Argentina: ¿Un BCRA para el desarrollo?
Por Roberto Cortés Conde
La Nación
¿Un Banco Central para el desarrollo? El Banco Central, creado en 1935, tuvo como objetivo mantener el valor de la moneda. En sus primeros años, dirigido por su gerente general Raúl Prebisch, lo cumplió efectivamente ya que los precios en la Argentina no se desviaron de los internacionales.
En un país dependiente de sus exportaciones agropecuarias, y por ende de las variaciones internacionales de precios, para cumplir con ese objetivo se lo facultó para acumular reservas y moderar los efectos monetarios de las fluctuaciones de las exportaciones y de los flujos de capitales.
Cuando las divisas abundaban, se las esterilizaba parcialmente colocando en el sistema financiero deuda del banco (certificados de participación en títulos públicos que tenía en su activo) absorbiendo dinero. Y cuando escaseaban se los volvía a comprar, creando dinero.
Ese fue el principal instrumento de política monetaria, que fue anticíclica. La deuda del Banco Central no aumentó en el curso del tiempo porque su colocación en el sistema financiero en unos años se compensó con la compra que se hizo en otros.
Se facultaba al Banco, además, a utilizar los instrumentos monetarios y financieros para adecuar la cantidad de dinero y crédito a las necesidades reales de los negocios. La Carta Orgánica de 1935 para evitar un hábito que en el siglo XIX había llevado a la crisis de 1890 puso fuertes restricciones a los adelantos del Banco a los gobiernos y limitó las facultades de dar redescuentos, que, en esa primera década, no se usaron.
La emisión respondió por entonces en un 80% a la entrada de divisas. Pero en 1946 se ampliaron los objetivos del Banco, lo que abrió el camino a la larga y enorme inflación de la segunda mitad del siglo XX.
Se nacionalizaron los depósitos de todos los bancos y se reformó la Carta Orgánica, que incluyó la función de contribuir a la promoción del desarrollo del país y del pleno empleo. Concluida la guerra y en un mundo sin mercados internacionales de capital el gobierno utilizó al Banco como una fuente de financiamiento.
La nueva Carta cambió la función de los redescuentos. La memoria del Banco Central de 1946 afirmaba que los redescuentos ya no tendrían la función limitada del pasado, sino que serían el instrumento principal en la política de apoyo crediticio a la promoción de las actividades económicas.
Nacionalizados los depósitos, los bancos comerciales no podían disponer de los de sus clientes, por lo que el Banco Central mediante redescuentos – que otorgaba discriminadamente-les posibilitaba dar créditos. Ocurre que, a partir de 1947, los redescuentos fueron mayores que los depósitos, llegando en 1952 a superarlos en un 70%. Ello se reflejó en una enorme creación de dinero que condujo a una inflación que trepó a los dos dígitos, fue sostenida y creciente (en 1918 había sido del 13,6 % y en 1952, del 38,7 % anual). Mientras que tras cinco décadas de estabilidad, en un primer momento, el público siguió llevando dinero a los bancos, a medida que los precios subían y éste valía menos lo dejó de hacer, la economía se desmonetizó y la inflación aumentó.
Los redescuentos del Banco Central permitieron a los bancos oficiales financiar las operaciones del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) y por su intermedio las compras de los entes oficiales y organismos autárquicos, y fueron la fuente de financiamiento de los créditos del Banco Hipotecario y del Banco Industrial. Se ocultó el déficit del gobierno, que obtuvo recursos por este medio. También financió a tasas reales negativas a quienes privilegió. La negatividad de las tasas, por otra parte, condujo a la caída del ahorro.
En 1957 cuando se terminó con ese régimen y se devolvió la autarquía al Banco Central se advirtió que en su cartera quedaba una enorme masa de redescuentos (al IAPI, a entes oficiales, Banco Hipotecario y Banco Industrial) totalmente incobrables. Se reconoció la deuda del gobierno colocando un bono en el activo del Banco, que equivalía aproximadamente al circulante que tenía en su pasivo y que ascendió a un 10% del PBI, deuda que la inflación, por su parte, había licuado por un equivalente a otro 16% del PBI.
Destino, la hiperinflación
La errada idea de obtener recursos por medio de la creación de dinero llevó a una inflación que subió a dos dígitos y, desde 1975, a tres, y concluyó en la hiperinflación de 1989-90. Una reforma a la Carta Orgánica que ampliara los objetivos del Banco Central podría repetir esas malas experiencias. La mayor contribución que el Banco Central puede hacer al desarrollo del país es cumplir el objetivo de mantener el valor de la moneda, debiendo preservar su independencia de eventuales presiones del gobierno para obtener fondos. Ello dará confianza a los inversores, lo que promoverá el crecimiento, pero, además -y esto no es menos importante- resguardará el poder de compra de los asalariados. Obligarlo a coordinar sus políticas con las del gobierno no sólo no toma en cuenta la asimetría de poder entre ambos, sino que conviene que exista un Banco Central independiente del gobierno, que pueda moderar excesos -si los hay- en sus políticas fiscales. Esto es lo que hacen los bancos centrales respetados en el mundo.
El autor es profesor emérito de la Universidad de San Andrés y presidente honorario de la Sociedad Internacional de Historia Económica
- 6 de junio, 2011
- 18 de mayo, 2012
- 23 de junio, 2013
- 8 de abril, 2013
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