Ciencia y política del calentamiento global
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital, Asunción
(Puede verse también en este blog La gran estafa del calentamiento global de S. Fred Singer)
El calentamiento global es un enigma. La ciencia no sabe con certeza su origen, causas y efectos. Muchos científicos advierten que si no se toman con urgencia drásticas medidas para reducir los gases invernaderos que resultan del uso de combustibles fósiles, el mundo sufrirá desastres de dimensiones apocalípticas como muestran sus modelos climáticos. Otros científicos aseguran que sus colegas y sus modelos están equivocados y que las medidas obligatorias como el Protocolo de Kyoto no solo serán inútiles, sino también funestos para los países.
Al igual que China y EE UU, Canadá se niega ha ratificar el acta de Kyoto porque le costaría la recesión de su economía y la pérdida de 275.000 empleos. En lugar de ello, integrará el grupo AP6, junto a Australia, Japón, India, EE. UU., China y Corea del Sur, que pretenden reducir la emisión de gases invernaderos mediante innovaciones tecnológicas y recortes voluntarios. La solución al calentamiento global –sostienen– no debe restringir el uso de energía y frenar el crecimiento.
Estos países están preocupados no solo por el costo elevado de las medidas, sino porque algunos estudios climáticos revelan que el acta de Kyoto es un error. No existe prueba alguna que el actual calentamiento haya sido causado por gases invernadero originados en las actividades del hombre. Las evidencias muestran que el calentamiento surge de causas naturales como la actividad solar. No le afectan las restricciones de Kyoto sobre emisión de CO2, ni el uso de combustibles antieconómicos como el etanol y el hidrógeno, o la generación eléctrica con fuentes solares, biomasa, viento. Y muchos creen que un clima más caliente puede resultar beneficioso para la humanidad.
Pero lo más enigmático del calentamiento global es que, pese a tratarse de un dilema científico, el debate se ha trasladado al campo ideológico y es dirigido por políticos como Al Gore. Los socialistas, sin excepción, sostienen que el hombre es culpable del cambio climático y que urge aplicar el Protocolo de Kyoto para restringir la activad industrial y el uso de combustibles fósiles porque el desastre es inminente. La derecha defiende una postura unánimemente opuesta.
Estas posiciones no son un capricho de la izquierda y la derecha. Las ideologías solo tratan de ser coherentes. La izquierda sostiene la amenaza del calentamiento global porque sabe que las “soluciones” serán anticapitalistas: restricción del desarrollo industrial, freno al libre comercio y la globalización, fortalecimiento del intervencionismo y aumento del poder de la burocracia en la economía mundial. La derecha, en cambio, busca proteger las instituciones capitalistas: desarrollo industrial, aumento de la productividad, apertura comercial y crecimiento económico sostenido.
Los socialistas y ecologistas radicales alientan el miedo al calentamiento global con el propósito de afianzar su agenda política y extender su control sobre la sociedad. Su agenda es increíblemente antihumana. “Alimentar a los niños hambrientos –dicen– es exacerbar el problema global de la población”. Los mismos principios que en la lucha contra la polución y el calentamiento global les inducen a limitar la producción y el consumo y frenar el progreso.
A las élites ecologistas y de izquierda no les preocupa que las políticas que pretenden reducir el calentamiento global terminen condenando a los países atrasados a seguir en la pobreza, dado que el desarrollo precisa expandir la industria, el consumo de energía y la emisión de gases invernaderos. No ven que el ser humano no es el enemigo, sino el factor más importante para la solución de los problemas climáticos. Solo requiere previamente liberar a todos los pueblos de la indigencia.
Algunos economistas sostienen incluso que el calentamiento global podría tener efectos positivos, mejorando el ingreso y la calidad de vida de la gente. En cualquiera de los casos, sería un crimen dilapidar los escasos recursos globales para combatir un fenómeno cuyas causas y efectos se desconocen, dejando de lado el más urgente problema de la humanidad: la pobreza.
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