Wall Street invade el mundo de los coleccionistas
Por Robert Frank
The Wall Street Journal
La bonanza económica en E.U. ha llevado más gente adinerada a buscar bienes que pocos pueden tener.
Bertoia Auctions, una casa de subastas estadounidense, vendió hace poco uno de sus artefactos más preciados por US$72.800.
No era un cuadro de un pintor conocido, una escultura ni un mueble de estilo Chippendale. Era un tope de puerta de los años 30. “Es extremadamente raro”, dice Jeanne Bertoia, dueña de la casa de subastas y coleccionista de estos objetos. “Muchos coleccionistas lo codiciaban”.
El hobby de coleccionar objetos ha alcanzado niveles sin precedentes en Estados Unidos. Y no son sólo artículos como las botellas del vino Cheval Blanc de 1947 los que alcanzan precios récord. La bonanza económica, que ha multiplicado el número de personas ricas en el país, ha llevado a que más gente adinerada busque bienes que pocos pueden poseer, disparando el precio de todo tipo de artículos coleccionables, desde estampillas a alcancías mecánicas y botellas chinas de rapé.
Algunos de los compradores son coleccionistas veteranos que se han dedicado a ese hobby durante años. Sin embargo, los dueños de casas de subastas y los vendedores dicen que el mercado ha cambiado, impulsado por un nuevo tipo de comprador: jóvenes empresarios o exitosos corredores financieros que utilizan su nueva riqueza y gustos sofisticados para incursionar en nichos poco conocidos.
Para algunos de esos compradores, los objetos coleccionables no son sólo algo para exhibir a los amigos. Son activos negociables, tal como las acciones o los bonos.
Uno de estos casos es el del multimillonario William Gross y su colección de estampillas.
El legendario corredor de bonos y fundador de Pimco Investments fue noticia recientemente cuando anunció que planea vender parte de su colección para donar los recursos a obras de caridad. Según los expertos, se espera que los lotes —que incluyen los llamados “Penny Blacks” de 1840, las primeras estampillas adhesivas del mundo— alcancen un valor de por lo menos US$5 millones.
Gross dice que pagó US$2 millones por las estampillas, compradas entre 1998 y 2000. Pero a diferencia de los filatelistas tradicionales, que seguían sus instintos para comprar y vender, Gross aplica algunas de las sofisticadas estrategias financieras que usa para hacer millones de dólares en los mercados de bonos.
Al analizar los patrones de los mercados de estampillas en los últimos 75 años, Gross descubrió que algunas ventas acompañaban de cerca el crecimiento del PIB nominal de Estados Unidos. Al proyectar el crecimiento futuro del PIB, también pudo estimar los precios futuros de ciertas estampillas.
“Estudié la historia de las estampillas e hice una correlación entre sus precios y la tasa de crecimiento de la economía”, explica Gross. “No creo que muchos filatelistas entendieran lo que estaba haciendo”.
Gross dice que coleccionistas ricos como él han llevado los precios de las estampillas a niveles tan altos que ahora teme haber llegado a una cima. Esa es una de las razones por las que decidió
vender parte de su colección.
También está el caso de Paul Tudor Jones II, un multimillonario del mundo de los fondos de cobertura que está revolucionando el mercado de señuelos de pato, aves talladas en madera que se usan en las cacerías. Jones, un ávido cazador, rápidamente acumuló la más valiosa colección de patos señuelo de Estados Unidos. Los expertos en el tema dicen que Jones es responsable por un alza en los precios de esos patos, agregando que en varias subastas recientes se vio una verdadera guerra de ofertas entre él y Jerome Lauren, el hermano del diseñador Ralph Lauren, otro coleccionista apasionado por estos objetos.
En enero, las casas de subastas Christie’s y Guyette & Schmidt vendieron un pato señuelo de fines del siglo XVII por US$856.000. “Estamos esperando que uno rompa la barrera del millón”, afirma Margot Rosenberg, directora del departamento de arte estadounidense de Christie’s.
Otro artículo codiciado son las alcancías mecánicas, que se convirtieron en un objeto favorito de los ejecutivos de Wall Street. Bertoia vendió hace poco por US$62.000 una alcancía en la que se ve un niño con un sapo y una cabra. El remate siguió a uno el año pasado de una alcancía de una niña saltando la cuerda que se adjudicó por US$72.600.
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