La plutocracia norteamericana
Por José Ignacio Rasco
Diario Las Americas
Creo que Estados Unidos es el primer país del mundo. Y esto lo digo antes de que los maliciosos piensen que soy antiamericano, marxistoide o cubano resentido por la política norteamericana hacia Cuba que tanto ha ayudado a Fidel Castro desde que el New York Times y el State Department le extendieron un cheque en blanco de ayuda y publicidad cuando se escondía en la Sierra Maestra.
Pero evidentemente este no es el país que mi padre, que había estudiado en esta nación, tanto admiraba por su sentido del trabajo, de honestidad y respeto. Cuando llegamos a Miami en la década del 60 todavía se palpaban fácilmente algunas virtudes de este pueblo que nos acogió, donde se podía acostar tranquila toda la familia sin cerrar las puertas de las casas y autos sin cerrojos ni llaves. Claro no todo era perfecto porque todavía se palpaba la discriminación hacia el negro en calles y buses. Y no faltaba algún propietario que no alquilaba a latinos, negros, cubanos…
Pero hay que admirar el sentido de evolución más que de revolución, de esta gran nación que ha ido liberándose de arcaicos prejuicios.
Y con tristeza veo que en las luchas maratónicas presidenciales la competencia económica para las campañas electorales es el punto prioritario para ganar primarias y secundarias. Y un ejército de “lobistas” o cabilderos compiten para desbancar lo más posible a las grandes empresas y jerarcas de la gran economía norteamericana.
Otra característica de los herederos de las Trece Colonias siempre había sido la honestidad administrativa en los manejos estatales. Pero no hay día en que la prensa no descubra operaciones tortuosas de todo tipo con gran sangría para el erario público. Esa deshonestidad no escapa tampoco de las grandes industrias y de ciertos capitalistas. La ética puritana que era orgullo de tantos norteamericanos parece haberse perdido. Los derroches bélicos también ingresan en los predios del ladronaje.
Y el país clave en la defensa de los derechos humanos –aún de los divinos– con frecuencia los pisotean en diversos escenarios.
La irresponsabilidad en la política petrolera hace temblar no solo a los ciudadanos norteamericanos. Las guerras de Viet-Nam y de Irak son indicativos también de la pobreza estratégica de los Estados Unidos. Para no hablar de Cuba y Venezuela.
La Bolsa crece pero los salarios no alcanzan. La seguridad social pone en peligro la paz hogareña sobre todo para las generaciones de nuestros hijos y nietos. Una burocracia estatal –a todos los niveles– hipoteca el país sin resultados exitosos. Las promesas de reducir la burocracia solo han servido para aumentarla.
El sueño americano de la casa propia se va perdiendo cuando ya la edad pide retiro. El Pentágono absorbe sumas millonarias en gastos evitables para satisfacción de espías y países, en hurto magno a las necesidades vitales de una población donde florecen los millonarios, con aumento creciente de una pobreza y marginalidad inflacionaria, mientras la clase media se convierte en la menos media de todas las clases sociales, como decía Eladio Secades.
El honor militar se evapora en las prisiones de guerra de Irak o en Guantánamo o en muchos centros policíacos. La endogamia parece tentar a la política. Ayer fueron los Bush. Ahora parecen venir los Clinton como para demostrar que aún queda cierto espíritu familiar…
El país de inmigrantes que fueron las Trece Colonias, se va convirtiendo en un bastión de una xenofobia creciente e ingrata especialmente con todos los hispanos al Sur de Rio Grande, y se levantan muros al estilo berlinés y se cazan inmigrantes como en aquella Alemania cuando se apresaban judíos.
Algunos cínicamente han calificado todo este paisaje tapiado con dólares de capitalismo con ideología liberal, remedando tal vez al proceso del siglo XIX donde el crecimiento industrial se aceitaba con sudor de hombres, mujeres y niños asalariados de interminables jornadas.
Los seguros médicos -y los no médicos-cada vez resultan más incosteables. La carga contra la propiedad -piedra angular del capitalismo norteamericano- se está haciendo incosteable para todos los de ingresos moderados e imposible para los jubilados.
Las pensiones sociales -mucho más bajas que la de los países europeos- es ya otro escándalo donde las escasez se casa con el dolo.
La crisis petrolera y los precios de la gasolina sin una orientación y meta adecuadas agrava la situación de la gran mayoría de los sueldos y salarios de la clase media y baja principalmente, creando inseguridad y temores de mayores endeudamientos familiares.
Por otra parte China y India también alcanzan unos increíbles niveles de capitalismo pero sin verdadero propósito de integración social y económica, al estilo del capitalismo manchesteriano que castigó el progreso socio-económico, sin justicia social, en el despegue industrial de la centuria decimonónica.
Es triste ver este desajuste en casi todo el orbe. Pero en época de globalización mundial paradójicamente parece que nuestro planeta, de tanta riqueza tecnológica, aumenta diferencias y discriminaciones entre los que son los menos con más, y los más con menos en el orden nacional como internacional. Los problemas son complejos y difíciles pero en el fondo más que un problema económico es un caso de eticidad, de justicia, de equidad. Valores que no se cotizan en el mundo bursátil. Acaso todo esto explique las guerras, guerrillas, dictaduras demagógicas en epidermis internacionales o nacionales y el rejuego del dólar y el euro
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