La Argentina necesita subir a la ola
Por Roberto Cachanosky
La Nación
Al igual que a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, cuando la economía experimentó un gran salto de productividad con la revolución industrial, hoy en día estamos viviendo un proceso similar al de hace 200 años gracias a los desarrollos tecnológicos que, en gran medida, explican el fuerte crecimiento de la economía mundial.
Las comunicaciones y la informática han revolucionado de tal manera la forma de producir que actualmente se producen debates sobre, por ejemplo, el formato que tendrán en el futuro los diarios.
La educación a través de aulas virtuales ya está funcionando y no debería sorprendernos que en un futuro no muy lejano los alumnos cursen sus carreras desde sus casas en Buenos Aires, Madrid y Santiago de Chile sentados frente a una computadora mientras un profesor, desde su casa en París o Boston, dicte sus clases vía Internet. Es decir, una universidad globalizada y sin ladrillos.
También estamos frente al debate sobre los cambios que traerá la televisión digital. Hablamos, entonces, de cambios que ya están ocurriendo y modifican la forma de trabajar, reasignan la mano de obra y crean nuevos sectores productivos que, 30 años atrás, pertenecían al mundo de las películas de ciencia ficción. El zapatófono del Súper Agente 86 es una antigüedad tecnológica frente a los celulares que hoy tenemos.
Esta introducción viene a cuento porque hoy se habla del nuevo modelo productivo como el gran cambio socio económico que ha encarado la Argentina a partir de un tipo de cambio competitivo. Mi visión es que el tan mentado modelo productivo significa condenarnos a la edad de piedra en lo que hace a las formas de producir.
Perder el tren de la historia hoy en día es perder mucho considerando que el tren ya no es a vapor o diesel sino que tenemos trenes de alta velocidad. El mundo reestructura a alta velocidad sus sistemas productivos mientras nosotros seguimos creyendo que vamos a ganar la carrera por la competitividad viajando en el sulky del tipo de cambio competitivo.
Todavía sigo escuchando a los defensores de este modelo hablar de su virtud dado que pone en el acento en la producción. Para ellos producir consiste solamente en hacer bienes físicos. Un tornillo, soja, un ladrillo. En la era de las comunicaciones e Internet, los trabajos profesionales o los servicios parecieran no generar valor agregado.
Por ejemplo, un maestro, que no produce bienes físicos, sería un improductivo para la “nueva” corriente de pensamiento que impera en la Argentina.
Según el modelo productivo vigente, gracias al tipo de cambio competitivo, la industria ha logrado un crecimiento sin precedente.
Veamos algunos datos. Luego de cinco años de tipo de cambio alto la industria manufacturera tiene una participación del 16,6% en el Producto Bruto Interno (PBI), cuando en 1998, en los nefastos 90, tuvo una participación del 17,2 por ciento.
El año pasado, la industria manufacturera importó bienes de capital por 1982 millones de dólares, un nivel muy parecido a los US$ 1863 millones que importó el sector en el recesivo 1999. En 2006 el PBI de la industria manufacturera fue solamente un 11% mayor al de 1998, último año de crecimiento antes de entrar en recesión, mientras que el PBI total fue un 14% más alto.
Llegado a este punto es indispensable que formule una aclaración importante. Creo que seguimos sumergidos en el viejo y falso debate de industria versus campo o industria versus servicios. O, como dicen algunos, producción versus especulación financiera.
Cambios productivos
El hecho de que el sector servicios haya tomado una gran relevancia tanto en el PBI como en la creación de puestos de trabajo no implica que la industria o el campo tengan que desaparecer como sectores productivos.
Simplemente cambian su forma de producir siendo cada vez más capitales intensivos. Lo que se nos propone ahora es mantener una industria mano de obra intensiva sin aprovechar los saltos de productividad que se dan a nivel mundial. La base del nuevo modelo “productivo” pasa por tener mano de obra barata en dólares. Lo mismo que se les criticaba en su momento a los países del sudeste asiático a los que se los denunciaba por tener mano de obra esclava.
El dumping social fue denunciado una y otra vez para frenar las importaciones de “porquerías”. ¿Cuál fue el objetivo de la devaluación? Entre otras cosas generar una fenomenal transferencia de ingresos de los sectores asalariados hacia los sectores que sustituyen importaciones. Le dieron mano de obra barata a cambio de menor tasa de desocupación.
Por lo tanto, con el eufemismo del tipo de cambio competitivo lo que se busca es cambiar la estructura de precios relativos haciendo caro el capital y barata la mano de obra. Como el eufemismo del tipo de cambio competitivo necesita aplicar crecientes tasas del impuesto inflacionario para sostener la “competitividad” cambiaria, el resultado inevitable es el de la lucha por la distribución del ingreso.
Si hacemos artificialmente caro el tipo de cambio para que las empresas contraten más personal e inviertan menos en bienes de capital, la baja en la tasa de desocupación fortalece la posición de los sindicatos en sus reclamos salariales. Pero como la inversión es escasa, la economía no crece en competitividad y, por lo tanto, toda mejora en los ingresos de los salarios tiene que ser a expensas de las utilidades empresariales.
El punto en el cual estamos actualmente consiste en tratar de transferirle el impuesto inflacionario a las empresas y cobrarle una menor tasa de ese impuesto al salario.
Pero como la tasa de inflación necesariamente tiene que ser creciente para sostener el tipo de cambio, la paradoja del modelo productivo es que, de ahora en más, las empresas tendrán que ver caer su rentabilidad hasta que desaparezca, al tiempo que la creciente tasa de inflación licua el tipo de cambio real, lo cual lleva a nuevas propuestas de aumento del tipo de cambio nominal, proponiendo una carrera precios, salarios, tipo de cambio y creciente endeudamiento público para esterilizar parte de la emisión monetaria.
Mientras tanto, todo el mundo feliz comprando el televisor plasma, una inofensiva compra de electrodomésticos que esconde un fenomenal negocio financiero. Digamos que el televisor plasma es hoy lo que en los 80 eran las famosas cuevas. Le sugiero al lector que vaya a comprar un televisor plasma y pregunte qué descuento le hacen por pagarlo al contado.
En síntesis, mientras el mundo sigue montado en la ola del crecimiento gracias a la revolución tecnológica, nosotros estamos esperando a que nos tape la ola mientras discutimos el eufemismo del tipo de cambio competitivo.
El autor es economista.
- 18 de mayo, 2012
- 6 de junio, 2011
- 23 de junio, 2013
- 15 de agosto, 2022
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