Entre Antonios
Por Luis Álvarez
La Opinión
Ya era hora. Antonio Villaraigosa y Antonio Saca se sentarán finalmente hoy mismo a la misma mesa.
Que el primer viaje del alcalde angelino a un nación latinoamerica sea a El Salvador revela claramente que conoce muy bien el terreno que pisa.
El Salvador y Los Ángeles cojean del mismo pie: ambos están sumidos en una lucha sin cuartel contra las pandillas y los resultados no son precisamente los más halagüeños.
Y ambos requieren una solución al problema, especialmente porque los miembros de tales grupos parecen reciclarse en un constante ir y venir entre ambas zonas.
Miles de pandilleros de origen salvadoreño han hecho de las suyas en Los Ángeles y otras regiones del país y muchos de ellos —deportados a su país de origen— llegan a sembrar el caos en la tierra que los vio nacer, ahora con las artimañas aprendidas a su paso por el norte.
Peor, una buena cantidad de esos pandilleros reingresa ilegalmente en EU haciendo del asunto un infernal ciclo sin fin.
Los números no mienten. Grupos como la Mara Salvatrucha, en un principio compuesta por integrantes de origen salvadoreño y a la que se le atribuyen conexiones con el narcotráfico, se han convertido en una red internacional con miles de miembros. Se calcula que unos 50 mil jóvenes delincuentes engrosan sus filas de la también llamada MS-13, en ciudades como Los Ángeles, Washington, D.C. y países como México, El Salvador y Guatemala.
No en vano Los Ángeles tiene el nada honroso mote de Capital de las Pandillas. El Salvador no se queda atrás. La nación centroamericana ocupa un primerísimo lugar en violencia en Latinoamérica, y la mayoría de tales ejecucuciones se le atribuyen a las pandillas.
Tristemente, los dos dirigentes tienen un reducido margen de acción: en El Salvador las cárceles hace tiempo albergan bastante más reos de los que pueden sostener.
En algunos centros de detención existen hasta cuatro veces más prisioneros que el número previsto. En definitiva, es una receta perfecta para que el delincuente, lejos de regenerarse, se degenere más en ese asfixiante entorno. Y los programas que permiten reincorporar a estos jóvenes a la vida productiva carecen de recursos y son apenas simbólicos.
Villaraigosa padece otro tanto en Los Ángeles, con el agravante de que el problema de la saturación carcelaria va más allá de lo que el alcalde pueda resolver. El estado apenas afina un acuerdo para ponerle fin a la sobrepoblación carcelaria.
Solucionar el problema de fondo con algo más que poner a los infractores tras los barrotes es un alternativa que le costaría a la ciudad cientos de millones de dólares que por ahora no puede sufragar.
Pero algo puede hacerse. El jefe de la Policía de Los Ángeles, William Bratton, acompaña a Villaraigosa en su periplo, y un intercambio más fluido de información entre los cuerpos policiales de aquí y de allá es un paso en la dirección correcta.
Se trata de arrollarse la mangas y ponerse a trabajar, y en eso Saca y Villaraigosa paecen estar de acuerdo. Aquí hay mucha tela que cortar. Parafraseando a Winston Churchil: es mejor que ambos vean en esto una oportunidad que una calamidad.
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