia no fuera suficiente, el gobierno también demandaría una reverificación del estatus de todos los trabajadores, incluyendo los ciudadanos (esto es, 145 millones de personas) al mismo tiempo que procuraría contener la inmigración ilegal con 321 kilómetros de barreras, 595 kilómetros de alambrado y 70 torres de radar a lo largo de la frontera con México.
Los defensores del anteproyecto sostienen que una reforma es siempre mejor que ninguna reforma, lo cual parece un argumento convincente. Excepto que la experiencia indica que cuando una ley es impracticable, lo mejor es que no exista.
Como para dar una idea del tipo de recepción que el anteproyecto puede tener en la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, un ex líder de la mayoría durante el control republicano, envió un mensaje a sus seguidores diciendo que “las noticias del acuerdo en el Senado deberían tener el mismo efecto que la palabra iceberg tuvo en los pasajeros del Titanic”.
Ayer, The New York Times publicó el resultado de una encuesta que realizó junto con la cadena CBS, que demuestra que una mayoría de norteamericanos favorece la legalización de los indocumentados y la creación de un programa de trabajadores temporales.
Esta es la primera buena noticia que Bush recibe en mucho tiempo. Bombardeado desde todos los frentes -desde la guerra de Irak hasta la continuidad de su fiscal general-, el presidente apuesta a que la sanción de la reforma inmigratoria se convierta en su legado.
Pero esta visto que a cierta gente solo le está dado llevar adelante sus peores ideas. Las buenas los eluden, como para no perturbar la trayectoria.
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