Las costumbres no mejoran con la tecnología
Por Jean Michel Dumay
Clarín
En Gran Bretaña la gente está cansada de incivilidad. No sólo de los actos de típico vandalismo. También de pequeños desórdenes o actos agresivos de carácter público que, sin ser crímenes ni delitos, destruyen las buenas costumbres: tirar papeles o colillas de cigarrillos al suelo, escupir, hacer ruido, etc.
Luego de haber probado en el norte de Inglaterra un sistema de cámaras “parlantes”, éstas se generalizarán en una veintena de ciudades y en dos barrios londinenses: “¡Eh, usted! ¡Levante lo que acaba de tirar!”. Voces reprenderán a la gente a través de centros de control que la espían.
Las reacciones que suscita este último Gran Hermano en un país que ya está muy “videocontrolado” (una cámara instalada cada 15 habitantes) son imaginables.
Pero no sólo en Gran Bretaña exaspera el aumento de incivilidad. También aparece recurrentemente el tema en Francia, Bélgica y Suiza. Concierne a todos los espacios públicos: hospitales, agencias de empleo, escuelas (donde se suma a la cuestión de la violencia), transportes públicos…
Del mismo modo, al comprobar el año pasado en Internet un claro aumento de quejas de clientes y de agentes del transporte público, la RATP (Régie autonome des transports parisiens) lanzó una campaña para luchar contra este fenómeno a fines del 2006: conversaciones invasivas de teléfonos celulares, chillidos de reproductores portátiles que importunan, pasajeros que ocupan los asientos plegables en las horas pico u omiten ceder su lugar a los ancianos y a las mujeres embarazadas…, sin contar los “clásicos” daños materiales, insultos a los agentes o boletos de transporte que no son válidos.
En su libro Tolerancia cero, incivilidad e inseguridad, Sebastián Roché, director de investigaciones del CNRS, describe el modo en que este fenómeno influye en el deterioro del ambiente y en el sentimiento de inseguridad. Si no hay respuesta, la multiplicación de incivilidades afectaría no sólo la confianza en las instituciones, sino también, al fin de cuentas, la frecuencia de actos delictivos.
¿Cuáles pueden ser sus causas? Hay dos explicaciones que generalmente se oponen: un déficit de represión (la sociedad estaría arruinada por falta de reglas) o un defecto de socialización (la sociedad ya no sabría vivir en comunidad).
Atrevámonos a agregar una tercera, que concierne a la naturaleza misma de siglos de comunicación. Gracias a las nuevas tecnologías, el individuo se sentiría cada vez menos limitado y obligado por su entorno inmediato. Puede estar presente físicamente, pero conectado al mundo, a sus redes, a sus tribus. Con un clic, con un simple movimiento de un dedo, puede decidir ya no estar. Allí donde antes él no podía escapar a su contexto, su territorio, su entorno, donde debía relacionarse necesariamente con lo real (toda una base para su educación), con la frustración, ahora puede huir, abstraerse de sus obligaciones, escapar a los territorios infinitos de lo virtual y, sobre todo, elegir a sus interlocutores (¿cuántas conversaciones por e-mail, foros o mensajería instantánea interrumpidas abruptamente y bloqueadas sin aviso?).
El individuo se sentiría así todopoderoso. Esto nunca llevó a la civilidad.
Copyright Clarín y Le Monde, 2007.
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