Chile: El falaz temor al lucro
Por Álvaro Fischer Abeliuk
El Mercurio, Santiago
Muchas personas piensan que sólo es ético otorgar salud o educación si ello nace de una profunda vocación de servicio. Esas mismas personas creen que resulta inaceptable que organizaciones que deseen otorgar esas prestaciones pretendan obtener utilidades de ello.
Esta manera de ver las cosas llevó al Gobierno a proponer, en la nueva LOCE, que los colegios particulares subvencionados sean organizaciones que no puedan tener fines de lucro.
El primer gran problema detrás de esa concepción es de hecho. Sin perjuicio de que hay mucha gente con gran vocación educacional o de servicio, la mayoría de las personas que trabajan en el sistema estatal de salud o educación, donde en teoría no hay lucro, tienen similares motivaciones que trabajadores de cualquier otra actividad.
Los sindicatos de la salud estatal, de médicos de la salud municipalizada o de profesores dedican la mayor parte de su actividad a mejorar sus remuneraciones, a aliviar sus condiciones de trabajo o a impedir que se evalúe su desempeño. Por su parte, todas las empresas que construyen hospitales o escuelas, que proveen textos escolares o equipamiento médico, que entregan electricidad o servicios telefónicos a esas instituciones, todas lo hacen con el objetivo de obtener una legítima utilidad.
La retórica que afirma que “no se debe obtener ganancias del sufrimiento de otros” o que “no se debe educar si se hace para ganar dinero” está permanentemente siendo cuestionada en el propio sistema estatal —donde el lucro está supuestamente vedado— por la compleja red de intercambio comercial, de pago de servicios y remuneraciones, de actividades de la más diversa índole que sustentan la educación y salud estatales.
Sólo escapan a ello quienes voluntariamente, y sin pago de por medio, ayudan en hospitales o escuelas, en una labor encomiable, pero sobre la cual no es posible sustentar la totalidad del sistema de salud y educación de un país.
El segundo problema es de otra naturaleza, y se puede ilustrar por el caso de un exitoso ejecutivo del mundo de la moda de Manhattan, quien decidió por razones vocacionales volver a la universidad, estudiar educación y enseñar en colegios secundarios. A pesar de ello, y conforme a su formación, afirmaba que para resolver los problemas de la educación era necesario pensar como si se tratara de otra industria más.
En efecto, es en las organizaciones industriales donde se aplica todo el bagaje conceptual acumulado durante décadas en las cátedras de administración, es en las empresas que buscan utilidades donde se han desarrollado las mejores prácticas para alcanzar con eficiencia y eficacia sus objetivos, y son éstas las que utilizan las mejores formas para manejar grupos humanos que interactúan de manera compleja en pos de un logro. Además, es esa mirada la que permite entender que la educación es esencialmente experimental, que no existe un manual de procedimientos para ser exitoso y que, por lo tanto, un ambiente sanamente competitivo no sólo no es perjudicial para alcanzar sus objetivos, sino que, por el contrario, puede resultar particularmente estimulante. Descartar esa forma de pensar no sólo hace perder lo recién mencionado, sino que además reduce las opciones educativas al voluntarismo que caracteriza a la enseñanza estatal actual, la hace tender hacia un dirigismo centralista que establece programas y metodologías necesariamente rígidas y únicas, y conduce a proponer procesos de evaluación burocráticos y formales que no elevan la calidad educativa.
Es como resultado de situaciones como las descritas que nuestra educación municipalizada se mantiene estancada en la penosa mediocridad que hoy exhibe.
Permitir la obtención de utilidades en las escuelas no implica que todas ellas las pretendan, como lo muestran numerosos ejemplos en contrario, ni resuelve de manera automática sus problemas, porque no hay soluciones fáciles ni existen atajos que eliminen el trabajo esforzado, la creatividad y el experimento.
Bill Gates afirmó que “aprender tiene mucho que ver con crear contextos que alienten la motivación”, y que por eso la tecnología no resuelve por sí sola los problemas de la educación. Buscar esos contextos requiere imaginación, innovación y mucho ensayo y error. El fin de lucro ayuda a que se utilicen las mejores herramientas existentes para encontrarlos.
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