No hay progreso sin propiedad
Por Porfirio Cristaldo Ayala
ABC Digital
La historia económica de los últimos siglos ha dejado una lección bien clara: el factor más importante para promover la prosperidad de los pueblos es el respeto de los derechos de propiedad privada. La debilidad de estos derechos en América Latina desde la llegada de los españoles y portugueses hace 500 años hasta hoy explica en buena medida por qué despreciamos la libertad individual y seguimos siendo pobres, atrasados y proclives al autoritarismo, mientras la América anglosajona es rica, próspera y libre.
La monarquía española era dueña de todas las tierras americanas y de los indios bajo su dominio en el mismo sistema del señor feudal y los siervos de la gleba. Los reyes otorgaban tierras e indios a los militares y colonizadores españoles a cambio de lealtad, obediencia, impuestos y apoyo militar en caso de guerras. Los colonizadores podían cultivar la tierra y explotar las minas, pero no eran sus propietarios. Los derechos de propiedad permanecían siempre con la corona, que los podía transferir a otros.
En ausencia de derechos de propiedad, la libertad individual, era una noción extraña en las colonias, al igual que la idea de los parlamentos que en Inglaterra restringían el poder de los monarcas en defensa de los propietarios. Nobles, religiosos y funcionarios, españoles, criollos y mestizos, todos debían servir con lealtad a la corona de por vida. Ello continuó así durante toda la historia de nuestro desafortunado continente.
Los reyes españoles no necesitaban la autorización de nadie para imponer tributos o distribuir tierras. En la América anglosajona era todo lo contrario. Los colonos tenían sólidos derechos de propiedad sobre sus tierras y posesiones, lo que dio origen al espíritu libertario y la sed de independencia. La monarquía inglesa para recaudar impuestos –en Inglaterra y en sus colonias– debía solicitar autorización a los parlamentos, que surgieron siglos antes, precisamente, para representar el interés de los propietarios.
La independencia de las colonias españolas en el siglo XIX no cambió esta situación. La propiedad de las tierras, minas, bosques en gran parte siguió siendo del Estado. Los pequeños agricultores eran simples ocupantes de las tierras sin derechos de propiedad. Los verdaderos dueños eran los gobernantes y funcionarios que podían disponer de ellas. La supremacía del Estado sobre el individuo impidió prender a la libertad y el espíritu autoritario de la colonia permaneció incólume hasta nuestros días.
El respeto irrestricto a la libertad de los individuos y a la propiedad, como derecho sagrado e inviolable, no pudo desarrollarse debido a la ausencia de derechos de propiedad, como tampoco pudo desarrollarse una cultura democrática de respeto a la voluntad popular. Los gobernantes no aprendieron a gobernar sometidos a la ley, ni la justicia aprendió a proteger la igualdad de derechos de las personas, ni la legislatura a restringir el poder destructivo de los gobernantes y los elevados tributos.
El raquitismo de los derechos de propiedad explica también por qué no tenemos un sistema judicial capaz de cumplir y hacer cumplir la ley, de garantizar los contratos y otorgar seguridad jurídica a la población con independencia del poder político y económico. En todas partes, el estado de derecho ha sido consecuencia de la lucha por la defensa de los derechos de propiedad. Donde no hay propiedad no impera la ley, sino la voluntad de los grupos de poder.
No en balde, grandes capitales abandonan continuamente el continente en busca de países más seguros donde invertir. Nadie arriesga su capital y esfuerzo donde no hay libertad, ni garantías a la propiedad, ni justicia independiente.
Para los latinoamericanos, la democracia carece de importancia porque saben que los ricos y poderosos disponen a su antojo de los votos y las elecciones. Hasta hoy, no son los programas de gobierno los que interesan, sino la fama y fortuna de los caudillos y sus promesas de prebendas y cargos públicos. Sin propiedad, prevalece el autoritarismo.
El respeto a los derechos de propiedad, que en América Latina todavía es un enigma, es lo único que puede salvarnos de la miseria.
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